Las campañas de los tres candidatos a la Presidencia de México que realmente interesan se han centrado más en la descalificación que en las propuestas y éstas se han circunscrito a los temas económicos, educativos, de seguridad y algo han tocado de combate a pobreza. Como es natural, las propuestas de campaña tienden a ser grandilocuentes y prometen resolver los rezagos de los gobiernos previos, pero pocas veces se presentan programas perfectamente realizables. Algunas veces, lo anterior se debe a que los candidatos carecen de las herramientas y los datos adecuados como para establecer rutas de acción posibles de implementar.

Otras veces, quizá las más, precisamente porque conocen los datos duros, juegan con las expectativas de la gente para ganar adeptos. En todo caso, el elector es visto como una especie de cliente al que hay que ofrecerle un producto mediante una publicidad que exagera sus virtudes, o peor, se las inventan al sujeto de marras.

La mercadotecnia aparece en múltiples formas como un arma de seducción política en busca del voto ciudadano, y nada hay en ello de malo, a excepción hecha de que defraudar a la ciudadanía, una y otra vez, genera hastío, tedio, y en última instancia, insurrecciones.

Partiendo del principio de que prometer no empobrece, candidatos y partidos se lanzan a la lucha ofreciendo soluciones casi mágicas para problemas como la corrupción. Voluntarismo puro proporcional a la necesidad de un líder carismático.

En este caso se encuentra López Obrador con su (mesiánica) idea de combatir la corrupción con su sola presencia en la cúspide del Poder Ejecutivo. Si el presidente es honesto ¿entonces de eso se desprende que todos sus subordinados serán honestos? El silogismo es más falso que una moneda de tres pesos, más en una cultura que privilegia y festeja la transa.

Así somos de ambivalentes: queremos transparencia y probidad, pero festejamos a quienes se saltan las reglas, incluso lo propiciamos. ¿Qué tal con las firmas y credenciales falsas de Margarita Zavala y el Bronco para lograr el registro de sus candidaturas? La misma autoridad electoral convalidó la farsa. Margarita se bajó de la campaña y nos dejó millones de boletas con su nombre. Sólo por ello, se le debería aplicar una multa acorde al daño al erario.

Pero eso no va a ocurrir, porque hay fuegos fatuos pagados por pactos inconfesables… Como sea, el papel de Margarita ya está cumplido: fracturar a la derecha. Y ¿quién se acuerda de sus escasas promesas de campaña? Creo que nadie.

Un ejemplo de las promesas cuya implementación se antoja difícil es la política energética de Ricardo Anaya; aunque se dice y se comenta que es una copia, nadie está obligado a inventar el hilo negro, así que me parece injusto ese motivo de la crítica.

La verdad es que me gustó. Anaya propuso una transición a energías limpias, solar y eólica, principalmente, para dejar atrás el esquema petrolero, lo que eventualmente sucederá cuando las reservas se agoten de una buena vez y para siempre.

Me parece una idea fantástica porque sería el detonador de una revolución tecnológica general; la transición a energías limpias es algo deseable y muy positivo. Anaya nos dejó el qué, pero no exactamente el cómo.

Ya sé que eso es muy difícil en campaña, pero tampoco es que éstas tengan que ser un catálogo de sólo buenas intenciones sin que nos digan a los electores cómo es que se piensa llegar al objetivo prometido. ¿Para qué prometer algo sin viabilidad? La respuesta es simple: las promesas son el núcleo de la campaña, de cualquiera, lo importante es que éstas apelen a los electores, y que tengan alguna consistencia con el contexto.

De ahí la crucial importancia del diagnóstico inicial; pero aun siendo certeros, no hay garantía de que las propuestas sean las adecuadas.

Sin embargo, lo que en este proceso electoral no vemos son propuestas que no sean ramplonas, están diseñadas para ganar el voto, pero no realmente para gobernar.

Otro ejemplo: las ofertas de José Antonio Meade en materia educativa: más escuelas de tiempo completo, con inglés y computación, sin cuotas. Prácticamente lo mismo ofreció Peña ¿Lo llevaron a cabo? De las promesas firmadas por el actual presidente quisiera saber cuántas se realizaron. No lo sé, pero los últimos 18 años han sido pródigos en promesas incumplidas y en pesadillas manifiestas.

¿Qué proponen los candidatos?

Menos de un mes falta para la elección y no sabemos los electores, bien a bien, qué proponen los candidatos en aspectos concretos. Ejemplos: ¿Cuál va a ser el apoyo a estudiantes mexicanos en el extranjero? ¿Hay alguna propuesta para la inclusión económica de personas con capacidades diferentes? ¿Existe alguna estrategia para el combate de la obesidad y el manejo de enfermedades endémicas como la diabetes? ¿Existe algún proyecto de reforestación? ¿Cuál va a ser la política exterior más allá de la relación con Estados Unidos? ¿A qué proyectos nacionales de investigación científica y tecnológica se les dará estímulo? ¿Existe algún proyecto claro integral de seguridad nacional? ¿Cuáles van a ser las estrategias para la protección de periodistas y otros grupos específicos claramente víctimas de la delincuencia organizada? Quizá el INE tenga la información, pero los ciudadanos, no.

La campaña parece catálogo de guerra sucia, casi habría que ser arqueólogo para entresacar las propuestas en temas clave. Amenazas como el encarcelamiento de los funcionarios públicos que se les encuentre culpables de delitos de peculado o malversación de recursos públicos o el exilio para empresarios inconformes, han dominado la narrativa de la campaña; mientras en el escenario observamos toda clase de actos de violencia, la marcha de la economía familiar es cada día más deficiente, los empresarios hacen su propia campaña. En corrillos se mencionaba que los grandes empresarios hacían campaña contra López Obrador y en las redes aparecieron videos que confirmaban la especie.

Como en 2006, ahora más abierto, los empresarios están posicionándose políticamente en contra del puntero en las encuestas. El caso de Alberto Baillères es paradigmático. ¿Es ilegítimo que los empresarios expresen su punto de vista? No, por supuesto. Pero tampoco es ético que coaccionen, como se ha señalado en algunos casos, a sus empleados para que voten en un sentido u otro. Si el trabajo de los empresarios se encamina a la concientización política de su entorno, es una iniciativa bienvenida, semejante a los Talleres por la Democracia que hizo el clero católico del norte del país hace 30 años. Sin embargo, sería gravísimo que los empleadores condicionaran el empleo o la paga a que sus trabajadores voten de manera corporativa.

A veces, el único acto de libertad auténtico que nos queda es el ejercicio del voto. Esos cinco minutos en los que tenemos las papeletas en las manos antes de depositar el voto en las urnas son la democracia en acción.

Es un ritual que los ciudadanos ejercemos cada tres años, un acto íntimo que se convierte en una decisión que nos afecta a todos, especialmente cada sexenio. De ahí la importancia de que se ejerza en absoluta libertad y conciencia. Lo que falta a todos, sociedad civil y clase política, es tener el buen sentido suficiente para aceptar el resultado que sea, aunque disguste. Hay que asumir las responsabilidades del caso.