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La apertura de Kissinger a China tendrá en jaque a la política de EU en 2024
Después de que el fallecido Henry Kissinger orquestó la “apertura a China” de EU, la adopción gradual de reformas económicas por parte de ese país logró convertirlo en la segunda economía más grande del mundo, pero los trabajadores estadounidenses se verían perjudicados por la continuación de la realpolitik kissingeriana bajo Donald Trump
BOSTON. Aún quienes critican con mayor dureza a Henry Kissinger aceptan que la visita del presidente estadounidense Richard Nixon a China en 1972 cambió para siempre a la geopolítica. Antes de que Kissinger orquestase esa apertura diplomática, los líderes estadounidenses veían al mundo en términos de “capitalismo contra comunismo”, y quien tuviera amigos comunistas podía ser tildado de rojo peligroso. Después de Kissinger se permitió que el control del Partido Comunista de China prosperara en el sistema de mercado mundial sin dilución alguna.
Sin embargo, envueltos en la celebración del “éxito” económico chino quedaron ocultos los costos de la estrategia de Kissinger, tanto para Estados Unidos como para el resto del mundo. Si Donald Trump vuelve a ser presidente a principios de 2025 es probable que esa estrategia resulte ganadora, pero que adopte una forma más peligrosa.
Durante décadas Kissinger defendió abiertamente el comercio con China y ganó mucho dinero abriendo puertas en ese país. Entre otras cosas, eso implicó apoyar a Deng Xiaoping después de la masacre de quienes se manifestaban pacíficamente en la plaza de Tiananmén, el 4 de junio de 1989. No habían pasado siquiera dos meses cuando Kissinger escribió su famoso comentario:
“Ningún gobierno del mundo hubiera tolerado que la plaza principal de su ciudad capital fuese ocupada durante ocho semanas por decenas de miles de manifestantes que bloqueaban la zona frente al edificio principal de gobierno. En China, una demostración de impotencia en la capital hubiera desatado el regionalismo y caudillismo latentes en las provincias. Las medidas enérgicas eran, entonces, inevitables. Pero su brutalidad fue espantosa, y más aún los posteriores juicios y propaganda al estilo de Stalin”.
Después de esa observación seguía un párrafo que contenía la definición más clara posible de la realpolitik kissingeriana:
“De todas formas, China sigue siendo demasiado importante para la seguridad nacional estadounidense como para arriesgar esa relación en este momento por una cuestión emocional. Estados Unidos necesita a China como potencial contrapeso frente a las aspiraciones soviéticas en Asia, y necesita que mantenga su relevancia para los japoneses como decisor clave en las cuestiones asiáticas.
China necesita a Estados Unidos como contrapeso frente a las ambiciones que percibe en los soviéticos y los japoneses. A cambio, China ejercerá una influencia moderadora en Asia y no desafiará a Estados Unidos en otras zonas del mundo. Lo ocurrido no alteró esas realidades”.
Ése se convirtió en el estribillo estándar de los gurúes de la política exterior y los líderes comerciales estadounidenses que buscaban invertir en China. La economía china despegó en la década de 1990 en gran medida porque las empresas con sede en Hong Kong, Taiwán, Europa y EU se desvivieron por crear fábricas, abalanzándose sobre la mano de obra china barata. Pero cuando una economía comienza a crecer, los trabajadores, natural y razonablemente, querrán mejores remuneraciones, que pueden surgir de la competencia en el mercado de trabajo o de su organización colectiva para exigir mejores salarios.
Eso es lo que ocurrió finalmente en las revoluciones industriales británica, europea y estadounidense. Aunque los dueños de las fábricas se sintieron inicialmente cómodos con el uso de la violencia para reprimir a los trabajadores (como en la masacre de Peterloo de 1819 y la huelga de Homestead de 1892), la presión política aumentó y se aplicaron reformas. Esos cambios marcaron el inicio de la prosperidad compartida de la era industrial. Los aumentos de la productividad comenzaron a fluir hacia los trabajadores que estaban mejor organizados y funcionaban en un entorno político más democrático, y se empezó a aplicar la tecnología de manera tal que creara nuevos puestos de trabajo mejor remunerados.
Durante décadas el mercado interno chino fue pequeño y su principal atractivo para los inversores era la oferta virtualmente ilimitada de mano de obra barata, un activo que contaba con el apoyo de la infraestructura financiada por el gobierno y políticas diseñadas para complacer a los empresarios.
Alentada por la Casa Blanca, China se convirtió en el mayor prestatario del Banco Mundial en la década de 1990 y fue luego admitida en la Organización Mundial del Comercio en 2001, a instancias de los inversores extranjeros y funcionarios del G7.
La bonanza China posterior a su ingreso a la OMC se logró gracias a una subvaluación deliberada del yuan (en contra de las reglas y normas del Fondo Monetario Internacional) y la sostenida represión laboral. Esa combinación pronto llevó a que se disparara la importación estadounidense de los productos baratos chinos, acelerando la caída de las manufacturas en la región central y otras zonas de ese país, donde se perdieron 2 millones de puestos de trabajo entre 1999 y 2011.
Por supuesto, la integración de China a la economía mundial le permitió aumentar rápidamente su PBI y crear la clase media más numerosa del mundo, pero la desigualdad se disparó y el crecimiento económico benefició principalmente a los profesionales urbanos con buena educación y conexiones más que a los granjeros y trabajadores comunes, cuyos ingresos siguen estando limitados.
Independientemente de quién gane la Presidencia en noviembre, la Casa Blanca enfrentará a una China cada vez más agresiva, aun cuando las exportaciones chinas continúan siendo componentes esenciales de la mayor parte de los bienes de consumo y la producción estadounidenses. Aunque Trump hable mucho de enfrentarse a China, al igual que Kissinger, descarta la necesidad de defender valores como los derechos humanos y la democracia.
Pero, para empeorar las cosas, la teoría kissingeriana de la historia china resultó completamente equivocada. “Los líderes chinos deben entender, o sus sucesores aprenderán”, advirtió en 1989, “que la reforma económica es imposible sin el apoyo de los grupos educados que crearon parte del fervor durante la agitación y de los trabajadores que proporcionaron gran parte de su fuerza”.
Sin embargo, al final, el Partido Comunista de China usó a la reforma simplemente como un instrumento para atraer capital y tecnología extranjeros. Ahora que los líderes del partido están más centrados en su poder y estatus mundial, abandonaron, e incluso revirtieron, las reformas de liberalización.
Ése es el legado de Kissinger. En vez de basarse en él, EU y sus aliados debieran abrazar un enfoque con más principios frente a China y comerciar de manera más general.
Ésa fue la visión del acuerdo original de Breton Woods en 1944, cuando se pensaba que sólo los países con un fuerte compromiso con los derechos humanos y la libertad política debían tener acceso irrestricto al mercado estadounidense.
La política de Kissinger frente a China, basada en su concepción estrecha del poder estadounidense, no logró nada de eso. A Trump también sólo le interesa el poder... el suyo. Un segundo mandato de Trump mantendría la mentalidad kissingeriana hasta su conclusión lógica, beneficiando a pocos a expensas de muchos.
Los autores
Daron Acemoglu, profesor de Economía de máxima jerarquía del MIT, escribió (con Simon Johnson) Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity.
Simon Johnson, execonomista jefe del FMI, es profesor en la Escuela de Administración Sloan del MIT y coautor (con Daron Acemoglu) de Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity.
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