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Opinión

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Contra el militarismo

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Lucía Melgar | Transmutaciones

Lucía Melgar

La guerra mata, nos mata. La guerra destruye ciudades y campos. La guerra destroza, desangra. La guerra acelera la muerte del planeta.  En este mundo plagado de conflictos y desigualdades, donde la sombra del dolor, la hambruna y la muerte violenta obscurecen desde hace años la vida cotidiana y el paisaje en países tan lastimados como Sudán o Ucrania, o en territorios transformados en ruinas sobre ruinas, como Gaza  o, antes Kabul, la exaltada retórica militarista  y las acciones bélicas del presidente de EU y sus cortesanos son alarmantes signos de peligro. Para quienes ven el mundo como u tablero de Monopoly o se imaginan héroes de películas de acción, los bombardeos son luminosos espectáculos, la población civil es desechable, mero “daño colateral” o masa anónima a la que reiteradamente se ordena desalojar “zonas de conflicto” siempre cambiantes.

 Quienes atestiguamos la obsesiva repetición de las imágenes de las torres gemelas el 9/11 y el subsecuente uso de este atentado terrorista para “justificar” la guerra en Afganistán y la invasión de Irak,  sabemos que las repercusiones de los hechos pueden magnificarse o minimizarse en función de intereses existentes o creados.  A partir del 9/11, el gobierno de Bush manipuló al público y construyó una “coalición del Bien” contra el “Eje del Mal”, en una especie de cruzada que fomentó la islamofobia y el racismo en EU. También  se inauguró – o amplió- la era de la vigilancia, tan normalizada 25 años después que muchos aceptan someterse a identificación facial o a revisiones arbitrarias en nombre de la “seguridad”.  

Los políticos y billonarios que hoy impulsan la deriva autoritaria en EU no se conforman con transgredir las leyes o destruir las instituciones de ese país, aspiran a imponer “la dominación americana” en las Américas y el imperio de la fuerza en el mundo. No importa si esto supone minar el derecho internacional, abandonar todo compromiso entre naciones, negar evidencia científica y sembrar mentiras por doquier.  Alguno ve un refugio en Marte, otros se sueñan en la guerra de las galaxias.

La justificación a posteriori del ataque contra Irán como guerra “preventiva” (preemptive), contra una supuesta amenaza nuclear, se asemeja al (falso) argumento de que Irak tenía “armas de destrucción masiva” y había que eliminarlas. A esa primera explicación han seguido paternalistas llamados a la insurrección contra el régimen de los ayatolas (sin considerar el desgaste de la sociedad civil tras la brutal represión de enero…) o exigencias de “rendición total” del gobierno iraní. Algunos medios han aludido también a la importancia de “liberar a las mujeres iranís”, en una repetición del supuesto deseo de “liberar a las mujeres iraquíes” en 2003, sin mencionar desde luego que en EU la ola misógina mina los derechos de las mujeres y las niñas.  

El carácter criminal y misógino de la teocracia que desangra Irán desde hace décadas y que hoy ataca a sus vecinos es indiscutible.  Usar la “defensa de las mujeres” para justificar, así sea tangencialmente,  otra guerra ilegal, es un contrasentido. A lo largo de la historia, las mujeres han sido víctimas paradigmáticas en los conflictos armados. Han sido tratadas como botín de guerra, como esclavas laborales o sexuales; se les ha torturado con saña;  ven morir a sus seres queridos por hambre, enfermedades, balas o mutilaciones…  Son a menudo las encargadas de alimentar y cuidar a su familia.

Al resistir, reconstruir, sobre-vivir,  las mujeres y la población civil, diezmadas, heridas, desplazadas por los conflictos armados, afirman la vida contra la pulsión de muerte que rige el militarismo.  

Contra la demagogia belicista y la carrera suicida del rearme nuclear, es fundamental mostrar y nombrar el dolor. Contra el obsceno dispendio en armamento,  recordemos que millones de personas mueren por falta de comida, agua, vacunas y millones viven en campos de refugiados; que el mundo está al borde del colapso ambiental. Este planeta, no otro, es nuestra casa común.    

Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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