Buscar
Finanzas Personales

Lectura 5:00 min

¿Por qué la gente buena miente?

main image

Raúl Martínez Solares | Economía conductual

Raúl Martínez Solares

“Quiero pensar en mí mismo como una persona buena, honesta y maravillosa. Al mismo tiempo, quiero beneficiarme egoístamente de la deshonestidad. Resulta que se puede hacer un poco de trampa y, aun así, sentirse bien con uno mismo.” Dan Ariely, economista conductual.

Pareciera una discusión de carácter filosófico, pero, con base en la observación diaria de los fenómenos sociales, políticos y económicos del país, con frecuencia nos preguntamos: ¿por qué una persona que, en principio, sería catalogada como “buena” puede mentir e incurrir en prácticas deshonestas? 

Un estudio reciente, publicado en el Journal of Behavioral and Experimental Economics, de Konrad Kober, propone un modelo formal que ayuda a explicar un patrón que la economía del comportamiento documenta desde hace años: las personas mienten mucho menos de lo que convendría según su propio interés. Además, la misma persona puede ser honesta en un momento y deshonesta en otro, sin que haya cambios en los incentivos y desincentivos en caso de ser descubierta.

La evidencia experimental muestra que, en promedio, la gente aprovecha apenas una fracción de las oportunidades rentables para mentir cuando hacerlo no tiene costo y no existe la probabilidad de ser descubierto. Los estudios citados en el artículo estiman que las personas no aprovechan más de dos tercios de la ganancia potencial de su conducta deshonesta. Y esta conducta restringida no se explica con los modelos clásicos de costo-beneficio.

El artículo distingue dos variables que con frecuencia se confunden. Por un lado, la identidad moral (MI) es un rasgo relativamente estable en las personas y se refiere a qué tanto valora cada persona, en el fondo, la honestidad. Por otro lado, la denominada autoimagen moral (MSI) es un estado cambiante día a día que se ajusta según el equilibrio entre la deshonestidad y la honestidad de las propias acciones. La diferencia entre ambas, que el autor denomina “balance moral”, determina qué tan caro resulta, en términos psicológicos, mentir en cada momento.

Cuando la autoimagen moral de una persona supera a su identidad moral, se produce un “superávit moral” que reduce el costo de mentir y otorga una licencia moral para mentir o ser deshonesto. Cuando la autoimagen cae por debajo de la identidad, aparece un déficit que encarece psicológicamente mentir y nos empuja hacia la honestidad; a ello se le denomina limpieza moral.

El modelo que se desprende del artículo muestra que ambos patrones, la licencia moral y la limpieza moral, son la misma cuenta moral observada en momentos y en personas con “saldo inicial” distinto.

El modelo incorpora, además, la noción de que mentir erosiona el “balance moral” más de lo que decir la verdad lo recupera. Por ello, ni siquiera la persona más íntegra puede sostener una larga racha de mentiras, sin importar cuánto beneficio pueda extraer de ellas, porque cada mentira adicional encarece psicológicamente la siguiente.

La implicación práctica de estas conclusiones es relevante para el diseño de esquemas normativos, públicos o privados, destinados a propiciar el cumplimiento de las normas. En particular, los sistemas basados en la amenaza de sanción influyen en quienes calculan riesgo y beneficio, pero tienen un efecto limitado en las personas de mayor integridad, cuyo verdadero límite es interno. Asimismo, conviene destacar que el momento de mayor riesgo no es necesariamente el que sigue a un mal historial, sino el que sigue a un periodo de conducta ejemplar.

En México, donde el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional ubicó al país en el lugar 141 de 180 economías evaluadas, y donde la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2025 del INEGI documentó que la tasa de prevalencia de corrupción subió de 13,966 a 15,642 víctimas por cada 100 mil habitantes entre 2023 y 2025, y donde se estima que la corrupción tiene un costo asociado de 17,707 millones de pesos; este marco ofrece una lectura útil: los controles anticorrupción no deberían diseñarse solo para identificar a “los corruptos”, sino para entender en qué momentos del ciclo se concentra el mayor riesgo de deshonestidad. Esto es particularmente relevante en las áreas de mayor contacto con los ciudadanos, por ejemplo, en el contacto con las autoridades de seguridad pública, donde se concentró el 63,5% de las interacciones con corrupción documentadas por el INEGI.

La lección de fondo es que la honestidad no es un rasgo binario ni permanente, sino un equilibrio que varía según la historia moral reciente de cada persona. Diseñar instituciones que atiendan ese movimiento, y no solo el perfil de quienes las integran, es tan importante como fortalecer la vigilancia y el castigo para evitar la corrupción y la deshonestidad.

Temas relacionados

Raúl Martínez Solares

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete