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Arte e Ideas

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Diciembre me gustó para otras ferias

Suspirando por estar tan cerca de los plantones y tan lejos de Guadalajara.

No hay fecha no se llegue ni plazo que no se cumpla. La Feria Internacional del Libro comenzó un día antes de empezar diciembre. Muchos no fuimos. No hay remedio. Nos quedamos en  el mismo lugar y con la misma gente… sin poder pasearnos entre libros nuevecitos, toparnos con escritores famosos o acudir a las lecturas en voz alta. Suspirando por estar tan cerca de los plantones y tan lejos de Guadalajara.

Pero, si como dijo Hipócrates, la vida es breve; el arte, largo; la ocasión, fugaz; la experiencia, engañosa y el juicio, difícil, habremos de dejar que todo pase, la memoria recuerde y con calendario en mano, acudir a nuestros propios buenos libros para que nos consuelen. El 1 de diciembre de 1887, por ejemplo, fue cuando el  personaje de Sherlock Holmes cobró vida con la aparición del libro A Study in Scarlet (Estudio en escarlata) de Arthur Conan Doyle. Resultó ser protagonista de muchas historias que nos llenaron de felicidad y suspenso. Sin  poder decidir entre El sabueso de los Baskerville o Escándalo en Bohemia. Pero recordando, eso sí cómo era el genio y figura del detective, según lo describe el muy leal Dr. Watson:

“Holmes no era un hombre de vida desordenada; modesto en su manera de ser, regular en sus costumbres, rara vez se acostaba después de las diez de la noche, y al levantarme, había salido ya de casa después de haber tomado su desayuno. El día lo pasaba entre el laboratorio químico y la sala de disección, y algunas veces se daba largos paseos, casi siempre por las afueras de la población. No puede formarse una idea de su actividad cuando estaba en uno de esos períodos de excitación. Transcurría algún tiempo, venía la reacción, y entonces días enteros, desde que amanecía hasta que anochecía, se los pasaba tumbado sobre un canapé, inmóvil y sin articular palabra.”

Pero si no está de humor libresco y la desolación de la Feria perdida es mucha, piense que también está el cine. Y que en una tierra más cercana, también el primero de diciembre, nació, en 1936, otro personaje brutalmente inteligente que sabe que la realidad, aunque la odiemos, es el único sitio donde se puede comer un buen filete. Se trata de Allan Stewart Königsberg, que cambió su nombre al de Woody Allen y  lleva años, a base de interpretaciones memorables y guiones maravillosos, regalándonos películas ya clásicas que vale la pena mirar más de una vez. (Si no la hecho, lector querido, pruebe a ver Annie Hall, Manhattan, La rosa púrpura del Cairo o Un día lluvioso en Nueva York que apenas llegó a la cartelera).

Más si usted va a seguir las antiguas consejas que dicen que ni en agosto caminar ni en diciembre navegar, no se embarque en aguas ajenas y dedique la semana a nuestra música. Si era 5 de diciembre cuando la muerte se llevó al Charro Cantor, hagamos un homenaje a Jorge Negrete, máximo ídolo de México y América Latina. Y por si  su excelencia en la música vernácula no fuera suficiente – y se le apareciera, reclamando Pedro Infante-  sepa usted que además  de su educada voz de tenor dramático, Jorge Negrete, tenía antecedentes militares de gran historia y tradición. Cuenta la leyenda que su árbol genealógico se remonta a una tribu de moros blancos que residían en Andalucía y pelearon al servicio del Rey Carlos V contra los ejércitos de Francisco I. Y que la indómita bravura de estos, sus antepasados directos, motivó al rey, para distinguirlos de los demás guerreros, que los llamara negretes. Además, también es sabido que por parte de madre, Jorge estaba emparentado con el general Pedro María Anaya, el autor de la histórica frase dicha a los invasores norteamericanos en la defensa de la plaza de Churubusco: "Si tuviéramos parque no estarían ustedes aquí".  Ya lo nota usted. Ni duda cabe. No hay en diciembre valiente que no tiemble.

La nostalgia se acabará y las Navidades llegarán. Una felicidad remplazará a la otra y olvidaremos todo lo perdido. Habrá otras ferias.

Por lo pronto terminemos de pasar el trago amargo con otro autor decembrino, casi navideño. Alejandro Dumas nos distraerá de regalos y aguinaldos, nos confortará de todo lo malpasado, dejaremos de temer a lo que viene y volveremos a ilusionarnos con un nuevo calendario. Lea, si no me cree, el último fragmento de El conde de Montecristo: 

No hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo. Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuan buena y hermosa es la vida. Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!

No hay de otra.

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