Manuel Gregorio Esteban Nicolás y Diego Jacinto Esteban Mateo (padre e hijo), son dos migrantes guatemaltecos que desaparecieron en el desierto de Arizona, desde el 11 de junio de 2020, días después de que cruzaron, de manera ilegal, la frontera entre México y Estados Unidos.

Cuando ya habían atravesado la línea divisoria y estaban en suelo estadounidense, Manuel se comunicó con su familia. Les dijo que llevaban alrededor de cinco noches extraviados. 

Un coyote los abandonó a su suerte en el desierto y no se sabe nada más de ellos.

Historias como esa se multiplican a lo largo de los 3,185 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, desde Tijuana, Baja California, hasta Matamoros, Tamaulipas, donde, durante los últimos meses se han incrementado las deportaciones, así como el número de llamados de auxilio de migrantes perdidos, vapuleados por la intemperie y los animales ponzoñosos. 

La frontera está cerrada (para los mexicanos, porque los estadounidenses pueden pasar a México y regresar cuando quieren); los migrantes y desplazados siguen llegando, como gotera incesante, todos los días, no sólo desde el interior del país, sino de Centroamérica, el Caribe, África, Asia. Las deportaciones desde Estados Unidos ocurren a diario por cientos y hasta a deshoras y miles de personas esperan alguna novedad sobre su solicitud de asilo. 

Todo ello ocurre en el marco del tercer repunte de casos de la pandemia de la Covid-19, que no ha inhibido el desplazamiento de migrantes hasta la orilla norte de México.

Eso ha generado que miles de personas mexicanas y extranjeras estén atrapadas en los límites nacionales o, como dicen los entendidos de estos temas, en la (in)movilidad en sus proyectos migratorios, muchos de ellos en condiciones de alta vulnerabilidad, amolados, y con la incertidumbre en la espalda.

Aumento en arrestos y llamados de auxilio de migrantes abandonados en EU

Del otro lado de la frontera se han encendido las luces de alerta: cada vez son más los arrestos y llamados de migrantes pidiendo auxilio.

De acuerdo con la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés), de octubre de 2020 a junio de 2021, fueron interceptados un millón 119,204 migrantes que intentaron ingresar a ese país de manera ilegal, lo que representa 144.32% de incremento comparado con las detenciones ocurridas de octubre de 2019 a septiembre de 2020, o sea, durante todo el año fiscal anterior, que es como ordenan su información los estadounidenses. 

Eso quiere decir que, cuando faltan tres meses para concluir el año fiscal actual, han ocurrido 661,116 detenciones más que todo el año pasado y 141,295 más que todas las ocurridas en todo el año fiscal 2019.

Tan solo en junio pasado, los agentes del CBP interceptaron 188,829 personas que intentaban cruzar desde México, lo que significó 5% más que el mes anterior.

Según la dependencia estadounidense, el gran número de expulsiones durante la pandemia ha contribuido a que un número mayor de lo habitual de migrantes realice múltiples intentos de cruzar la frontera. 

Llama la atención que 34% de los encuentros en junio de 2021 fueron personas que tuvieron al menos un encuentro previo en los 12 meses anteriores.

Además, de acuerdo con el comisionado interino de CBP, Troy Miller, “estamos en la parte más calurosa del verano y viendo un gran número de llamadas de socorro a CBP por parte de migrantes abandonados en terreno, traicionados por traficantes sin consideración por la vida humana”.

Según las cifras de esa oficina, de octubre de 2020, a junio de 2021, la patrulla fronteriza rescató 9,500 personas abandonadas en zonas remotas y peligrosas, lo que significa 81% más que el total de rescates ocurridos durante todo el año fiscal anterior. Eso acusa lo que está pasando de este lado de la frontera.

Proyectos migratorios truncos, en espera o redefinidos

Para la investigadora del Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera (El Colef), Olga Odgers, lo que vemos en ese filo de México es un escenario con ciudades y poblados que alojan a personas con historias distintas pero que bien se pueden agrupar en tres tipos: 

  1. Los que tienen un proyecto migratorio truncado, como en el caso de los deportados de Estados Unidos, que ya habían llegado a su destino migratorio, pero fueron expulsados.
  2.  Hombres y mujeres que tienen un proyecto en espera, es decir el que idearon sigue vigente, pero tienen que aguardar largos periodos para poder continuar.
  3. Personas que se encuentran en un proyecto migratorio en redefinición, que son los que llegaron hasta la frontera con la idea de cruzar a Estados Unidos, pero se dieron cuenta que es imposible o que tiene un costo mucho más elevado del que pueden pagar y deciden optar por quedarse en suelo mexicano y regularizar su situación migratoria.

