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Play ball!: cerveza en mano, el romance entre los aficionados al beisbol y la literatura es tórrido

Será por las pausas de los partidos, o quizá sea por lo inherentemente poético del juego, el beis nació para ser narrado en clave literaria. 

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Para Sandra y Carlos, por enamorarse de la pelota

Where have you been Joe DiMaggio?

Our nation turns its lonely eyes to you

-Simon and Garfunkel-

La primavera significa para los aficionados una sola cosa: el beisbol ha vuelto a la grama. Las Mayores ya llevan algunas semanas de temporada, pero nuestra Liga Mexicana de Beisbol apenas comienza. Arriba los muchachos de la pelota, de los Fantasmas grises de Monterrey o el Águila de Veracruz, a los Algodoneros de la Unión Laguna y los Tecos de los dos Laredos. La liga en la que coinciden Piratas y Conspiradores; Pericos y Tigres.

Pero sobre todo y siempre: los Diablos rojos del México. Fui este fin de semana a ver a los del México jugar contra los Piratas de Campeche. Un juego que parecía controlado por los rojos se decidió en extrainnings a favor de los Piratas. Así es esto.

Cada primavera en el diamante los jugadores hilan prosa fina, inclusive buena poesía. Un juego elegante: quien ve un doble play difícil, entiende por qué es un juego que se narra con la boca abierta. Un triple play, y el amor será inmediato. Máxima infatuación: un jonrón con hombres en base para dejar tendido en el campo al equipo rival. Otro lance bello: el jonrón-que-no-fue, ese batazo rudo que voló a los jardines pero que el jardinero atrapó tirándose a la pared. Quien diga que el beis es aburrido es que no ha visto nunca estos actos de santería.

También están los detalles de rutina—pequeños, como si fuera cualquier cosa fildear una pelota elevada para conseguir un out—, el tiro oportuno del campocorto a primera para sacar al primer enemigo, el out en jardín derecho que evita un extrabase, el pitcher tirando una curvita. Todo sucede en un mismo día, en un mismo partido. El beisbol, esa danza.

El juego es muy narrativo, muy de platicar el punto mientras se sostiene cerveza en una mano y torta de cochinita en la otra (o sushi porque en el Alfredo Harp Helú, estadio de los Diablos, ya cualquier lujo es posible). Quizá sea lo pausado de los partidos, la cadencia natural de un juego que sobre todo es defensivo, pero ningún otro deporte levanta tanta literatura. Sí, el futbol es apasionante; el americano provoca emociones vastas; el básquet y el hockey impresionan con su velocidad. Todos son deportes de alarido.

La pelota no. Requiere otro tipo de atención. Aunque los pasos de baile se repiten, la canción siempre es diferente. Como dijo Yogi Berra con esa frase convertida en lugar común: el juego no se acaba hasta que se acaba. Tu equipo puede ir ganando en la novena y de pronto el ritmo cambia y se ve rebasado; lo que parecía tan seguro es arrebatado sin miramientos. En ningún deporte una sola jugada puede significar pasar de una ventaja de cuatro a ser superada por cinco en la última jugada. Las grandes tragedias, decía el Mago Septién, suceden faltando un out. Todavía más: faltando un strike. La commedia è finita, como canta Pepe Segarra al final de cada partido. Se cierra el teatro pelotero.

Como dice Nicholas Dawidoff en la introducción de su antología literaria que recoge todo tipo de textos sobre el juego, desde periodismo hasta poesía, el beisbol es un deporte que privilegia el ingenio más que la fuerza bruta. Si bien se necesitan hits para ganar, la gran estrella del partido es el pitcher con su repertorio de lanzamientos y su picardía para engañar al hombre en la caja de bateo: como dicen los expertos, un juego eminentemente defensivo. Es el lanzador quien mantiene la casa en orden y deja el juego para que sus compañeros lo ganen aunque sea con un hit. Ningún hombre está tan solo como ese parado en la lomita de las responsabilidades.

