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El costo de oportunidad de trabajar y emprender en México
Decidir dónde trabajar o emprender no depende solo de preferencias individuales, sino de condiciones estructurales que limitan el rango real de elección. Pensar ambas alternativas desde la óptica del costo de oportunidad regional permite ampliar la discusión de política pública.
Ilustración EE: Nayelly Tenorio
Elegir un empleo no es únicamente aceptar un salario, mientras que emprender un negocio no es solo identificar una oportunidad de mercado. En México, ambas decisiones implican algo más amplio: elegir dónde trabajar o qué emprender, dónde vivir y bajo qué condiciones hacerlo.
Desde la economía, esta elección puede leerse como un ejercicio de costo de oportunidad: al aceptar un trabajo o decidir poner tu propio negocio en un estado, se renuncia a otras combinaciones posibles de ingreso, seguridad, acceso a servicios y calidad de vida, así como a distintas oportunidades para acceder a mercados. El reto es que, en un país con fuertes disparidades entre estados y regiones, estas renuncias son profundas, por lo que la decisión geográfica resulta clave para el desarrollo laboral y empresarial en el largo plazo.
La decisión real incorpora preguntas más amplias: ¿qué tan estable es el empleo o el entorno para hacer negocios?, ¿qué tan seguro es el lugar donde se trabaja o se invierte?, ¿existen oportunidades para cambiar de trabajo o escalar un negocio sin migrar por inseguridad?, ¿hay acceso a servicios básicos, salud y vivienda?, ¿los ingresos alcanzan una vez considerados gastos en transporte, renta y otros? El costo de oportunidad aparece cuando mejorar una de estas dimensiones implica sacrificar otra, y cuando elegir un estado dentro de una región específica supone aceptar límites claros al desarrollo laboral o empresarial.
Los datos del Índice de Competitividad Regional 2026 que publica el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) ilustran este dilema. Las regiones del país no ofrecen el mismo “menú” de opciones para trabajar o emprender, lo que obliga a trabajadores y empresarios a evaluar el costo-beneficio de su decisión.
En zonas de mayor dinamismo, como el Noreste y el Noroeste de México, es más probable acceder a empleo formal, pues seis de cada diez personas se encuentran en la formalidad, y a mayor productividad también hay mayores salarios (aproximadamente 70 pesos por hora trabajada), además de condiciones favorables para emprender, como parques industriales y una fuerte orientación exportadora, representando más de 50% del PIB. Sin embargo, estos beneficios conviven con costos relevantes: solo 32% de la población se siente segura, las empresas destinan 36% más gasto a seguridad y han tenido el incremento más alto en el precio de la vivienda.
En regiones como el Bajío o el Centro, la alta innovación (con cerca de cuatro patentes por cada 100,000 personas bajo la PEA) y la diversidad económica amplían las opciones laborales y empresariales, pero también implican alta desigualdad salarial y el precio más alto de gas natural (51.4 pesos).
En contraste, en el Istmo y la región Maya, el dilema es mucho más restrictivo: la informalidad se ubica entre 60% y 75%, y entre 20% y 30% de la población ocupada tiene acceso a servicios de salud; la baja llegada de inversión limita tanto las trayectorias laborales como el crecimiento de los negocios, obligando a trabajadores y emprendedores a adaptarse más que a elegir.
La decisión de dónde trabajar o emprender, por tanto, no depende solo de preferencias individuales, sino de condiciones estructurales que limitan el rango real de elección. Pensar el trabajo y el emprendimiento desde la óptica del costo de oportunidad regional permite ampliar la discusión de política pública.
No basta con crear empleos o promover nuevas empresas si estas solo pueden prosperar en algunos territorios o si requieren compensar carencias estructurales con menores salarios para ser productivas. Reducir el costo de oportunidad de trabajar y emprender en una región implica mejorar simultáneamente seguridad, infraestructura, servicios y certidumbre institucional, de modo que el ingreso vaya acompañado de un “menú” de condiciones básicas para el desarrollo personal y profesional.
Mientras elegir un empleo o iniciar un negocio siga implicando renuncias tan profundas entre regiones, el mercado laboral y el ecosistema empresarial continuarán fragmentados. El verdadero reto no es que trabajadores y emprendedores se adapten a estas brechas, sino que las brechas dejen de definir el valor del trabajo y de la iniciativa productiva en el país.
*La autora es coordinadora de Desarrollo Económico del IMCO (@ivana_cortes_)