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¿Qué es en realidad el síndrome de Estocolmo?

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
La frase está en todas partes. La leo en los encabezados cuando un rehén perdona a su captor, la escucho en una sobremesa cuando alguien quiere explicar por qué una amiga no deja a su pareja, aparece en un hilo que compara a los votantes con cautivos y en la reseña de una serie sobre un amor imposible. “Síndrome de Estocolmo”, dice todo el mundo, con mucha seguridad, pero también con mucha ignorancia.
Cada vez que la oigo siento la misma incomodidad, pues detrás de las etiquetas fáciles casi siempre se esconden historias complejas. El término se ha vuelto un comodín: sirve para nombrar un secuestro y un mal matrimonio, la lealtad a una empresa que explota y la defensa de un gobierno que abandona. En ese uso indiscriminado se pierde lo que más importa: lo que de verdad le ocurre a la mente y al cuerpo de alguien que aprende a querer aquello que lo lastima.
Los orígenes
El 23 de agosto de 1973, un hombre llamado Jan-Erik Olsson entró a robar el Kreditbanken, en la plaza Norrmalmstorg de Estocolmo, y terminó tomando como rehenes a cuatro empleados: tres mujeres y un hombre. Negoció que sacaran de la cárcel a un viejo cómplice para que lo acompañara y, durante seis días, los mantuvo encerrados en la bóveda del banco mientras Suecia entera seguía el drama por televisión. Lo desconcertante fue que, al salir, los rehenes defendieron a sus captores, se negaron a declarar en su contra y algunos siguieron en contacto con ellos durante años.
El criminólogo y psiquiatra Nils Bejerot, que asesoraba a la policía, fue quien bautizó aquella conducta. Primero la llamó “síndrome de Norrmalmstorg”, pero con el tiempo se convirtió en “síndrome de Estocolmo”. Un detalle que, a mí como psiquiatra, me parece crucial es que Bejerot nunca habló con las personas cuya mente estaba diagnosticando.
Un año más tarde, el término cruzó el Atlántico para explicar por qué Patty Hearst, una joven heredera secuestrada, había terminado colaborando con sus captores. Así, entre un asalto en Suecia y un juicio en Estados Unidos, nació una idea que medio siglo de cultura popular convertiría en casi incuestionable.
La voz que nadie escuchó
Una de aquellas rehenes de Norrmalmstorg, Kristin Enmark, décadas después seguía indignada de que llamaran síndrome a lo que para ella era simple sentido común. ¿Qué tenía de extraño temer a la policía —preguntaba— si estaba por todas partes, en los tejados y las esquinas, con cascos y armas, lista para disparar sobre la bóveda donde ella se encontraba? Enmark sostuvo siempre que su conducta fue calculada, no irracional: cooperó con los captores para seguir viva y criticó a las autoridades porque, en efecto, sus tácticas la ponían en peligro.
Con los años, varias voces expertas retomaron su reclamo. El psicólogo Allan Wade, que la entrevistó, argumenta que el “síndrome de Estocolmo” —y otros conceptos afines, como la “indefensión aprendida” o el “síndrome de la mujer maltratada”— desplazan la mirada de los hechos hacia supuestas patologías en la mente de la víctima, sobre todo cuando es mujer. La periodista Jess Hill lo describió como una categoría sin criterios diagnósticos claros y este síndrome no figura en el DSM ni en la Clasificación Internacional de Enfermedades.
No propongo borrar el término, sino usarlo con humildad. Quizá la pregunta que llevamos décadas haciendo —¿Por qué defiende a quien la daña?— está mal formulada. Una pregunta más útil sería: ¿Qué tuvo que hacer la víctima para mantenerse viva —física, emocional o económicamente— en un lugar donde tenía muy poco poder?
Cuando alguien vive bajo una amenaza sostenida, el sistema nervioso deja de priorizar la verdad o la justicia y se concentra en la supervivencia. Si la fuente del peligro es también la única fuente posible de protección, afecto o sustento, el cerebro intenta volver predecible al agresor. Aprende a leer sus estados de ánimo, qué decir y qué callar, qué lo calma. A veces, incluso, desarrolla cariño.
