Buscar
Opinión

Lectura 3:00 min

Debatir y no aplanar

Llevo más de un mes promocionando mi libro más reciente: «No puedo respirar», que es un ensayo sobre la igualdad. El acercamiento al tema es francamente filosófico: hay un argumento que atraviesa los capítulos y se va desarrollando para terminar afirmando algo. En las distintas entrevistas, que mucho agradezco, me han hecho notar algo: que les interesa el método por medio del que presento las ideas. Y entonces entiendo que un procedimiento, el del debate argumentado, que tan común nos resulta en la filosofía, es más bien extraño en otros ámbitos. El viernes 24 acudí como presidente de un jurado al examen de maestría de una alumna brillante, la tesis es sistemática, clara, precisa, en fin, llena de virtudes académicas. Y el examen fue lo que uno espera de una prueba filosófica: comenzó con una pregunta cargada de contexto y siguió una respuesta elaborada con base en las posibilidades de salir del atolladero conceptual. Una y otra vez hasta que terminó el tiempo establecido. En clases suelo ofrecer un ejemplo y luego pregunto: ¿qué deberíamos hacer en este caso, A o B? Los alumnos tardan en levantar la mano porque saben que apenas contesten A o B, les haré la pregunta relevante: ¿por qué? Y deben ser capaces de dar las razones por las cuales se inclinan por alguna opción. Es pura y dura esgrima argumental. Si algo esperamos de la formación de nuestros alumnos es que sean duchos en oír razones y dar argumentos y contraargumentos. Y en general creo que lo logramos. 

Pero no basta con que los estudiantes de filosofía aprendan a dar argumentos y a escucharlos, el debate sobre la cosa pública le debería competer  a todos los ciudadanos y por ello la educación básica tendría que formar personas capaces de leer, de escribir, de llevar a cabo operaciones matemáticas, entender el proceder científico y cómo es que se sostiene el conocimiento que adquirimos mediante la ciencia y también tendría que formar ciudadanos: que sepan dar razones, escucharlas y pedirlas. Que entiendan los principios en los que se fundamenta la democracia, como el principio de igualdad, y cuáles son los límites que le ponen a nuestras razones para actuar y, por ello, también a nuestra conducta. Pero de eso no se aprende mucho en la escuela y el resultado está a la vista de todos. Hoy, último día de las campañas políticas, es evidente que el nivel de la discusión pública durante todo este proceso no superó las acusaciones entre candidatos, las propuestas simplonas, grandilocuentes y sin respaldo procedimental. Hubo dimes y diretes, como cuando los niños se pelean en la primaria, pero no hubo intercambio de argumentos. Que el 2 de junio no triunfe ninguna aplanadora, que al menos quede la esperanza de algún debate interesante en el parlamento y en la arena pública.

Temas relacionados

L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí

Noticias Recomendadas