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Opinión

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La tiranía del numerador

Rafael Lozano | Columna Invitada

Arrancamos 2026 con una paradoja conocida: nunca hubo tantos datos sobre la vida colectiva y, sin embargo, pensamos cada vez menos como población. Retomo una intuición que Daniel Innerarity formuló hace unos días en El País, “Pensar cansa y, por eso, el escándalo suele gobernar el debate público”. La desplazo a la salud pública, donde ese cansancio adopta una forma muy concreta: el dominio del numerador y el olvido del denominador. Además, coincido con el filósofo: reaccionamos y opinamos casi siempre desde el numerador —cuántos casos, muertes, consultas o delitos— mientras el denominador, donde vive la justicia comparativa y la proporción real del daño, suele llegar tarde o no llega.

El cerebro no fue hecho para sostener incertidumbre ni leer tableros, sino para sobrevivir: privilegia lo saliente sobre lo invisible y lo cercano sobre lo abstracto. La “heurística de disponibilidad” —esa tendencia a estimar riesgos según la facilidad de recordar ejemplos— no es un vicio moral; es economía de energía (Tversky, A., & Kahneman, D. 1973). Para el cerebro, cerrar cuesta menos energía que mantener abiertas alternativas. El cierre tranquiliza, reduce ansiedad y devuelve una sensación de control. En la práctica, preferimos el número que se entiende de un vistazo al que exige detenerse y preguntar “¿de cuántos?” o ajustar por población. El numerador grita como suceso; el denominador susurra como estructura.

No basta con culpar a la biología. Esa economía mental siempre existió, pero ahora vivimos en un régimen que la explota. Como ha sugerido Byung-Chul Han (2012), el cansancio contemporáneo no es solo fatiga individual: es una forma de vida orientada al rendimiento que empuja a la hiperactividad y erosiona la pausa. La crisis de atención no es solo psicológica: es una forma de organización social. La saturación de información nos induce a competir por segundos, no a comprender. El pensamiento se vuelve un lujo y la pausa una rareza. No porque la naturaleza nos impida pensar, sino porque el entorno castiga la demora y exige respuestas inmediatas. Si el cerebro tiende al ahorro, el mercado de la atención convierte ese ahorro en destino: instala el modo reactivo como si fuera la única manera de estar en el mundo.

En salud pública este mecanismo tiene consecuencias particulares. De origen, su propuesta metodológica fue transformar sucesos dispersos en entendimiento colectivo: observar series de tiempo, comparar territorios, ordenar causas, detectar desigualdades y deliberar prioridades. La salud pública no nació para producir épicas, sino una razón práctica: la del cuidado. Para eso necesita instrumentos: registros, clasificaciones, tasas, denominadores. No para estandarizar la vida, sino para volverla visible en su dimensión poblacional (Rose, G. 1985).

Medir, aquí, es situar. Con el tiempo esa maquinaria se cruzó con otra lógica: la de la gestión por metas y la comunicación política. Y el numerador encontró su hogar. Contar es auditable y produce frases que caben en discursos: “atendimos X”, “bajaron Y” “subieron Z”. El denominador, en cambio, obliga a hablar de lo incómodo: necesidad en poblaciones, acceso, subregistro, desigualdad territorial. El denominador no da aplausos; da responsabilidad. Por eso se vuelve invisible, no solo por economía mental, sino por economía política.

El numerador tiene un lugar legítimo: sirve para dimensionar carga operativa, planear insumos, turnos, vacunas o camas. Un hospital no se organiza con tasas, sino con volúmenes. Negar eso sería ingenuo. El problema empieza cuando el numerador deja de ser herramienta de planeación y se vuelve unidad de verdad pública: cuando el conteo sustituye la proporción, cuando la producción reemplaza la necesidad, cuando el éxito se narra con “hicimos” sin decir “de cuántos”. El numerador sirve para gestionar; el denominador, para priorizar con justicia. Separarlos empobrece: uno sin el otro produce propaganda o tecnocracia.

Buena parte de los sesgos de la salud pública contemporánea son arreglos. Si se mide producción sin un denominador de necesidad, se narrará eficiencia sin cobertura real. Si se reduce a números absolutos sin aclarar cambios demográficos, se está fabricando éxito o fracaso con el simple paso del tiempo. Si la definición de caso cambia, el numerador cambia; pero si el relato evita esa complejidad, la variación se lee como virtud o desastre según convenga. La cifra no miente; la mentira aparece cuando se separa del denominador de su historia.

