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Arte e Ideas

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Literatura infantil y juvenil, en crecimiento

Casi cada día que pasa, la llamada Literatura Infantil y Juvenil crece y deja en mala posición a quienes la consideran un género menor o sencillo.

Casi cada día que pasa, la llamada Literatura Infantil y Juvenil crece y deja en mala posición a quienes la consideran un género menor o sencillo.

Pruebas múltiples de ello pueden ser encontradas en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, que termina este fin de semana en el Cenart.

He aquí algunos ejemplos, de los buenos (y nuevos), que abarcan desde los niños que aún queremos llamar bebés hasta algunos de los libros que en principio son para los adolescentes pero que llegan a causar furor en muchos adultos (como el que esto escribe).

Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, con ilustraciones de Rebecca Dautremer (FCE). Aunque no es un coleccionista, el que esto escribe tiene varias ediciones del, valga la redundancia, maravilloso libro del reverendo Charles Dodgson.

Esta es la más bonita. Sirva este comentario para recordarnos que la literatura infantil y juvenil nada tiene de nueva y que los libros que nos fascinaron en la infancia a los papás bien pueden hacer lo mismo con nuestros hijos.

Un gorila, un libro no sólo para contar, de Anthony Browne (FCE). En realidad, este libro casi no tiene letras, algunas frases al final, pero tiene números y expresivos dibujos desde el gorila del título hasta 10 lémures. Un libro para que los más chicos aprendan a contar y a apreciar a nuestros parientes evolutivos.

Mazel y Shlimazel. La leche de la leona, de Isaac Bashevis Singer (Conaculta) con ilustraciones de Joel Rendón. Esta obra del premio Nobel de Literatura 1978 es tanto una prueba de que para un gran cuento no hay edad, tenga o no dibujitos, como de que es algo que en realidad sabíamos desde hace muchísimo tiempo, desde Las mil y una noches, al menos.

Mazel, el genio de la buena suerte, y Shlimazel, el de la mala, hacen una apuesta con un humano como sujeto: el segundo fanfarronea de que puede abatir en un segundo todo lo que el otro haya construido en un año.

Esta publicación se suma a El alrevesado emperador de China, del mismo autor e ilustrador.

El desplumado, texto de Javier García-Galiano e ilustraciones de Armando Hatzacorsian (La pequeña ficticia). La historia del perico que ha decidido no hablar dice que se trata de un libro para niños políticamente incorrectos . Quizá más bien se trate de un libro para niños que no quieren que les escriban como si fueran tontos, como si no entendieran o como si en este mundo el mal humor no pudiera existir. Lo mismo sucede con las ilustraciones, un tanto abstractas y fuera de serie en este tipo de libros, que se alejan de los colores pastel y las sonrisas y muestran que no sólo en textos hay libros para niños estimulantes a cualquier edad.

El hombre que se llamaba Cero, de Gustavo Marcovich, ilustraciones de Valeria Gallo (La pequeña ficticia). Cero, desde niño, se acostumbró a pasar desapercibido, a que nadie contara con él, salvo para decir frases como sincero me siento mejor cuando pasaban cerca de él. Que esté acostumbrado no quiere decir que le guste. Cero era un ser triste y apocado hasta que un día bailó.

Los personajes de Marcovich, no sólo el protagónico, son raros, pero no más que lo que casi cualquier adulto le puede parecer a un niño.

Puro, de Julianna Baggott (Rocaeditorial). Con dos breves textos en la portada, esta novela trata de compararse favorablemente con Los juegos del hambre (como su sucesora y pretendiendo que su protagonista, Pressia, sería mejor amiga de Katniss). Así que, aunque todas las comparaciones sean odiosas, y si son desfavorables más, y sobre todo para el autor y los editores, cabe decir que aunque se acerca a la magnífica trilogía de Suzanne Collins, se queda a mitad de camino.

La distopía de Baggott tiene un buen planteamiento (un poco volado) y personajes atractivos (y más porque, salvo por el Puro del título, sus cuerpos están fusionados con cosas), pero se olvida de cosas elementales, como ponerlos a conseguir comida y a dormir, error grave en un mundo apocalíptico, y no es el único. Aun así, resulta entretenido y nos deja con la esperanza de que relea a Rowling, Collins, Riordan o a Huxley y Orwell.

Después de la nieve, de S.D. Crockett (Castillo). En el mundo desastrado que crea esta autora, el cambio climático conduce a una glaciación. Willo llega un día a su casa en medio del bosque, donde vive con su familia escondiéndose de la malvada y famélica gente de la ciudad, y la encuentra vacía. Decide ir a buscarlos y en el camino salva a la que será su compañera de viaje.

El joven que, solo, se enfrenta al mundo hostil es un tema que pareciera estar de moda , en realidad es el conflicto diario de todo adolescente.

manuel.lino@eleconomista.mx

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