Los expertos en trauma llaman a esto de otras maneras —vínculo traumático, respuesta de apaciguamiento— y hoy lo entienden mejor que en 1973. Sabemos que ese lazo se teje, por ejemplo, con crueldad alternada con pequeños gestos de ternura, lo que inunda al cerebro de cortisol y oxitocina en oleadas, mientras la dopamina se dispara en las fases amables del ciclo. El resultado se parece de forma inquietante a una adicción, pues el cerebro asocia a la misma persona con el daño y con el alivio, y aprende a buscar en ella la calma que ella misma le arrebató.
El apego pesa todavía más. Para un niño, perder el vínculo con quien lo cuida puede sentirse tan amenazante como perder la vida. Por eso, muchos niños maltratados no concluyen: Mi madre o mi padre son peligrosos, sino algo mucho menos insoportable: El problema soy yo. Esa lógica puede acompañarnos hasta la vida adulta.
Esta conversación es también social, no solo psicológica, pues no todas las personas tienen la misma posibilidad de irse. Una mujer sin independencia económica, una persona migrante, alguien con una discapacidad o una persona expulsada de su familia por su identidad no enfrentan la violencia desde el mismo lugar.
Cuando dejar una relación significa perder la vivienda, el ingreso, el cuidado de los hijos o la red de apoyo entera, abandonarla deja de ser solo una decisión emocional. Y hay algo más sutil todavía, eso que Foucault llamaría el poder que no reprime, sino que produce formas de pensar. Frases como así son los hombres, todas las parejas pelean o el amor duele son discursos que vuelven habitable lo inhabitable. Me pregunto si ciertos sistemas no producirán adaptaciones parecidas: comunidades que justifican a quien las gobierna mal, trabajadores que defienden a quien los explota. Situaciones en las que romper el vínculo puede sentirse más peligroso que sostenerlo.
Reaprender a estar a salvo
Si el lazo se instala en el sistema nervioso, no basta con razonarlo. A nadie se le convence de dejar de amar a quien lo daña con un argumento lógico, del mismo modo que a nadie se le convence de salir de una adicción solo hablándole. El acompañamiento útil empieza por el cuerpo, por devolverle al sistema nervioso la sensación de seguridad antes de pedirle que entienda.
Las herramientas con mejor respaldo trabajan justo ahí. Me refiero a las terapias somáticas que reeducan al cuerpo, al EMDR para reprocesar la memoria traumática, al trabajo con las distintas “partes” internas de la persona y a la regulación emocional. También a reconstruir la corregulación, aprender de nuevo que existen vínculos donde la cercanía no cobra un precio. Reactivar, en suma, ese sistema de oxitocina que el trauma desafinó.
Es aquí donde la investigación con psicodélicos abre una ventana que a mí me conmueve especialmente. La terapia asistida con MDMA para el estrés postraumático todavía no está aprobada —la agencia reguladora estadounidense la rechazó en 2024 y pidió más estudios—, y conviene decirlo sin triunfalismos. Pero el trabajo de la neurocientífica Gül Dölen apunta a que los psicodélicos parecen reabrir el “periodo crítico” del aprendizaje de la recompensa social, esa ventana de plasticidad infantil en la que aprendimos, por primera vez, a confiar. Es aún investigación en modelos animales, pero su promesa dialoga con el centro de todo esto. Si el trauma nos enseñó a vincularnos con el peligro, sanar es, quizá, reabrir la posibilidad de reaprender el vínculo seguro.
No es que la víctima ame la violencia. Su sistema nervioso, su historia de apego y sus circunstancias aprendieron que sostener el lazo aumentaba las probabilidades de sobrevivir. No es una falla moral, ni ingenuidad, ni debilidad. Es una adaptación, una de las más inteligentes y más tristes que somos capaces de desarrollar. Y lo que se aprendió para sobrevivir, con tiempo, acompañamiento y seguridad, también puede desaprenderse.
Si algo de esto le resuena —en su historia o en la de alguien que quiere—, permítase mirarlo con la compasión que tantas veces le negamos a quien sobrevive. De eso, precisamente, trata el camino que exploro en mi libro Tu Viaje de Sanación Psicodélica: de volver a habitar el cuerpo y recuperar la propia voz después del daño.
Cuídense mucho.

