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Invertir en combustibles fósiles es un riesgo fiduciario
La guerra de Irán ha recordado a todos, pero especialmente a los africanos, la inestabilidad estructural de los precios de los combustibles fósiles. Para los fideicomisarios, directores, gestores de activos y otros fiduciarios africanos, la cuestión no es si el capital debe reajustarse, sino si las instituciones actuarán antes de que los acontecimientos las obliguen a hacerlo.

Petróleo.
CIUDAD DEL CABO—Las repercusiones mundiales de la guerra en Irán son una nueva prueba de que invertir en combustibles fósiles no es una mera exposición a los mercados de commodities sino también un riesgo geopolítico. Los precios del gas y del petróleo siempre han sido estructuralmente inestables, de modo que una interrupción del suministro en cualquier lugar puede generar de un momento a otro alteraciones económicas en todas partes. Y por el lugar central que ocupa el petróleo en el sistema energético mundial, la volatilidad se extiende enseguida a todo el sistema financiero.
Las consecuencias son particularmente graves para las economías africanas, cuyas monedas sufren presión cada vez que se disparan los precios del petróleo. Cada dólar adicional por barril aumenta los costos de importación y agrava la estrechez de divisas. El rand sudafricano, los chelines de África Oriental y muchas otras monedas del continente se llevan la peor parte.
Esta misma dinámica pone de manifiesto un problema más profundo para bancos e inversores institucionales. Aunque es común presentar la financiación de los combustibles fósiles como un modo de apoyar la seguridad energética o el desarrollo económico, suele producir el efecto contrario, ya que afianza la dependencia respecto de un commodity global volátil, cuyo precio responde a conflictos a miles de kilómetros de distancia.
Esto tiene amplias implicaciones para las entidades con responsabilidades fiduciarias. Los síndicos, los miembros de juntas directivas y los gestores de activos deben velar por los intereses de sus beneficiarios, gestionar los riesgos con prudencia y proteger el valor a largo plazo; en la práctica, esto implica componer carteras que puedan resistir perturbaciones geopolíticas y cambios económicos estructurales.
La exposición a los combustibles fósiles es cada vez más incompatible con esta obligación. La volatilidad vista durante esta última crisis no es una anomalía, sino un rasgo estructural del sistema de los combustibles fósiles. Los precios del petróleo responden de inmediato a tensiones geopolíticas, sanciones, problemas en el transporte marítimo y episodios de inestabilidad política. Un inversor que confía en mercados energéticos estables está apostando a que nada interrumpa la calma geopolítica; eso no es una estrategia de inversión responsable ni sostenible.
El conflicto con Irán pone de relieve otro riesgo cada vez mayor: activos «inmovilizados», que pierden su valor prematuramente. Aunque muchos inversores lo consideran un problema que tal vez surja en algunas décadas al avanzar la transición energética, los acontecimientos recientes sugieren que el riesgo puede materializarse mucho antes. El súbito encarecimiento del petróleo a principios de marzo llevó a que muchas economías africanas no pudieran importarlo. Hubo un enorme aumento de costos de la energía, las empresas de servicios públicos se vieron en dificultades para pagar a sus proveedores, y los gobiernos enfrentaron una presión fiscal creciente. En estas condiciones, la infraestructura de combustibles fósiles puede perder viabilidad económica mucho antes del final de su vida útil prevista. Si los compradores no pueden pagar por el combustible, el activo deja de generar rendimientos fiables ya mismo, no en veinte años.
Un problema de inmovilización relacionado alcanza a los activos financieros. Muchos grandes bancos africanos (entre ellos Standard Bank Group, Nedbank Group y FirstRand Limited) ya introdujeron límites a la exposición al carbón y al petróleo en 2026. Conforme se endurezcan las regulaciones climáticas y las políticas de otorgamiento de préstamos, los inversores que entren en nuevos proyectos de combustibles fósiles podrían quedar atrapados, en posesión de activos ilíquidos que nadie querrá. De hecho, según Africa Energy Risk Signals, las inversiones en combustibles fósiles en África ya se redujeron a menos de la mitad en el último decenio.
