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Opinión

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El hielo del infierno

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Foto: Especial

Cecilia Kühne

“Todos los otros que tú ves aquí, sembradores de escándalo y de cisma, vivos fueron, y así son desgarrados. Hay detrás un demonio que nos abre, tan crudamente al tajo de la espada, cada cual en esta fila sometido.”

Tales palabras escribió el poeta Dante Alighieri, hace más de siete siglos, en La Divina Comedia, quizá la obra más importante de la literatura universal. ¨Más no se asuste usted, lector querido: no despertó este lunes otra vez en secundaria, a punto de confesar que no leyó el libro, ni hizo la tarea, pues aquí nadie está visibilizando generadores de violencia, ni hablando de crímenes, amenazas o revanchas. Hoy, se trata de redescubrir un libro y celebrar el nacimiento de un autor que, transformó la historia de la lengua y el lenguaje, sigue siendo un espejo que refleja al mundo y resulta fundamental en la transición del pensamiento medieval al renacentista.

Nacido en Florencia, Italia, no se sabe si el 21 o el 29 de mayo de 1265; tuvo como nombre de bautismo Durante di Alighiero degli Alighieri y fue hijo del primer matrimonio del comerciante y prestamista Bellincione d'Alighiero con Gabriella Abat. La posición desahogada de su familia le permitió una buena educación, espacio para la lectura, tiempo para componer una ideología política y literaria, dedicarse a escribir y al activismo. Sepa usted, lector querido, que Dante tiene mucho que ver en la incorporación de las lenguas romances a las estrecheces del latín y cambió, para el mundo, la historia del lenguaje y  la palabra. Además, muy  joven se involucró activamente en la lucha política que enfrentó a los güelfos contra los gibelinos, fue miembro del Consejo de la Capitanía del Pueblo, parte del Consejo de los Ciento —el parlamento ciudadano— hasta que fue aprehendido, condenado a un exilio de dos años y obligado a no intervenir, de por vida, en los asuntos públicos florentinos.

Sin embargo, ya estaba tocado irremediablemente por la poesía, atrapado por las palabras, iluminado por el amor y fascinado por el conocimiento. Por ello, aprendería, tanto los secretos de la retórica latina, como los placeres del estilo de su propia lengua. Desarrolló una poética desenfadada y magnífica y escribió textos como “Il fiore; maravillas como la “Vita Nuova” —donde combinando verso y prosa, relató  la historia de Beatriz, el amor de su vida—; “Monarquía”, una suerte de rudo ensayo político; y “De vulgari eloquentia”, sobre la llamada “lengua vulgar”, asestando los golpes decisivos que transformarían al latín en una “lengua muerta”. Todos ellos coronados por la “Divina Comedia” (que no, no tiene nada que ver con morirse de la risa).

En esta narración alegórica se describe el imaginario viaje del poeta a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso,  y con fina matemática, explora hasta sus últimas consecuencias, el simbolismo del número tres. Compuesta por 14,233 versos endecasílabos, está dividida en tres partes, cada una de ellas con 33 cantos, que, sumados a un primer canto inicial, forman un total de cien. Está narrada en primera persona y sus primeras palabras dicen así:

“A mitad del camino de la vida, me hallé perdido en una selva oscura porque me extravié del buen camino”.

Después, comienza el viaje. Primeramente, a los reinos de ultratumba, donde está acompañado por Virgilio —su poeta latino favorito— y donde Dante cuenta cómo ambos recorren el Averno. Después, el ascenso hasta la montaña del Purgatorio y, finalmente, la llegada a las puertas del Paraíso, donde Virgilio dará paso a la bienaventurada Beatriz y contemplan la verdadera luz.

Mejor que cualquier otra obra que relate un  viaje de ascensión, caída y vuelo, La Divina Comedia convierte en certeza todo simbolismo e impacta fuertemente con su descripción de cómo la sombra de los condenados oscurece la luz de las llamas de los nueve círculos del infierno; cada uno reservado para distintos tipos de ofensas, faltas y pecados. Los clasifica: mucho más negra la avaricia que la gula, menor escarmiento a los no bautizados que a los herejes, perezosos y lujuriosos; especiales castigos para el fraude y la violencia. Terror total en el Noveno círculo, “el más profundo y terrible”, pues está reservado para los traidores. Allí están, todos ellos, en un lago de hielo. Cada uno a diferentes profundidades según la diversidad de sus traiciones, y en el centro Lucifer, congelado en una gélida maldad que no se derretirá nunca.

Con una cierta admonición para no retroceder y nunca perder el camino, Dante  nos concede, al final del recorrido, el consuelo de llegar al tan anhelado Paraíso y regañándonos nos presume:

“¡Oh insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la tierra con vuestras alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los aforismos de la medicina; y éstos seguían el sacerdocio, y aquéllos se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer en su derecho por medio de sofismas. Yo, libre de todas esas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo, ¡donde tan gloriosamente fui acogido!”

Sin embargo, lector querido, nos regala una lección final: que también hay hielo en el infierno.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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