Lectura 5:00 min
Venezuela y Estados Unidos: petróleo, tiempo y estrategia más allá del discurso

Opinión
Para entender la postura reciente de Donald Trump y de Estados Unidos frente a Venezuela es necesario dejar de lado una lectura política inmediata. En el debate público suele presentarse esta relación como un conflicto ideológico o como un intento directo de apropiación de recursos naturales. Sin embargo, la lógica que explica estas acciones es más técnica y responde principalmente a factores económicos, energéticos y estratégicos.
Estados Unidos es actualmente el mayor productor de petróleo del mundo, con una producción cercana a 13 millones de barriles diarios. Además, se ha consolidado como un exportador relevante de crudo. Bajo este contexto, resulta válido preguntarse por qué un país con amplia producción interna mantiene interés en el sector petrolero venezolano. La respuesta no se encuentra en la cantidad total de petróleo disponible, sino en el tipo de crudo y en la forma en que está diseñado el sistema de refinación estadounidense.
Venezuela aparece oficialmente como el país con mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con más de 300,000 millones de barriles, ligeramente por encima de Arabia Saudita. Este dato no se explica por nuevos descubrimientos, sino por la reclasificación del crudo extrapesado de la Faja del Orinoco como reserva probada, es decir, se contabilizó como petróleo económicamente explotable un volumen que antes se consideraba difícil de producir. Esta reclasificación asume precios elevados del petróleo, acceso constante a tecnología, infraestructura operativa funcional y financiamiento suficiente. En la práctica, estas condiciones no se cumplen. Con un precio del Brent cercano a 60 dólares estadounidenses por barril, una parte importante de ese crudo no resulta rentable, ya que su extracción y procesamiento son más costosos que los del crudo ligero. A ello se suman años de subinversión y deterioro operativo, lo que ha llevado a que Venezuela produzca hoy menos de 1 millón de barriles diarios, evidenciando la distancia entre el tamaño de sus reservas y su capacidad productiva real.
El crecimiento petrolero de Estados Unidos se ha concentrado en crudo ligero, mientras que gran parte de sus refinerías, especialmente en la Costa del Golfo, fueron diseñadas para procesar crudos pesados y con mayor contenido de azufre, provenientes históricamente de Venezuela, México y Canadá. Por ello, el país exporta crudo ligero e importa cerca de 8 millones de barriles diarios de crudo pesado, una dinámica que no refleja falta de autosuficiencia, sino una restricción técnica.
Adaptar refinerías a otro tipo de crudo requiere años e inversiones elevadas, por lo que no es una solución viable de corto plazo. Desde una perspectiva estratégica, los principales volúmenes de crudo pesado se concentran en Venezuela, Canadá, México y Rusia. De estos países, Venezuela ofrece cercanía geográfica y un tipo de crudo compatible con el sistema de refinación estadounidense, lo que explica su relevancia dentro de la estrategia energética de largo plazo.
Este escenario no beneficia a todo el sector petrolero por igual y los ganadores son selectivos. Las refinerías estadounidenses capaces de procesar crudo pesado son las principales beneficiadas en el corto plazo, ya que este tipo de crudo suele cotizar con descuentos frente a los crudos ligeros, lo que mejora directamente los márgenes de refinación. En este grupo destaca Valero Energy, por su historial como importador de crudo venezolano y por la alta complejidad de sus refinerías, con una posible ampliación de márgenes de alrededor de 2 a 4 dólares estadounidenses por barril, convirtiéndola en el principal beneficiario económico directo. Marathon Petroleum y Phillips 66 también se benefician, aunque con impactos más moderados y principalmente operativos.
Entre las petroleras integradas, el beneficio es más limitado y condicionado. Chevron es la mejor posicionada al mantener operaciones en Venezuela bajo licencias vigentes, lo que le permite exportar entre 100,000 y 150,000 barriles diarios de petróleo, aunque con ingresos restringidos y un impacto financiero limitado frente a su escala globa. En contraste, Exxon Mobil y ConocoPhillips enfrentan un escenario más incierto, ya que cualquier beneficio dependerá de inversiones de largo plazo y de un entorno político y jurídico estable. Aunado a esto, las empresas enfrentan mayor presión si el precio del petróleo se mantiene en un rango de 50 a 60 dolares por barril, un nivel poco atractivo para nuevas inversiones.
En conclusión, el interés de Donald Trump en Venezuela no surge por la necesidad inmediata de más petróleo, sino por asegurar un tipo de crudo que se ajuste al sistema de refinación de Estados Unidos y a su estrategia de seguridad energética. El factor clave es el tiempo. Aunque esta decisión se presenta como parte del discurso de “Make America Great Again”, la industria petrolera no responde a mensajes políticos ni a plazos electorales. Será el mercado el que determine si esta estrategia genera beneficios visibles en el corto plazo o si, como ocurre con frecuencia en este sector, los resultados tardan varios años en reflejarse.
Estados Unidos es actualmente el mayor productor de petróleo del mundo, con una oferta cercana a 13 millones de barriles diarios.