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Opinión

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El T-MEC que nadie quiere tener

Estados Unidos enfrenta desequilibrios comerciales con México y China; México absorbe comercio asiático y redefine cadenas del T-MEC 2026.

Jorge A. Castañeda | Columna invitada

Para el primer trimestre de 2026, las cifras son contundentes y arman la historia que llegará a la mesa del T-MEC el próximo 16 de junio. Estados Unidos acumuló un déficit comercial de 46,000 mdd con México y de 39.6 mil mdd con China. Por primera vez, la balanza comercial norteamericana se desbalancea más por la frontera sur que por el Pacífico.

En el mismo periodo, México registró un superávit récord de 84,064 mdd con Estados Unidos y un déficit de 28,082 mdd con China, según Banxico. Son tres cifras que cuentan, desde tres tribunas distintas, la misma historia: las cadenas de valor norteamericanas se redibujaron tras el primer round arancelario de 2018, y México absorbió la parte del comercio asiático que EU. cerró. El New York Fed lo publicó hace dos semanas en Liberty Street Economics: el déficit con China cayó de 382,000 mdd en 2022 a 202,000  mdd en 2025; las importaciones desde China se desplomaron de 536,000 a 308,000 mdd, y el espacio que dejaron lo ocupó principalmente México.

Las cifras anuales aprietan aún más. En 2025, México cerró con un superávit récord de 196,913 mdd frente a Estados Unidos, +14.8% anual, mientras acumuló un déficit récord de 123,053 mdd con China: 133,271 mdd de importaciones contra apenas 10,215 de exportaciones, una relación de 13 a 1. Se trata del mayor déficit anual con China del que se tenga registro. El déficit con China es, literalmente, dos terceras partes del superávit con EU. No hay manera elegante de decirlo. Una porción muy significativa de lo que México exporta al norte se sostiene sobre insumos chinos que entran por Manzanillo, se ensamblan en Nuevo León y salen por Laredo con la etiqueta de “Hecho en México”. El acero es el caso emblemático, pero no el único. También están máquinas, material eléctrico, autopartes y electrónicos.

Washington está leyendo bien estas cifras y nos lo está diciendo en voz alta. Jamieson Greer lo planteó en mayo, en el Consejo de las Américas, sin rodeos: la prioridad de la revisión es endurecer las reglas de origen y frenar la triangulación asiática vía México y Canadá. La frase que dejó en el aire fue más reveladora que la diplomacia que la rodeó: “Si llegamos a un acuerdo con México sobre aranceles a terceros, podemos otorgar trato preferencial”. Traducción: cierran ustedes la puerta a China y nosotros les seguimos pagando el acceso al mercado norteamericano. Es una oferta transaccional, fría y arancelaria. Y México llega a esa mesa con la nota de Moody’s en Baa3, IED nueva colapsada al 7.2% del total trimestral y un PIB que se contrajo 0.6% al arranque del año. La negociación no es entre iguales, y ya nadie en Washington finge que lo sea.

Aquí está el meollo: nadie en México ha querido tener la conversación que precede a esa negociación. Ser una plataforma de ensamble con insumos chinos —el modelo que sostuvo el “milagro exportador” de los últimos quince años— dejó de ser viable porque Washington lo cerró. Volvernos satélite explícito de las cadenas de valor norteamericanas implica renunciar a importaciones chinas baratas, a la inversión asiática que el gobierno presume como diversificación y a la idea de que el nearshoring nos cae del cielo sin costo alguno. Las dos opciones tienen factura.

El gobierno mexicano pasó cinco años instalado en el discurso de la diversificación, la soberanía y el nearshoring inevitable. En 10 días, alguien le va a pedir que lo aterrice en una hoja con cifras. Mejor empezamos a hacer cuentas en serio en lugar de seguir discutiendo los shows de la mañanera.

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