Más emocionante todavía cuando el pitchers tira una joyita rara como una perla negra: el juego sin hit ni carrera. Cuando se da, público y jugadores entran en una especie de trance. Nadie respira por miedo a romper la magia. Sí, magia: el juego está lleno de adagios y cábalas; un modo de controlar lo incontrolable. En el beis hay reglas para todo, pero los imponderables suceden siempre. Cada vez que quiero acercar a alguien al juego, le explico lo siguiente: en la vida existen dos conjuntos de reglas, las de la vida y las del beisbol. Ambos conjuntos rara vez se intersectan. El juego es más inesperado que la vida misma.

En el beis hay héroes y villanos, como en un buen cuento que nos regresa la infancia. Para mí, que soy Yankee de corazón y tripa, mi villano favorito es Pedro Martínez, pitcher de los Medias Rojas de Boston que usualmente les ganaba a los del Bronx y que fue el arquitecto de la tragedia de mi equipo en la Serie Campeonato de 2004–temporada en la que Boston acabó llevándose la Serie Mundial después de una sequía de casi un siglo (véase la Maldición del Bambino).

Mis héroes, dos: Bernie Willams, elegante jardinero central de los Yankees de los años noventa y parte fundamental de la Dinastía que le dio cuatro Series Mundiales al equipo. Y el segundo, el amado por toda la afición yankee, el mejor cerrador de la historia, con el número 42 en el dorso y que no necesita más fanfarria que repetir su nombre: Mariano Rivera, el mejor pitcher que ha pisado lomita alguna para terminar un juego, cuidar la ventaja o darle una oportunidad de remontar a sus compañeros. Quien vio jugar a Mariano no lo olvida. Enter night, exit light, como canta Metallica en la canción que siempre acompañaba su salto al diamante.

Entre los héroes yankees también están las leyendas de otras épocas: Roger Maris, Mickey Mantle, Dan Larsen (quien pitcheo el único juego perfecto en la historia de la Serie Mundial), Lou Gehrig y Joe DiMaggio. Entre ellos en su absoluta sobriedad y calma, DiMaggio se lleva las palmas. Esa armadura guardaba un alma lo suficientemente atormentada como para enamorarse de Marilyn Monroe y casarse con ella. El matrimonio fue breve y rápido como una bola recta, pero se dice que antes de la muerte de Monroe la pareja pensó en volverse a casar.

En funeral de Monroe, DiMaggio actuó como marido y les vetó la entrada a varias celebridades—entre ellos ni más ni menos que Frank Sinatra—porque para el exbeisbolista ellos tuvieron en buena medida responsabilidad del suicidio de su amada. DiMaggio la amó tanto, tantísimo, que se aseguró que siempre hubiera flores frescas en su tumba.

Todos estos detalles y otros—como que DiMaggio guardaba la mitad de su ropa en el clóset de un bar en San Francisco, su ciudad natal—los narra Gay Talese en su perfil de la leyenda yankee publicado en Esquire a finales de los sesenta. “The silent season of a hero” es una pieza del Nuevo Periodismo que, como en todo ese género, tiene sus asegunes. Talese comienza insertándose en la historia como un hombre anónimo que persigue a DiMaggio para pedirle el tiempo y las entrevistas que necesita para su texto. Alérgico a la atención mediática, DiMaggio se niega a atenderlo hasta que por fin acepta y el reportero lo sigue algunos días. Talese se toma sus libertades: se mete en la cabeza del sujeto y propone teorías de lo que piensa y siente. ¿Cómo sabe Talese que DiMaggio veía a una rubiecita desde la ventana de su restaurante? ¿Será realidad que el héroe vio a una pelirroja en una gasolinera y le gustó? Misterios que Talese solventa con más literatura que periodismo.

DiMaggio es tan importante en el imaginario estadounidense que dos canciones icónicas lo mencionan: “Mrs Robinson” de Simon y Garfunkel y “Vogue” de Madonna. Esos ojos solitarios con los que una nación lo mira no son otros que los de un país que se siente en desgracia sin sus héroes populares. Estados Unidos es una tierra de celebridades, si el hijo de un pescador siciliano pudo convertirse en la estrella, quién dice que en el próximo migrante no está el salvador de un equipo de capa caída. En este juego todo es posible.

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