Que el pensamiento feminista no es monolítico o unívoco está claro. Un manifiesto de artistas e intelectuales francesas, en contra de la posición del movimiento #MeToo ligado con Hollywood está lejos de ser una discusión entre élites de dos industrias del espectáculo. Los conceptos vertidos desde Europa, y muchas de las respuestas que generó por parte de detractoras a lo largo del mundo, son parte de discusiones que hasta el momento se habían dado principalmente en el ámbito académico, y que ahora han saltado a la escena pública.

No es una pelea entre tribus o facciones. El acoso y la violencia sexual contra las mujeres, realidades que el movimiento #MeToo busca visibilizar, son parte de los problemas que los feminismos abordan, pero que no se agotan en ellos, cuestión que puso sobre la mesa el documento signado por un centenar de mujeres francesas.

La postura sentada por el colectivo de celebridades francesas abreva del feminismo de la diferencia, línea de pensamiento con orígenes en la década de los 60 del siglo pasado. Esta corriente, en una descripción burda, parte de la idea de que hablar de la igualdad de los géneros no es la mejor vía para salir de la lógica de la dominación masculina. La propuesta del feminismo de la diferencia es situarse fuera de la dicotomía igualdad-desigualdad, y postula la diferencia como camino. La diferencia no significa desigualdad y lo contrario de la igualdad no es la diferencia, sino la desigualdad. Distinguen que la igualdad es un término jurídico y que la diferencia es una realidad existencial, que hombre y mujer son diferentes. Se tiene, entonces, que valorizar la particularidad de la mujer —una autoconciencia de género— para que alcance una verdadera autonomía.

El feminismo radical, corriente que surgió en Estados Unidos en la década de los 60, centra su análisis en ubicar y señalar las formas de la dominación del hombre sobre la mujer. Considera que el patriarcado, el sistema de opresión de las mujeres que funciona de forma autónoma, es la raíz del problema de la desigualdad. Describir, señalar, denunciar, sus mecanismos son algunas de las formas de hacerle frente y desmontarlo. En este esquema, los hombres son los beneficiarios de la dominación de las mujeres, de lo que se sigue una relación de enfrentamiento entre los géneros. Algunas de las expresiones de exclusión de hombres de las causas de defensa de derechos de las mujeres —de las que se vieron varias durante la premiación de los Globos de Oro el domingo pasado— tienen sustento en esta corriente del feminismo.

No todo el #MeToo se sustenta en el feminismo radical. Muchas de las acciones derivadas de este movimiento, a juicio de las responsables de la publicación del manifiesto que suscitó la polémica, son expresiones de odio a los hombres y al ejercicio libre de la sexualidad. Es decir, se opone una violencia a otra.

El colectivo alerta sobre los peligros de reducir al ámbito de la moral las acciones contra la violencia de género. “[...] La característica del puritanismo (es) tomar prestado, en nombre de un llamado bien general, los argumentos de la protección de las mujeres y su emancipación para vincularlas a un estado de víctimas eternas”, se puede leer en el documento. El puritanismo, tal y como se le emplea en el escrito, se refiere a la observancia de una rígida moral sexual, al tiempo que se persigue y castiga a quienes no sigan las reglas o tengan prácticas distintas. Esto, advierten, será aprovechado por las distintas facciones conservadoras con la intención de perpetuar el sistema de dominación de las mujeres. La alternativa es asumir la libertad de ser mujer con los “riesgos y responsabilidades” que esta conlleva.

Una visión distinta a la dualidad mujer-hombre es la de Judith Butler, que rompe con la lógica de los géneros, esenciales tanto para el feminismo de la diferencia como para el radical. Para la pensadora estadounidense, los actos y gestos, los deseos actuados y articulados, son los que crean la ilusión del género, “ilusión mantenida discursivamente para regular la sexualidad dentro del marco obligatorio de la heterosexualidad reproductiva”. El “ser hombre” y el “ser mujer”, nos dice, son productos discursivos ideales que nunca se realizan; en su lugar, lo que hay son prácticas imitadoras que constituyen múltiples aproximaciones a la concreción del ideal.

Butler va más allá en su análisis, y sitúa en los roles de género la opresión que se denuncia desde los distintos feminismos, pero que en este contexto afecta a todos. La heterosexualidad normativa, que rige y disciplina a los cuerpos en el ejercicio de la sexualidad, desde un binarismo de género, dice Butler, es un discurso en el que se sostiene, además, el sistema capitalista como forma de explotación. Los roles de género representan un sistema de división sexual del trabajo y disciplinamiento de los cuerpos. Los cuerpos no existen fuera de los discursos que le dan forma, y Butler propone, para salir de este sistema de opresión, prácticas paródicas de los roles que rompan con los estereotipos de género.

Al describir a los géneros como productos culturales, Butler desarticula el esencialismo de género en el que se sostiene el feminismo de la diferencia. El patriarcado como sistema de opresión de las mujeres, centro de los análisis del feminismo radical, queda a discusión toda vez que Butler ubica el control en los roles de género.

El pensamiento feminista es vivo y dinámico, como ha dejado ver la polémica que ha generado la discusión que abrieron las firmantes francesas del manifiesto crítico al #MeToo. Las emergencias de violencia contra las mujeres que se viven día a día en todo el mundo son una realidad dolorosa que requieren acciones urgentes, que hacen parecer la discusión de ideas sobre el feminismo como algo trivial. Poco a poco, acciones como el #MeToo han ayudado a romper con la normalidad de prácticas de violencia contra las mujeres. Es en el pensamiento donde tiene origen esta desarticulación de un orden imperante, y también será en el pensamiento donde se decida el camino, o los caminos, alternos al sistema de dominación y abuso. 

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