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¿Qué rayos quiere vendernos Google?

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Percibo cada vez más estorbosa la publicidad de Google. Cuando hago una búsqueda, suelo saltarme las primeras opciones porque sé que me llevan a resultados inútiles. Cuando caigo, primero me enojo y luego reviso: claro, está patrocinado.
Creí que cada vez debería entregar menos dinero a la empresa, pero por el contrario, su propietaria, Alphabet, reporta que sigue siendo su mejor negocio, con ventas que crecen 15 por ciento anualmente. En cualquier caso, ante potenciales fallas, en Google ya vieron el siguiente negocio: vendernos esclavos de nueva era.
La compañía publicó hace poco un informe elegante, lleno de renders abstractos y frases tranquilizadoras, para explicarnos el futuro del trabajo: AI Agent Trends 2026.
En teoría, es una guía para directivos. En la práctica, es un folleto bien diseñado sobre cómo acostumbrarnos a tener, cada uno, su propio “esclavo digital”. Seamos directivos o no.
Ellos no les llaman esclavos, claro. Les dicen agentes.
Según Google, un agente es un sistema que “entiende un objetivo, hace un plan y ejecuta acciones en distintas aplicaciones en tu nombre, bajo tu control”.
Dicho en limpio: software que ya no sólo responde, sino que actúa. Compra, contrata, cancela, redacta, analiza, cobra y paga. Sin cansarse, sin sindicato y sin aguinaldo. Día y noche.
El sueño húmedo del capitalismo tardío. Los ejemplos son casi pornográficos para un CFO:
Agentes que renegocian entregas y compensan clientes antes de que se enojen.
Agentes que procesan correos, contratos, facturas y regulaciones sin descanso.
Agentes que detectan ataques informáticos y responden en segundos.
Todo eso con supervisión humana mínima. Mínima.
El discurso: “los humanos seguirán decidiendo”. “El agente sólo asiste”. “Es para liberar tiempo creativo”. Claro.
También el Excel iba a liberar tiempo creativo. Y aquí estamos, respondiendo correos a las 11:47 de la noche.
Mi tono podría parecer crítico hacia Google, pero no va por ahí. Ojalá que la llegada de estos agentes les provoque más bien una sacudida a ustedes.
Ya saben que esta empresa no es la única que propone estos servicios. Este mes fue Anthropic, dirigida por Dario Amodei, la que cambió el juego con su Claude Code, que modificó la vida de los desarrolladores.
Obviamente Google tiene su Gemini Enterprise, que por sus características puede competir directamente con Microsoft Office, cuyo Copilot luce débil, y ahí es en donde empezamos a entender el terreno que pisamos.
¿Qué podemos hacer nosotros con estos agentes? En la práctica, cada quien va a averiguarlo, pero en un sentido más profundo podríamos convertir este momento en uno sublime.
Durante el Renacimiento, Europa vivió una paradoja profunda: el florecimiento de la ciencia, el arte, la ingeniería y el comercio, visible a través del descubrimiento de un nuevo “planeta” llamado América.
Paradójicamente, ese esfuerzo se apoyó en buena medida en una estructura económica que normalizaba la esclavitud y otras formas extremas de trabajo forzado.
Una minoría podía dedicarse a observar los cielos, diseccionar cuerpos, diseñar cúpulas o escribir tratados sobre la dignidad humana, mientras millones de personas —en las colonias— realizaban los trabajos más duros: minería, agricultura, construcción y servicio doméstico.
Ese trabajo financió talleres, universidades y expediciones, y permitió progresos en navegación que abrieron las rutas globales y el desarrollo de la banca moderna.
El resultado fue un avance sublime en términos técnicos y estéticos, pero construido sobre una base moralmente frágil: una civilización que proclamaba al ser humano como centro del universo mientras negaba la humanidad de otros.
¿Qué podemos aprender de la historia ante la oportunidad de que sea ahora un robot el que trabaje y resuelva millones de hojas de cálculo, nuestro nuevo trabajo “duro”? ¿Ahora sí vamos por la Luna y Marte?