Como sea, son gente a los que les da hambre, necesitan vestir, calzar, asearse, guarecerse de la intemperie, dormir.

Si bien no existen recuentos oficiales que permitan saber con exactitud cuántos migrantes mexicanos y extranjeros se encuentran varados a lo largo de la frontera, o cómo les dicen también, los que forman las comunidades flotantes, de acuerdo con cifras de Human Rights Watch, durante el gobierno del presidente Donald Trump, Estados Unidos echó a México a más de 71,000 solicitantes de asilo, en el marco de los Protocolos de Protección al Migrante (MPP, por sus siglas en inglés), el programa mejor conocido como Quédate en México, que funcionó hasta el 1 de junio pasado, mientras sus solicitudes de asilo eran procesadas en esa nación.

Durante los primeros cinco meses de mandato del presidente Joe Biden, más de 400,000 migrantes detenidos en la frontera fueron expulsados a México, incluidas muchas familias centroamericanas y solicitantes de asilo de diversos países.

Los migrantes que permanecen a lo largo de la frontera son principalmente extranjeros y en menor medida mexicanos, sobre todo provenientes de Guerrero, Chiapas, Michoacán y Oaxaca.

La amplia mayoría son solicitantes de asilo, tanto mexicanos como extranjeros, que fueron enviados a territorio mexicano bajo el protocolo (MPP). Sin embargo, otro número importante de expulsiones se hicieron bajo el amparo de la orden conocida como Título 42, que faculta a los agentes fronterizos a sacar de Estados Unidos sumariamente a los migrantes, incluidos los solicitantes de asilo, como una de las medidas de contención de la pandemia de la Covid-19.

Aunque muchos migrantes retornaron a sus lugares de origen, sobre todo ante el miedo de contagiarse de Covid-19 alejados de sus familias, una parte importante, difícil de calcular, permanece en la frontera, tanto en albergues, sitios de hospedaje, deambulando en las calles, en colonias populares e incluso nuevos asentamientos irregulares. Hablan de más de 40,000.

Algunos estudios sobre la ocupación en los albergues dan una idea de ello. Según información recabada por El Colef, en marzo de 2020 operaban 90 albergues en las principales ciudades de la frontera norte de México, principalmente en Tijuana donde funcionaban 31, Ciudad Juárez 16 y Mexicali 11. Para entonces, en esos lugares había más de 11,500 personas hospedadas. No todos están en albergues.

El documento “Migrantes en albergues en las ciudades fronterizas del norte de México” de El Colef refiere que el universo de albergues que atienden a los migrantes en tránsito es diverso, tanto en capacidad como en infraestructura y recursos humanos. 

La mayoría de las personas ahí hospedadas son de Centroamérica, México, El Caribe, Sudamérica y de África, en ese orden.

Una falsa esperanza pone a los migrantes en el camino que topa en la frontera  

Óscar Misael Hernández Hernández, investigador del Departamento de Estudios Sociales de El Colef, explicó que con la salida de Donald Trump de la presidencia de Estados Unidos y la llegada de Joe Biden, se pasó de una política bastante agresiva hacia los migrantes, a una, no más suave, pero sí con cierta apertura hacia ellos.

Eso explica por qué empezó a incrementarse el número de personas en tránsito en la frontera, a pesar de la pandemia de la Covid-19 y de que parte de la política migratoria de Estados Unidos es que no se está abriendo la frontera para otorgar asilo a quien lo solicite, sino que solo se le comenzó a dar trámite a los expedientes ya abiertos.

“Se creó un tipo de utopía migratoria en la frontera México-Estados Unidos y los migrantes continúan llegando por esa razón”.

Recordó que también se corrió el rumor de que, enviando a los niños primero o yendo acompañado por ellos sería más fácil entrar, lo cual tampoco es cierto.

José Ascensión Moreno Mena, presidente de la Coalición Pro-Defensa del Migrante, con sede en Tijuana, Baja California, expuso que se creó la falsa esperanza de que esa nación sería receptiva con la llegada de migrantes a su territorio. Por eso decidió emprender el viaje en busca de ingresar a Estados Unidos, pero se tomaron con la cerca que hoy los acorrala.

Es por ello que se incrementó la llegada de ciudadanos procedentes de Haití y Cuba, así como de Centroamérica.

Albergues pasan de sitios de estancias cortas a estancias prolongadas

Moreno Mena dijo que, en el caso de Tijuana, cuando inició el gobierno de Biden ya había decenas de personas que, a pesar de la pandemia, decidieron permanecer en la ciudad en busca de una respuesta a su trámite de solicitud de asilo en Estados Unidos.

