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La mordida selectiva
Opinión
Dicen que quien ladra mucho, muerde poco. Washington ladra para la tribuna y muerde selectivamente. Este 1 de julio, el representante comercial Jamieson Greer anunció que Estados Unidos no renovará el T-MEC "en su forma actual". El titular suena a ruptura; la letra chica cuenta otra historia: el tratado sigue vigente hasta 2036 y entra en un esquema de revisiones anuales. No es del interés de Estados Unidos cancelar el acuerdo: casi dos billones de dólares de comercio anual y cadenas productivas integradas lo hacen impensable. Pero para efectos de sus bases, la Casa Blanca tenía que salvar cara con un anuncio así.
La mecánica importa. El artículo 34.7 ofrecía dos rutas al sexto aniversario: extender el tratado dieciséis años más o mantener su vigencia original con revisiones anuales. Washington activó la segunda. El T-MEC no murió; perdió horizonte largo. Y perdió algo más valioso: la certidumbre. Un tratado en revisión perpetua es veneno lento para la inversión de largo plazo. Las empresas que evaluaban relocalizar producción en Norteamérica ya están en modo de espera, posponiendo compromisos de capital.
La justificación oficial, los déficits comerciales con México (197 mil millones de dólares) y Canadá (46 mil), revela la paradoja: el déficit creció precisamente porque el tratado funcionó, atrayendo cadenas de suministro que huían de China. Trump entierra la renovación de su propia criatura, la que en 2020 llamó "el mejor acuerdo jamás firmado". Hay otro dato revelador: tras el fallo de la Suprema Corte que acotó sus aranceles globales, la revisión del T-MEC se convirtió en la palanca preferida de Washington para extraer concesiones que ya no puede asegurar por decreto.
La mordida, además, es selectiva. Un alto funcionario estadounidense marcó la diferencia: México "ha sido constructivo"; Canadá, en cambio, fue señalada junto a China por haber tomado represalias arancelarias. El dividendo de la cabeza fría de Sheinbaum es tangible: hay tercera ronda de negociación el 20 de julio en la Ciudad de México, mientras Ottawa ni siquiera tiene fecha.
Pero la variable decisiva es el calendario político. Sheinbaum gobierna hasta octubre de 2030. Carney, que consolidó mayoría parlamentaria en abril, tiene mandato hasta 2029. Trump deja la Casa Blanca en enero de 2029 sin posibilidad constitucional de reelección. Las revisiones anuales corren hasta 2036: la mayoría ocurrirá con otro inquilino en Washington. Desde la teoría de la negociación, cuando tu contraparte tiene fecha de caducidad y tú no, la estrategia dominante es resistir: ceder lo mínimo indispensable, administrar el conflicto y esperar mejores condiciones. México y Canadá pueden pagar costos de corto plazo a cambio de negociar el fondo con una administración menos hostil.
Esperar, sin embargo, no es sinónimo de pasividad. La debilidad negociadora de México es doméstica: la reforma judicial, el cierre energético y la aplicación discrecional de reglas fiscales erosionan la confianza del inversionista más que cualquier arancel. Y las reglas de origen más estrictas que exige Washington pueden ser oportunidad: si un auto debe contener más contenido regional para calificar, producir en México se vuelve más atractivo, no menos.
La lección es de colmillo: en una negociación, el tiempo es un activo y el ruido, una táctica. Washington ladró para su público interno; México debe negociar para el suyo de 2030. Quien confunda el anuncio de hoy con el desenlace final no entendió que esta partida se gana con paciencia, orden interno y reloj en mano. La mordida fue selectiva; la respuesta debe ser estratégica.