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Opinión

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La eterna sala de espera del desarrollo

Enrique Campos Suárez | La gran depresión

Ahora que está por terminar el campeonato mundial de futbol, a México le quedará la satisfacción de haber derrotado a Corea del Sur, aunque la Selección Nacional acumule 40 años sin poder llegar a la fase de cuartos de final.

Si el parámetro es el resultado deportivo, la realidad es que tiene pocas consecuencias para la economía. Solo queda esperar otros cuatro años para saber si ahora sí.

Pero cuando se trata de medir el ingreso per cápita del país y constatamos que México lleva prácticamente cuatro décadas sin avanzar, la historia cambia por completo. Corea del Sur, que compartía con nosotros una condición similar de desarrollo en la década de los 90, se transformó en una potencia industrial de altos ingresos que hoy cuadruplica nuestra escala económica.

Son datos del Banco Mundial, contenidos en la más reciente actualización de su clasificación anual por ingreso per cápita. Ahí se constata que México cumplió 36 años estancado en la categoría de ingreso medio alto, sin la capacidad de romper ese techo de cristal que lo separa del verdadero desarrollo.

Y no solo es Corea del Sur. En ese mismo periodo, 39 países lograron cruzar el umbral y consolidarse como economías de ingresos altos. Incluso, muchos partían de condiciones mucho más adversas que las de México en los 90: Polonia y Rumania, tras enfrentar hiperinflación y colapso institucional; Panamá y Costa Rica, que hoy registran niveles de ingreso superiores a los nuestros; o Guyana, que pasó de la pobreza a integrar el grupo de países de altos ingresos.

Evidentemente, para la narrativa del régimen, que disfruta sus clases de economía-ficción en las mañaneras, estas mediciones representan un cubetazo de agua fría. Sobre todo porque muestran que este gobierno parece cómodo con un país estancado en el ingreso medio y cada vez más dependiente de las dádivas gubernamentales.

Es innegable que la política de recuperación acelerada del salario mínimo y el esquema de transferencias directas han inyectado oxígeno al consumo de algunos deciles de la población –por cierto, no de los más bajos–. Sin embargo, redistribuir el ingreso disponible mediante el asistencialismo está muy lejos de generar riqueza estructural.

Privilegiar el gasto con rentabilidad electoral y descuidar la inversión en infraestructura productiva y social condena al país a una productividad laboral permanentemente baja. Pero ese parece ser el modelo, resumido por el propio líder del régimen, Andrés Manuel López Obrador, cuando afirmó que la función del gobierno es atender a la gente pobre porque, “hasta los animalitos que tienen sentimientos… cuando no tienen qué comer, pues se les tiene que dar”.

Para cruzar la frontera del ingreso alto se requiere, entre otras cosas, que la inversión fija bruta se ubique de manera sostenida alrededor de 25% del Producto Interno Bruto. Sin embargo, la ausencia de un Estado de derecho sólido, la apropiación gubernamental del Poder Judicial y la erosión de los contrapesos institucionales se han convertido en poderosos repelentes para alcanzar esos niveles de inversión.

México carece de una estrategia para elevar de manera sostenida su PIB per cápita. El tipo de cambio puede ayudar ocasionalmente a mejorar la estadística, pero pesa mucho más esa línea de mediocridad que dibuja el régimen con su permanente obsesión por el pasado.

Para cruzar la frontera del ingreso alto se requiere, entre otras cosas, que la inversión fija bruta se ubique de manera sostenida alrededor de 25% del PIB.

Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

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