Estas presiones acompañan cambios jurídicos más amplios. En todo el mundo, las instituciones financieras enfrentan un creciente escrutinio de sus riesgos climáticos y deberes fiduciarios. Son cada vez más frecuentes las resoluciones de accionistas contrarias a la financiación de combustibles fósiles, y la judicialización de disputas relacionadas con el clima está en aumento. Las autoridades regulatorias ahora esperan información detallada sobre los riesgos financieros relacionados con el clima.
En este contexto, seguir como si nada pasara tiene cada vez menos de estrategia y cada vez más de negligencia. Hoy el deber fiduciario exige a las instituciones financieras tener en cuenta no solo los rendimientos actuales, sino también los riesgos estructurales implícitos en la transición energética global. ¿Están cumpliendo sus deberes fiduciarios los miembros de juntas directivas, síndicos y gestores que ignoran estos riesgos?
Por supuesto, un elemento central de la responsabilidad fiduciaria es la transparencia: los inversores no pueden gestionar riesgos no admitidos. Pero todavía hay falencias en la publicación de información, y sin una comprensión detallada de su exposición a los combustibles fósiles, las instituciones financieras no pueden hacer una correcta evaluación de los riesgos que esos activos suponen para sus balances.
Aun así, el mero hecho de contar con información tampoco es suficiente: el deber fiduciario también exige a los inversores actuar según la información de la que disponen. Si los datos muestran que la volatilidad de los combustibles fósiles desestabiliza las monedas y las carteras a largo plazo, mantener una alta exposición a esos activos se torna incompatible con la gestión prudente, y se hace necesaria una reasignación estratégica de fondos hacia alternativas más resilientes y sostenibles.
Los activos basados en las energías renovables tienen todas las características que necesitan los inversores a largo plazo. Los proyectos de energía solar y eólica operan con estructuras de costos predecibles; una vez construidos, no los afecta la volatilidad en los mercados mundiales de commodities. El uso de acuerdos de compra de energía a largo plazo puede dotarlos de flujos de caja estables y fiables. Y los beneficios para las economías africanas son incluso mayores, porque la expansión de las energías renovables reduce la dependencia de combustibles fósiles importados que se cotizan en dólares. La generación local de electricidad apuntala la seguridad energética y protege las monedas de los países contra perturbaciones mundiales en los precios del petróleo.
En este sentido, invertir en energías renovables es a la vez una estrategia de infraestructura y una cobertura financiera. No es una «alternativa», sino una creciente fuente de la estabilidad que necesitan las carteras institucionales. El riesgo y la incertidumbre de apostar a alternativas está en los combustibles fósiles.
Las instituciones financieras africanas están en una encrucijada estratégica: pueden seguir defendiendo su exposición a los combustibles fósiles, arriesgándose al hacerlo a incumplir su deber fiduciario, o pueden acelerar la reasignación de capital hacia sistemas energéticos que fortalezcan la resiliencia económica y brinden rendimientos a largo plazo más predecibles.
La elección es obvia. Los bancos e inversores institucionales africanos deben acelerar la financiación de proyectos de energía renovable, de infraestructuras de transmisión y red y de mercados de energía distribuidos que amplíen el acceso a la electricidad y al mismo tiempo reduzcan la dependencia de combustibles importados. Esas inversiones serán compatibles con los intereses de sus beneficiarios, alinearán las carteras con las necesidades de infraestructura a largo plazo del continente y reducirán la exposición a perturbaciones de los mercados de energía derivadas de factores geopolíticos.
El conflicto en curso no es sino un último recordatorio de que la turbulencia del sistema de combustibles fósiles no es un inconveniente cíclico sino una característica estructural. Un componente esencial del deber fiduciario es distinguir entre riesgos manejables y riesgos inaceptables, y esa distinción ya es ineludible para las inversiones en combustibles fósiles. La pregunta ya no es si el capital africano debe reposicionarse, sino si las instituciones actuarán antes de que los acontecimientos las obliguen.
La Autora:
Nicole Martens es directora ejecutiva de Just Share.
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