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TSMC y los limitantes del auge de la inteligencia artificial
TSMC enfrenta cuellos de botella relevantes en tecnologías avanzadas de empaquetado como CoWoS, indispensables para integrar chips de alto desempeño con memoria especializada.
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Durante la madrugada del 15 de enero se publicó el informe trimestral de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). En una lectura superficial, las cifras justifican el entusiasmo que ha reflejado el mercado en la segunda mitad del 2025: ingresos por 33,730 millones de dólares y un margen bruto de 62.3 por ciento.
Son números propios de una empresa que no solo lidera su industria, sino que posee un poder de fijación de precios y de asignación de capital excepcional en el contexto global actual.
Sin embargo, una revisión más cuidadosa del reporte, bajo una óptica de optimismo vigilante, matiza de forma importante esa primera impresión. No se trata de una burbuja especulativa en sentido estricto, como temen algunos críticos, pero sí de una economía claramente desalineada.
Lo que TSMC expuso es un mundo que avanza a dos velocidades difíciles de reconciliar: una industria corporativa dispuesta a invertir agresivamente en infraestructura de inteligencia artificial y, en contraste, un consumidor global que continúa restringiendo su gasto.
El momento más revelador de la llamada con inversionistas no estuvo en los récords financieros, sino en la franqueza del director general, C.C. Wei. Al ser cuestionado sobre la sostenibilidad de la demanda de inteligencia artificial, reconoció sin rodeos que él mismo se siente nervioso.
La razón es evidente. La compañía anticipa un capex de entre 52,000 y 56,000 millones de dólares para 2026, una cifra que, por sí sola, obliga a cualquier administración a extremar la cautela.
Esa cautela, paradójicamente, es uno de los elementos más constructivos del mensaje. En los ciclos claramente especulativos, el exceso suele manifestarse en decisiones de inversión tomadas con complacencia y sin validación real de la demanda.
En este caso, la expansión de capacidad está siendo calibrada directamente con clientes estratégicos como Microsoft y Google, que ya tienen comprometido el uso de esa infraestructura. No se están levantando fábricas sobre expectativas abstractas, sino sobre contratos y necesidades operativas concretas.
El contraste aparece con fuerza al observar el resto del portafolio. Mientras el segmento de Computación de Alto Rendimiento, impulsado por la inteligencia artificial, creció 48% anual y ya representa 55% de los ingresos totales, otras áreas muestran señales claras de debilidad.
La división de Electrónica de Consumo Digital registró una contracción de 22% en el trimestre y hoy representa apenas 1% de los ingresos de la compañía. El sector automotriz, que durante años fue presentado como el siguiente gran catalizador estructural, cerró el ejercicio con una caída anual de 1 por ciento.
La lectura es difícil de ignorar. El auge de los semiconductores no es generalizado, sino profundamente selectivo. Las grandes corporaciones están adquiriendo los microprocesadores más avanzados del mundo para entrenar y desplegar modelos de inteligencia artificial, mientras que los hogares postergan la renovación de dispositivos y las decisiones de compra de bienes duraderos.
El crecimiento existe, pero depende de un único motor y deja al descubierto una fragilidad persistente en el consumo.
Para quienes buscan anticipar el final de este ciclo, el principal límite no parece estar en la demanda, sino en la capacidad física de ejecución.
TSMC enfrenta cuellos de botella relevantes en tecnologías avanzadas de empaquetado como CoWoS, indispensables para integrar chips de alto desempeño con memoria especializada. Aun cuando la empresa planea duplicar nuevamente esta capacidad en 2026, todo lo que logra producir se vende de inmediato, lo que sugiere un techo operativo más que comercial.
A esto se suma una restricción adicional que comienza a ganar protagonismo: la disponibilidad de energía. La pregunta ya no es solo si los chips pueden fabricarse, sino si existe suficiente infraestructura eléctrica para alimentar los centros de datos que los utilizarán.
La conclusión es menos eufórica, pero más sólida. TSMC confirma que la revolución de la inteligencia artificial descansa sobre fundamentos financieros reales, reflejados en márgenes que superan el 60% y en una demanda corporativa tangible.
Al mismo tiempo, ese mismo auge está ocultando una debilidad estructural en la economía de consumo que no puede ser ignorada. No se observa una burbuja inminente, pero sí un crecimiento condicionado por límites físicos y por la persistente cautela del consumidor.
La inteligencia artificial es un pilar genuino de la nueva economía, pero no puede, por sí sola, compensar todas las fracturas del ciclo global.