Los sesgos implícitos agravan el problema. No solo cognitivos, también sociales: ¿quién llega al sistema?, ¿quién es diagnosticado?, ¿quién es registrado? La desigualdad no solo determina enfermedad, sino visibilidad estadística. Cuando ciertos grupos quedan fuera del denominador —por precariedad, lengua, migración o violencia— la salud pública produce una imagen parcial del mundo y actúa como si fuera completa. Esa es la forma más dura de traición: no la simplificación inevitable, sino la que recae siempre sobre los mismos cuerpos.

La respuesta estándar a estos problemas es la alfabetización de datos. Pero no considero que alcance solo con eso, lo que se necesita es la “alfabetización del juicio”: una práctica de atención, duda y proporción que nos devuelve el denominador, la incertidumbre y la responsabilidad de comparar sin traicionar. Pero si se ofrece como solución individual (“aprenda a leer tasas”), se repite la lógica de convertir un problema estructural en tarea personal. Si se quiere estar a la altura de 2026, es conveniente considerar herramientas, no para procesar más información, sino para recuperar soberanía sobre la atención; no se busca adaptarse a la rutina, sino interrumpirla con preguntas que devuelvan estructura.

Alfabetizar el juicio es aprender a tolerar la incomodidad de la complejidad: retrasar el cierre, decir “todavía no”, convertir la duda en método, sostener lo que la época quiere resolver de inmediato. No se trata de venerar la incertidumbre, sino de reconocerla. El antídoto contra la heurística de disponibilidad no es la frialdad tecnocrática, sino un hábito crítico: cada vez que un numerador quiera gobernar la conversación, reponer con su denominador.

¿A quién alfabetizar? Al público, a periodistas, comunicólogos, políticos, estudiantes y profesionales. El numerador domina porque muchos engranajes lo premian. Si solo se alfabetiza al público, se dejan intactas las reglas que producen titulares sin denominador. Si solo se alfabetizan a profesionales, se queda intacta la economía mediática del escándalo. Si solo se alfabetiza a comunicadores, se deja intacta la arquitectura institucional de metas por conteo. Necesitamos alfabetización como política del entorno: rediseño de incentivos, formatos y rituales.

Es necesario evitar la soberbia: no se trata de enseñar a comunicar, sino de diseñar conjuntamente un estándar responsable del riesgo. Los comunicadores dominan el lenguaje y el ritmo; la salud pública aporta estructura y límites del dato. La alianza es simple, el numerador no debe salir solo. Cada cifra debe decir “de cuántos, en cuánto tiempo, en qué población y con qué definición”. Esto no mata la narrativa; la vuelve justa y a la vez, la humaniza. Devuelve proporción al drama y evita que la intensidad sustituya la magnitud del riesgo.

Para los decisores políticos la alfabetización no es un curso, sino un cambio de contrato: ninguna meta programática sin denominador. No basta contar servicios; hay que declarar la población objetivo. Para estudiantes y profesionales, la alfabetización debe ser hábito: numerador → denominador → decisión. No como tecnicismo, sino como disciplina de juicio. Para el público, tres reflejos ciudadanos: “¿de cuántos?”, “¿en cuánto tiempo?”, “¿qué cambió en la medición?”. Si esa triada se volviera cultura, muchas narrativas oportunistas perderían eficacia.

La salud pública necesita reconciliar sus dos lenguajes: el de la cifra y el del cuerpo. El numerador preserva el golpe de realidad del sufrimiento; el denominador, la justicia comparativa del daño. La cifra sin relato deshumaniza; el relato sin denominador escandaliza. Entre ambos se juega la posibilidad de actuar bien. El escándalo ordena prioridades por intensidad; el denominador, cuando está bien construido, las ordena por riesgo y equidad. En una sociedad fatigada, esa diferencia es política.

La naturaleza nos lleva al ahorro de energía, pero no nos impide pensar. Renunciamos cuando el entorno castiga la pausa y premia la respuesta inmediata. Por eso la alfabetización del juicio no es mejora de habilidades, sino recuperación de una libertad: el derecho a no ser gobernados por numeradores. Recuperar el denominador no es sofisticación; es humildad epistémica. Hay que admitir que el mundo no cabe en un golpe de vista y que cuidar exige sostener complejidad sin convertirla en parálisis. Pensar en salud pública, en 2026, tal vez sea eso: detenerse lo suficiente para que la estructura vuelva a aparecer.

Referencias

  • Han, B.C. (2012). La sociedad del cansancio. (Trad. de A. Domingo). Herder Editorial
  • Rose, G. (1985). Sick individuals and sick populations. International Journal of Epidemiology,14(1), 32–38.
  • Tversky, A., & Kahneman, D. (1973). Availability: A heuristic for judging frequency and probability. Cognitive Psychology, 5(2), 207–232.

*El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington.

Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor. rlozano@facmed.unam.mx; rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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