Aquel noviembre ni siquiera se acordó de su cumpleaños. Lo había invadido el hastío. Desde la enfermedad, una disentería que había compartido con el emperador Maximiliano, no había conseguido reponerse. Ni un pensamiento fecundo brotaba de su alma y ningún sentimiento grande agitaba su corazón. “Es que la pereza me consume, hay algo tan pesado como el plomo que embarga mi cerebro. Decididamente el tedio mina mi existencia, el desengaño ha segado en flor mis esperanzas y tengo hielo en el corazón”, había confesado en la primera página de su diario.

Ignacio Manuel Altamirano, con 35 años cumplidos, se sentía viejo, contemplaba un cielo nublado desde hacía meses y vivía una tristeza importuna, que se le antojaba eterna. Repasó, por escrito y mentalmente, la suma de sus afanes truncados: había abandonado el alemán que iba aprendiendo rápidamente y también el “mexicano”, que el profesor Galicia insistía inútilmente en enseñarle; se propuso también entretener el aburrimiento cultivando las declinaciones griegas, pero tampoco le alcanzaba el ánimo. Ya no leía, no estudiaba, ni tenía ninguna gana de asistir a la Suprema Corte de Justicia. La política lo tenía sin cuidado y si el tema de la conversación llegaba hasta las leyes, bostezaba y manifestaba sin empacho su repugnancia por aquellos menesteres. La literatura también comenzaba a fastidiarle. Cierto que compraba los libros nuevos que llegaban de París y de Alemania y los colocaba simétricamente en los estantes “como una mujer coloca en sus aparadores una vajilla que nunca usa”, ironizaba.

Boletos para la zarzuela, eso sí, no le faltaban. No había dejado de asistir, pero las miradas, los avances y flirteos que antes lo encendían, sólo le provocaban un calor tibio y pasajero. Como si el polvorín de su corazón estuviera mojado sin remedio. En cuanto a su trabajo creativo, las cosas no eran, pero le parecían grisáceas. Había prometido escribir varias novelas. Algunas, incluso, se habían anunciado al público, pero él no había pensado ni en cómo iba a ser la estructura de ninguna. “He ahí como soy ahora”, escribió. “Llevo la vida de un haragán del bajo imperio”.

El mes de los muertos había llegado, tenebroso. En el último renglón de su cuaderno podía leerse: “¡Me parece que vería acercarse a mí la muerte y la miraría sonriendo!”.

¿Quién no ha observado que durante la década que concluyó en 1867 ese árbol tan frondoso de la literatura mexicana no ha podido florecer ni aún conservarse vigoroso, en medio de los huracanes de la guerra? Era natural: todos los espíritus estaban bajo la influencia de las preocupaciones políticas; apenas había familia o individuo que no participase de la conmoción que había agitado a la nación entera, y en semejantes circunstancias, ¿cómo consagrarse a las profundas tareas de la investigación histórica o a los blandos recreos de la poesía que exigen un ánimo tranquilo y una conciencia desahogada y libre? Generalmente hablando se necesita la sombra de la paz para que el hombre pueda entregarse a los grandiosos trabajos del espíritu.

Con estas palabras, Ignacio Manuel Altamirano, escritor, republicano, militar cuando hizo falta, autor de novelas como El Zarco y Clemencia, y llamado por todos el Padre de la literatura mexicana, presentó su periódico literario El Renacimiento. Cuando salió la primera entrega, habían pasado casi dos años del fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas. La República había sido restaurada y Juárez, “la personificación de la patria”, como le decía Altamirano, había ganado las elecciones por un amplio margen para convertirse el presidente constitucional para el cuatrienio que iba de 1868 a 1871.

Embriagados de júbilo, con la magnimidad que da sólo la victoria bien ganada, los intelectuales de corte liberal llamaron a la concordia, hicieron un deslinde entre lo cultural de lo político y coincidieron con toda ideología y todo propósito que atendiera al arte y al intelecto. El Renacimiento, pues, llamó a sus filas a talentos reconocidos y jóvenes promesas. Justo Sierra, colaborador ilustre, recuerda y le escribe a Luis G. Urbina desde Europa: “Bastante honrosa acogida tuvo el periódico, ni siquiera censores e insultadores nos faltaron para asegurar el buen éxito; gustó mucho su imparcialidad, su tolerancias, su entusiasmo por lo bello, su fe en lo porvenir; de todos los ámbitos del país respondían a nuestro repique de alba, poetas, escritores, amigos”.

En aquella primera entrega, los editores en jefe fueron Altamirano y Gonzalo Esteva; los redactores Ignacio Ramírez, Manuel Peredo, José Sebastián Segura, Guillermo Prieto y Justo Sierra. ¿Los colaboradores de toda esa primera etapa? Más de setenta. Para impresionar, sólo algunos nombres hallados nada más hojeando la edición facsimilar: Manuel Payno, Vicente Riva Palacio, Ignacio Montes de Oca, Aniceto Ortega, Pedro Santacilia, Santiago Sierra, Niceto de Zamacois, Enrique de Olavarría y José Fernández...

El propósito de Altamirano, de sacar a la literatura del círculo de los elegidos, de convocar a los amantes de las letras de todas las comuniones políticas a participar con sus escritos y de apagar de aquella manera cualquier rencor que siguiera dividiendo a “los hijos de la madre común”, estaba cumplido. Con El Renacimiento nacía otra República que había sido restaurada: la República de las Letras.

En aquel año, como en todos, nada más hubo un noviembre. La oportunidad de enlutarse, reír o festejar también fue una. El Renacimiento, unido a esta fatal temporalidad, también se acabó en un año.

Sin embargo, los textos que salieron publicados en aquel mes de muertos del cumpleaños olvidado decidieron no olvidarse de nada. Francisco Sosa publicó un poema romántico (Tengo un amor tan puro como el cielo, / aquí en mi triste corazón guardado; / guardado para ti, mi solo anhelo./ ¿Lo quieres disfrutar? Ven a mi lado) con un clara destinataria: A Elda.

Alfredo Torroella escribió un ensayo llamado Día de Muertos, que no habla de calaveras, cempasúchil y papel picado, sino de fuegos fatuos y tumbas abandonadas, agregando con curiosas digresiones: “Siempre he creído que las flores son el símbolo más exacto del espíritu”, escribe. Una azucena sobre la tumba de André Chenier sería una lágrima; sobre el sepulcro de los Borgia, una maldición. Justo Sierra escribió la leyenda de un muerto que seguro aterró a los lectores inocentes; María del Carmen Cortés publicó la segunda parte del cuento titulado  La unión en el sepulcro y la Crónica de la Semana, siempre escrita por Altamirano, quiso, pero no pudo, ocultar su ánimo . Desde la primera frase: “Pocas veces henos tenido en México un otoño tan triste como el de este año”, hasta la última: “Después de esta larga plática sobre los cementerios, mal podía hablaros de diversiones. Hay veces en que no se puede ser cronista de todo”.

Tenía toda la razón. Ni la perfecta edición de El Renacimiento, ni la vida nueva que la literatura mexicana había conseguido por su causa, en aquel noviembre de hace 150 años, del muy nublado 1869, pudieron contra la oscuridad y el luto prematuro que ocupaba el corazón del maestro.

Pero pronto llegarían las navidades, un año más y otras letras más felices.