Sin embargo, ante la llegada de decenas de migrantes adicionales fue necesaria la instalación del campamento que aún continúa frente a la garita de El Chaparral en el que permanecen alrededor de 3,000 personas, sin que tengan los servicios necesarios para atenderlos como baños públicos (los que puso el municipio fueron robados).

Ahí se encuentran migrantes centroamericanos —marcadamente hondureños y salvadoreños—, cubanos, venezolanos, haitianos —la mayoría mujeres y niños— y mexicanos desplazados por situaciones de violencia en diferentes estados, quienes no entran en alguno de los programas migratorios de Estados Unidos.

Las condiciones insalubres en las que se encuentran han generado brotes de enfermedades gastrointestinales e incluso varicela.

Moreno Mena dijo que en Baja California hay alrededor de 32 albergues que en su gran mayoría operan a un 30 o 40% de su capacidad debido a las medidas de contención de la pandemia de la Covid-19.

Calcula que en todo el estado habrá unas 4,000 personas en albergues. Además, hay muchos migrantes que rentan casas, departamentos o cuartos e, incluso, algunos están en invasiones populares.

El presidente de la Coalición Pro-Defensa del Migrante estimó que tan sólo de los haitianos que no han podido pasar desde antes de que terminara el gobierno del presidente Trump, son alrededor de 2,500, que no están en albergues. Algunos llegaron desde 2017 y hay quienes ya están trabajando en gasolineras y otros establecimientos de servicios. Otros se casaron y hay quienes hasta ya tuvieron hijos.

Algo similar ocurre con los venezolanos que generalmente llegan de manera legal en grupos pequeños y buscan a contactos en la ciudad y se instalan en casas o departamentos. Muchos de ellos están en Mexicali.

Ese también es el caso de los cubanos, que han creado comunidades importantes en el estado.

El activista llamó la atención que en Tijuana llegan migrantes de distintas nacionalidades, entre ellos africanos, ucranianos y de antiguas repúblicas exsoviéticas.

Por su parte Juan Francisco Loureiro, director del albergue San Juan Bosco de Nogales, Sonora, expuso que actualmente están recibiendo entre 150 y 180 personas diariamente, muchos de ellos menores acompañados de sus madres.

Son personas que permanecen entre un mes y hasta un año en esas instalaciones debido a la imposibilidad de cruzar la frontera.

En el caso de Nogales, Loureiro indicó que las autoridades migratorias estadounidenses han vuelto a atender a los solicitantes de asilo, pero sólo de 10 o 12 por día para su primera cita.

De acuerdo con el activista, actualmente operan en esa ciudad sonorense dos albergues y un comedor.

Dijo que tradicionalmente los albergues recibían a personas deportadas de Estados Unidos que duraban en la ciudad en promedio unos cuatro días y luego partían a sus lugares de origen, pero ahora son más los que quieren cruzar a territorio estadounidense por la vía del asilo.

Destacó que las autoridades migratorias mexicanas no están atentas a las deportaciones realizadas por Estados Unidos. Además de que ya es común ver expulsiones “a deshoras”, por la noche.

A su vez, Hernández Hernández expuso que, Matamoros era de las ciudades que más migrantes varados tenía, principalmente por el Campamento El Bordo, donde llegó a alojar alrededor de 2,000 personas; sin embargo, en febrero pasado, quedaban 700. 

Tres meses después, los cuatro albergues de la ciudad ya habían recibido a otros 500 y tres de cada 10 eran menores de edad. Hoy siguen llegando migrantes, principalmente de Centroamérica y un número considerable de haitianos y venezolanos.

De alguna forma, la frontera es también resonancia de lo que ocurre en otras partes del mundo que obliga al desplazamiento de personas. Por ejemplo, durante los últimos meses están llegando nicaragüenses a Tamaulipas y Coahuila que buscan cruzar a Texas. Se trata de personas con un nivel de educación superior a los demás grupos de migrantes y con dinero y algunos se dicen desplazados por razones políticas.

Nomás les dicen: vete por ahí derechito y terminan dando vueltas

Moreno Mena expuso que el aumento en el registro de arrestos y rescates de migrantes extraviados, por la patrulla fronteriza se debe a que los migrantes se desesperan y buscan cruzar una y otra vez con tal de ya no estar en la frontera y llegar a su destino en Estados Unidos. En tanto, la patrulla migratoria los regresa inmediatamente con base en el título 42 de sanidad. “Ya no los detienen como ocurría antes que los mantenían cautivos hasta seis meses antes de deportarlos”.

