Hace unos años, era cumpleaños de mi amiga Loana; fuimos a volar en globo.

El vuelo requiere algunos preparativos: el principal es levantarse a hora non sancta de la madrugada. Hay que llegar a la pista a eso se las 4 am y ver el interesante ironía proceso del inflado del globo. Mis amigos estaban felices; yo sólo quería dormir. Mis amigos pertenecen a la generación Millennial más que yo: tomaban fotos de todo, como si una enorme bola de fuego entrando en una bolsa enorme de colores fuera tan emocionante. Bueno, dicho así sí suena hermoso, pero en aquel momento yo tenía frío; entiéndanme.

Subimos a la cosa. Si fuera religiosa diría que iba rezando por que el globo de Cantoya (así suena más bonito) se mantuviera en el aire. Le temo a las alturas. Las cosas que hace uno por amistad. Pensé que íbamos a sentir un subidón de miedo y yo iba a vomitar hasta la leche materna. No entendía por qué tantos piden matrimonio acá arriba: ¿quieren ser bañados por los huevos rancheros que se comió la novia? Pero no. El despegue fue amable. Flotábamos. Así. Era como seguir a Peter Pan. O no sé: seguir a Peter sería más vertiginoso. Esto era como seguir una nube y dejarse llevar por ella. Era el don de la ligereza. Hermoso. Si quieren recibir el año y hacer sonreír a su familiar más cascarrabias, llévenlo a volar en globo.