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La productividad no se logrará por decreto
La discusión sobre la reducción de la jornada laboral en México suele enfocarse en trabajar menos, pero elevar la productividad nacional requiere cambios estructurales y responsabilidad colectiva más allá de reducir horas por ley.
La discusión sobre la reducción de la jornada laboral en México suele enfocarse en trabajar menos, pero elevar la productividad nacional requiere cambios estructurales y responsabilidad colectiva.
Hace algunas semanas escribí una columna invitando a imaginar algo aparentemente sencillo: ¿qué haríamos con 400 horas adicionales de descanso al año? La reflexión surgía a partir de la discusión sobre la reducción de la jornada laboral en México. Ocho horas menos por semana. Cerca de 400 horas adicionales al año.
Desde entonces, muchas conversaciones sobre el tema me dejaron pensando en algo distinto, no necesariamente en la reforma, sino en la manera en que decidimos nombrarla. Porque las palabras importan. Y, muchas veces, la manera en la que nombramos un tema condiciona la conversación alrededor de este.
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Desde el momento en que escuchamos “reducción de jornada”, buena parte del debate parece instalarse automáticamente alrededor de una misma idea: trabajar menos. Y cuando una discusión pública comienza desde ahí, la resistencia aparece casi de inmediato.
¿Quién absorberá el costo?
¿Bajará la productividad?
¿Están preparadas las empresas?
¿Es el momento correcto?
La conversación empieza desde la preocupación.
Pero quizá vale la pena hacer un ejercicio distinto. ¿Qué habría pasado si esta iniciativa hubiera sido presentada desde otro ángulo? Por ejemplo, como una reforma para incrementar la productividad nacional.
Probablemente muchas conversaciones serían diferentes. Tal vez estaríamos hablando más de tecnología, digitalización, liderazgo y rediseño de procesos. Más de reducir retos operativos. Más de cómo generar mayor valor en menos tiempo. Y quizá la reducción de horas aparecería entonces como una consecuencia natural de una economía más productiva, y no como el punto de partida del debate.
Porque, en el fondo, la productividad no depende únicamente del número de horas trabajadas, sino de algo mucho más complejo: del ecosistema completo alrededor del trabajo.
Un trabajador que pasa varias horas atrapado en el tráfico no forma parte de un sistema eficiente. Una empresa que dedica enormes cantidades de tiempo a procesos burocráticos tampoco. Y un líder que sigue midiendo compromiso a través de la permanencia física, difícilmente construirá equipos de alto desempeño.
Creo que cuando hablamos de productividad, solemos simplificar demasiado la conversación. Buscamos respuestas rápidas para problemas estructurales y quizá ahí está una de las reflexiones más importantes de este debate: la productividad de un país no se construye únicamente dentro de las empresas.
También se construye en la infraestructura, en la educación, en la movilidad, en la conectividad, en la calidad regulatoria y en la capacidad de coordinar esfuerzos entre sectores. Es un fenómeno profundamente colectivo.
Y eso implica algo incómodo, pero necesario: la responsabilidad también es colectiva.
Durante años, gran parte del debate laboral en México se ha centrado en encontrar responsables individuales: las empresas, el gobierno, los trabajadores, etc. Pero la realidad suele ser bastante más compleja.
Las empresas tienen responsabilidad en modernizar procesos y culturas laborales. El gobierno tiene responsabilidad en generar condiciones que favorezcan la productividad. Las instituciones educativas tienen responsabilidad en preparar talento alineado con las nuevas necesidades del mercado. Y como sociedad también tenemos responsabilidad en cuestionar ciertas ideas que normalizamos durante décadas.
Tal vez una de ellas sea creer que trabajar más horas necesariamente significa generar más valor.
Los países más productivos del mundo no suelen ser los que pasan más tiempo trabajando, suelen ser los que mejor organizan el trabajo. Por eso, más allá de estar a favor o en contra de la reducción de jornada, quizá conviene detenernos un momento en una pregunta distinta: ¿estamos discutiendo realmente el problema correcto?
Porque si el verdadero reto de México es elevar su productividad nacional, entonces la conversación apenas comienza. Y probablemente requerirá mucho más que modificar el número de horas en una ley.