Eso ha generado un ciclo perverso por lo altamente peligroso para los migrantes: llegan a la frontera, se desesperan, buscan a cualquier pollero que los cruce, optan por los más baratos e inexpertos y los abandonan en el desierto. “Nomás les dicen: vete por ahí derechito y terminan dando vueltas”.

El activista denunció que grupos de polleros se han dedicado a lucrar con la desesperación de la gente. Muchos contratan a traficantes que no tienen experiencia. 

Juan Francisco Loureiro dijo que el problema es que muchos de los migrantes expulsados quedan expuestos a las pandillas o bandas de delincuentes que operan en la región. Ellos son los que los convencen para cruzar por lugares peligrosos.

Señaló que hay zonas como las de las inmediaciones de Altar, que está dominado por la delincuencia organizada, por donde también conducen a migrantes en condiciones altamente riesgosas.

Al igual que Moreno Mena, destacó que ni las autoridades federales, ni estatales destinan recursos para apoyar a los migrantes y han dejado a las organizaciones de la sociedad civil la tarea de atender a esas personas con alojamiento, comida y servicios médicos, debido a los recortes presupuestales.

También denunciaron que ya no surten efecto los acuerdos binacionales para realizar una deportación ordenada y asistida, pues ahora expulsan a migrantes a todas horas.

Hernández Hernández destacó que lo grave de la situación es que a pesar del cierre de fronteras y otras limitaciones y riesgos el sistema de coyotaje no ha dejado de funcionar  en la zona fronteriza, porque sigue siendo un negocio altamente rentable de ellos y se aprovechan de las confusiones y malinterpretaciones de las políticas migratorias de Estados Unidos.

De acuerdo con la ONU, se estima que el tráfico de migrantes en el mundo genera anualmente alrededor de 6,750 millones de dólares y se calcula que anualmente hay alrededor de tres millones de entradas ilegales en el vecino país del norte.

El investigador del Departamento de Estudios Sociales de El Colef destacó que la gran mayoría de los migrantes son vulnerados al cruzar la frontera de manera irregular y depende de los territorios de frontera y el tipo de sistema de coyotaje en el que se ven inmersos para cruzar.

Explicó que desde hace varios años, los coyotes no trabajan de manera autónoma y normalmente lo hacen supeditados a un grupo delictivo. Además, tienen diferentes tareas. Por ejemplo, están los enganchadores, los contactos, los cuidadores y los guías, entre otros.

De acuerdo con un reporte de Human Rights First, de enero a mediados de junio pasado, casi 3,300 migrantes varados en México en la frontera, han sido secuestrados, violados, traficados o agredidos. 

Ni México, ni Estados Unidos garantizan la protección a niños migrantes

Por su parte Adeline Neau, investigadora para Centroamérica de Amnistía Internacional, afirmó que esa organización ve con mucha preocupación la situación de menores de edad acompañados y no acompañados solicitantes de asilo en la frontera.

Dijo que lo preocupante es que ni México, ni Estados Unidos garantizan la protección de los derechos humanos de esos niños y destacó que uno de cada tres solicitantes de asilo en la región, son menores de edad. La mayoría son expulsados sin que puedan pedir asilo y sin que puedan reunirse con su familia, lo que los coloca en una severa situación de vulnerabilidad.

Recalcó que los niños tienen derecho tanto a la solicitud de asilo como a la reunificación familiar, por lo que las autoridades deberían actuar conforme a sus leyes en la materia.

De acuerdo con Neau Estados Unidos está devolviendo a casi todos los niños no acompañados a México. De hecho, ese es uno de los datos principales que expone el informe “Empujados al peligro. Devoluciones forzadas de niños y niñas migrantes no acompañados efectuadas por Estados Unidos y México”, de Amnistía Internacional presentado hace unas semanas. 

Además, destacó que desde marzo pasado, México, a través del Instituto Nacional de Migración, implementa aparatosos operativos, tanto en la frontera norte, como en la sur para detener a niños y niñas migrantes que se dirigen a Estados Unidos. Dijo que de enero a junio han sido detenidos alrededor de 20,000 niños y expulsados del territorio nacional.

Lo anteriormente descrito es tan solo un esbozo de lo que pasa en la frontera, la misma donde Manuel Gregorio y Diego Jacinto se internaron al desierto donde su familia les perdió el rastro, del mismo donde salieron los “coyotes” que los dejaron a su suerte y se dieron tiempo para tratar de extorsionar a sus familiares sabiendo que los habían engañado, según reportó Conexión Migrante. 

Mientras, en el sur, a miles de kilómetros de la línea divisoria, los incentivos para la migración continúan y decenas de personas hoy están en el camino, rumbo al norte desplazándose. La frontera y sus riesgos los esperan.

diego.badillo@eleconomista.mx