Esta campaña presidencial se libra en varios frentes, reales y virtuales. En los mítines, en los actos de campaña, en los conciliábulos internos de cada partido y coalición, en Los Pinos, en la televisión.

Eso era lo normal. Ahora, se suman las redes sociales —Facebook y Twitter, principalmente—, en donde las filias y las fobias se perciben desbocadas. No sé si es ventaja, o desventaja, que la arena del conflicto haya pasado de las instituciones del Estado al ciberespacio. Una ventaja sí es patente: la virtualidad evita que la sangre llegue al río, en algunos casos, porque el espíritu controlador del Big Brother orwelliano, que anida en cada usuario, pone en evidencia cuando alguien se salta las trancas. Sin embargo, le encuentro dos desventajas. Hay quienes creen que la opinión de sus personajes icónicos es prácticamente un mandato, lo que les puede impulsar a la acción. La segunda es que las crisis pueden suscitarse por fake news.

Hace 24 años, en 1994, había un pleito casado por el control de los medios de comunicación electrónicos en la campaña presidencial. Hoy, sin negar el singularísimo y central papel de la radio y la tv, el caso es que en las redes sociales —un espacio incontrolable, aunque paradójicamente, hasta el momento, controlado — es de donde surgen las tendencias y se dirimen pleitos, aunque sean virtuales y prácticamente instantáneas. Es como un espacio alternativo en donde la comunicación instantánea y virtual permite la manifestación simultánea de toda una serie de conductas y emociones entre gente que posiblemente nunca se conocerá personalmente. Incluso, a modo de hipótesis, se puede decir que es un espacio democrático para una comunidad imaginada bastante grande —más de 35 millones de usuarios en México-, a donde ha transitado la opinión pública y es el espacio transclasial en el que se expresan insatisfacciones personales y comunitarias. En este sentido, el espacio de la lectura reflexiva ha disminuido sensiblemente frente a la ingente cantidad de información que llega a través de los tuits, lo que a su vez ha derivado en una nueva forma de hacer política, que excluye a las grandes mayorías que no tienen acceso a teléfonos inteligentes, ya sea porque no están acostumbradas a utilizar nuevas tecnologías por cuestiones de edad —los adultos mayores— o porque no tienen acceso a éstas. Sin embargo, no podemos negar el efecto multiplicador de las redes sociales, el peso de la información boca a boca.

Si me apuran, puedo situar justamente cuándo arrancó esta nueva forma de hacer política: el 11 de mayo del 2012, el fallido acto de campaña de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, que obligó a Pedro Joaquín Coldwell y Emilio Gamboa, ambos egresados de la UIA, a decir que un grupo no representativo de “porros” habían cuestionado al candidato. Al día siguiente, 131 alumnos de la Ibero con credencial en mano aclararon por medio de un video en redes sociales que no eran porros sino estudiantes que habían cuestionado al candidato por temas candentes. Peña tuvo que huir por los pasillos de la Ibero, mientras que radio Ibero transmitía en directo los sucesos y varios alumnos con las cámaras de sus celulares dieron cuenta en redes sociales cómo el entonces candidato prácticamente salió en volandas, en uno de sus peores actos de campaña. A partir del surgimiento de #Yosoy132, al que muchos exalumnos de la Ibero nos sumamos en la marcha estudiantil del 23 de mayo, la praxis política de la sociedad cambió de canales y escenarios. No fue un movimiento a favor de un candidato, sino de la libertad de expresión, la que ahora mismo es vulnerada por la falta de autocontención de muchos usuarios de las redes, que han pasado del meme burlón a incitar a la violencia. En Twitter la virulencia campea a sus anchas, dándose por sentado a la libertad de expresión como el derecho último e irrenunciable de los usuarios, a diferencia de Facebook, en donde hay un cierto control de contenidos. Un hecho aparentemente baladí hizo reflexionar a la opinión pública sobre la responsabilidad que se tiene desde estos espacios virtuales, porque se observa en ellos el deseo del aniquilamiento al otro.

Circuló por las redes un meme sobre los fans que habían asesinado a sus ídolos, como Selena y John Lennon, retando a los llamados chairos a hacer lo propio. Al periodista Ricardo Alemán se le ocurrió retuitear el meme, en un alarde humor negro, retando a los chairos a la acción. Un fan de Alemán publicó en su cuenta que él sí tomaba el reto de eliminar a AMLO para abrirle paso a Ricardo Anaya. Tuits detectados, cuenta clausurada unas horas y después, una carta de Televisa despidiendo a Alemán de sus dos espacios televisivos en esa empresa. Siguió Canal Once y remató Milenio, dando por terminada la relación laboral con Alemán. ¿Se le conculcó a Alemán el derecho a la libertad de expresión? Me parece que no y también me parece que fue una imprudencia manejar el meme de la forma en que lo hizo, pues incitó a una expresión de odio y violencia de una persona que seguramente el periodista ni siquiera conoce. ¿Le asiste a Alemán el derecho de expresar su sentir? ¡Claro! El problema es que no es cualquier hijo de vecino, sino un líder de opinión que, según se dice, está a las órdenes del gobierno. Esto último no tiene nada de malo, desde el punto de vista de que todos tenemos derecho a defender los intereses de nuestra preferencia. La gota que derramó el vaso fue la imprudencia y ésta tiene costos fuertes. Más allá de la salida de Alemán de los espacios donde colaboraba, lo importante es advertir que nuestra cultura política deja que desear, porque confunde libertades con desmanes.

Asombra la inquina personal en las campañas y cómo los candidatos Ricardo Anaya y José Antonio Meade no hacen más que referirse a lo que dice López Obrador. En las entrevistas realizadas en el programa Tercer Grado fue claro que ambos llegaron con toda la intención de relanzarse. Uno, porque cambió la alineación de jugadores internos; el otro, por un ligero repunte en las encuestas. Intentaron mostrar sus ventajas frente a López Obrador, tanto que, en caso de Meade, la alabanza en boca propia tuvo tintes de vituperio. En lo referente a Anaya, innegablemente es un buen polemista. Regateaba a los periodistas cada segundo, pero caía en la trampa de referirse a Obrador para contrastar sus posturas, propuestas y defensa.

El Peje es un fantasma, una pesadilla, para sus dos contrincantes. A pesar de los esfuerzos que ambos han hecho para ganar en las redes sociales, no parecen tener tino. En el caso del meme que hizo caer a Alemán, la autoría pareciera ser de las huestes de Anaya y/o de Meade, las que obsesivamente buscan desnudar el populismo lopezobradorista. No basta con ello, pues lo que se necesita es claridad de propuestas y devolver un sentido ético a las campañas.