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Suenan tambores de guerra cognitiva

Luis Bartolini Esparza | Columna invitada
“La manipulación del lenguaje es la base del control mental. Si se controla como hablamos, se controla como pensamos” George Orwell
Las declaraciones de guerra ya están pasando de moda, aquellos discursos oficiales en los que un presidente, primer ministro o rey informaba que esa nación ya estaba en conflagración bélica con una o más potencias extranjeras, ya no necesariamente se requieren para anunciar el inicio de un conflicto. El 3 de septiembre de 1939, el primer ministro británico Neville Chamberlain anunció por la radio que el Reino Unido entraba en guerra contra Alemania advirtiendo que ese día por la mañana el embajador británico en Berlín había entregado un ultimátum al gobierno alemán, y que toda vez que no se había recibido respuesta, ese país estaba ya en guerra con Alemania; o la formalidad del decreto publicado en el DOF el 2 de junio de 1942, en el que se declara que a partir del 22 de mayo del mismo año, existió en México un estado de guerra con Alemania, Italia y Japón. Naturalmente, todo ello en el contexto de lo que se conoce como guerra convencional, pero qué sucede cuando el escenario es el de la ciberguerra o el de las guerras híbridas, ambos en su modalidad de guerra cognitiva, ¿cuál es el discurso que avisa su inicio o notifica su conclusión? Al no haber ejércitos, disparos ni explosiones, tanques, buques o aviones de guerra, ¿de qué se colige que hay una guerra? Peor aún, ¿quién es el agresor? En el siglo XX, durante poco más de cuatro décadas se vivió la denominada Guerra Fría, que incluyó varios eventos de guerra convencional focalizada, pero también la implementación de estrategias económicas, sociales, ideológicas y obviamente propagandísticas, particularmente entre los Estados Unidos y la Unión Soviética; hoy podríamos decir que fue una larga guerra híbrida y que la versión 2.0 con ciertos cambios de jugadores, está viva en el siglo XXI.
La OTAN considera como amenazas híbridas la combinación de medios militares y no militares, incluidos propaganda, sabotaje y ciberataques, que buscan desestabilizar Estados y sociedades, como se desprende de su documento de junio de 2024 “Hybrid Threats and Hybrid Warfare”, entre otros. La ciberguerra, por su parte comprende operaciones ofensivas y defensivas en el ciberespacio realizadas por Estados o actores apoyados por Estados con el fin de degradar, destruir, manipular o influir en sistemas, datos o infraestructuras críticas para obtener ventaja estratégica o táctica. Las acciones relevantes incluyen hackeos, sabotaje industrial, robo de propiedad intelectual, interrupción de servicios y operaciones de influencia potenciadas por tecnología, aspectos considerados en las recientes “National Security Strategy” (2025), “National Defense Strategy” (2026) y “U.S. Counterterrorism Strategy” (2026) de USA; y finalmente, la guerra cognitiva que básicamente estriba en la imposición de narrativas, incluida la desinformación (Deep Fakes). El Mando Aliado de la Transformación de la OTAN tiene al respecto diversas publicaciones en las que explora esta modalidad de guerra que básicamente se centra en “… atacar y degradar la racionalidad, lo que puede conducir a la explotación de vulnerabilidades y debilitamiento sistémico…”, que puede impactar inclusive el marco legal y de orden público. Ejemplos hay muchos y en diversas latitudes, pudiendo citarse el artículo de Ryan Prior (Atlantic Council) sobre la guerra de Ucrania en donde describe como esta nación se ha destacado por el desarrollo de tecnologías con drones de ataque pero sigue batallando para revertir los efectos del poderoso aparto Ruso de guerra cognitiva que propicia confusión y desaliento en la población ucraniana; quienes a su vez han desarrollado herramientas IA que generan comunicados oficiales en 30 idiomas con códigos de barra no falsificables e identificado miles de sitios web que amplifican las narrativas falsas, a su vez ese autor cita a Peter Pomerantsev y su libro “Cómo ganar una guerra de información” en donde afirma que la propaganda es una de las primeras cosas en las que piensa una autocracia, mientras que tal vez sea una de las herramientas que en última instancia considera una democracia.
Recientemente, en la cumbre de la OTAN del 7 y 8 de julio pasados en Ankara-Turquía, además del seguimiento y confirmación del compromiso de incremento comprometido (5% PIB) en gasto de defensa por los miembros, se enfatiza la necesidad de robustecer la industria y su flexibilidad tendiente al incremento de capacidades productivas estratégicas para el caso de un potencial conflicto, así como incrementar las capacidades de defensa en ciberguerras (incluida la modalidad cognitiva), entre otras (The Ankara Summit Declaration). También, este 16 de julio, en la cumbre convocada por USA en la que estuvieron presentes los representantes de alrededor de 60 naciones -México excluido-, se hicieron múltiples posicionamientos por distintos funcionarios del gobierno anfitrión en torno a la calificación del denominado “Terrorismo de Extrema Izquierda” siendo destacable la del Secretario Marco Rubio; y al cierre de día, el presidente Trump dio un discurso en el que refirió expresamente casos de hackeo, robo y compra de bases de datos atribuibles a China con fines electorales, y también, evidencias de manipulación informática de elecciones en Venezuela, ofreciendo acceso público a sendas carpetas de información consultable para corroborar lo anterior.
En el último caso aludido, esto sucede mediante el uso indebido o sustracción de información de los ciudadanos (carnets de identidad, datos personales, biométricos, etc.), y en general, con el posicionamiento de narrativas bajo la tesis de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda NAZI. Regresamos a la frase en cita y la importancia del lenguaje. Ejemplos facciosos de ello, hay varios y no es necesario salir del país para encontrarlos. Lamentablemente, aún gente preparada e ilustrada repite (y contribuye) constantemente con decir o escribir comandos de programación neurolingüística diseñados para generar polarización y separación en la sociedad, con expresiones como fifís y chairos, conservadores y progresistas, o la constante vulgarización de lo popular como subterfugio de los gobiernos autocráticos cuando se refieren a sus nacionales con el sustantivo colectivo e impersonal de pueblo; cuando tradicionalmente en las monarquías a estos habitantes se les llama súbditos (sustantivo en plural pero que implica sumisión) y el que personalmente prefiero, en las repúblicas democráticas, ciudadanos (individuos con derechos y obligaciones reconocidos por ley frente al gobierno electo). Finalmente, las preguntas son ¿estamos ya en un escenario de guerra cognitiva?, en su caso, ¿las amenazas son externas y/o internas? Probablemente, nos encontremos en un supuesto de nutrido fuego cruzado y paradójicamente, la mejor defensa que podemos esgrimir es el pensamiento crítico.
X: @LBartoliniE

