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Opinión

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El fantasma de la competitividad europea

Últimamente, las peticiones para que los líderes europeos protejan la industria nacional de la competencia china, que recibe subsidios “injustos”, se han intensificado. Sin embargo, si bien los aranceles podrían ofrecer un alivio temporal a algunos sectores, no pueden restaurar el liderazgo tecnológico, el dinamismo industrial ni la competitividad exportadora de Europa.

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BRUSELAS—China ocupa un lugar destacado en los debates sobre política comercial en todas partes, pero las preocupaciones concretas varían. Mientras que Estados Unidos lleva mucho tiempo considerando a China como un destructor de la industria estadounidense y un rival geopolítico cuyo ascenso debe contenerse, Europa se ha mostrado más preocupada por las implicancias para la seguridad nacional del dominio chino en algunos sectores estratégicos, como los minerales de tierras raras. Sin embargo, recientemente, los responsables de las políticas europeos han comenzado a expresarse de forma más similar a sus homólogos estadounidenses, argumentando que el aumento de las importaciones chinas amenaza a la industria nacional.

Si bien el dominio de China en sectores como el de las tierras raras siempre tuvo implicancias estratégicas para Europa, no significaba gran cosa para el empleo o la producción europeos. Y las presiones competitivas que las empresas de la Unión Europea sí sentían por parte de China se veían compensadas, en gran medida, por la sólida presencia de la industria europea en el propio territorio chino.

Esto ahora está cambiando. A las empresas europeas les resulta cada vez más difícil competir en el mercado chino, a pesar de que hayan hecho importantes inversiones allí, mientras que las exportaciones chinas a Europa están en aumento. El déficit comercial bilateral de la UE con China alcanzó casi 360,000 millones de euros (419,000 millones de dólares) el año pasado -casi el doble que el de Estados Unidos-, lo que afecta a muchas de las industrias clave de Europa, como la automotriz.

Los exportadores chinos se ven respaldados por gigantescos subsidios gubernamentales y políticas centradas en garantizar el dominio en las industrias de alta tecnología, lo que agrava la frustración de Europa. Ahora, los llamamientos a los líderes europeos para que protejan la industria nacional de la competencia china son cada vez más fuertes, y hasta figuras que han criticado los aranceles del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, abogan por que Europa responda a los subsidios “desleales” de China con sus propios gravámenes.

Es un argumento políticamente potente, pero no se basa en una economía sólida. La equidad no es un factor en una política económica racional. Lo que importa es si una acción determinada -como introducir aranceles o incluso ignorar las normas de la Organización Mundial del Comercio (porque “otros lo están haciendo”)- reportaría beneficios netos a la economía. Y, en este caso, la respuesta es no.

Podría parecer obvio que imponer un arancel a las importaciones procedentes de China le daría a la industria europea una ventaja frente a su competidor más fuerte. Pero esta protección tiene un costo elevado. Para empezar, los insumos intermedios representan más del 40% del total de las importaciones de la UE procedentes de China, lo que significa que los aranceles aumentarían los costos de producción en toda la economía europea. Un arancel sobre las baterías, por ejemplo, supondría una carga considerable para los fabricantes de vehículos eléctricos a batería, poniendo en peligro el amplio superávit comercial de la UE en el sector.

Este superávit es importante. Las advertencias de que las importaciones chinas suponen una amenaza para los fabricantes de automóviles europeos suelen centrarse en el número de vehículos chinos que entran en Europa, señalando que los autos fabricados en China representan ahora el 7% de las ventas de automóviles en la UE. Pero casi el 40% de la producción total de automóviles de la UE se destina a la exportación, y el valor unitario de las exportaciones de autos europeas es el doble que el de las importaciones procedentes de China. Esto implica que los mercados de exportación pueden representar hasta la mitad del valor de la producción.

Para la industria automovilística, al igual que para muchas otras, el éxito en los mercados de exportación es necesario no solo para sobrevivir, sino también para mantener el liderazgo tecnológico. Por ahora, Europa suele exportar productos diferenciados de alta gama, que no son intercambiables con las importaciones que ofrece China. Pero la ventaja de Europa en este frente se está erosionando vertiginosamente, en tanto los productores chinos van mejorando la calidad.

No está nada claro que los aranceles preserven la competitividad europea frente a las exportaciones chinas, que pueden competir en los mercados globales en materia de precios, estándares e innovación. De hecho, datos recientes demuestran que el problema clave para Europa no es tanto el aumento de las importaciones, sino la debilidad de las exportaciones fuera de la UE, que han estado disminuyendo durante cuatro trimestres consecutivos (hasta el primer trimestre de este año).

Los aranceles podrían ofrecerles un respiro temporal a algunos sectores, pero no pueden restaurar el liderazgo tecnológico, el dinamismo industrial ni la competitividad exportadora. La experiencia reciente en Estados Unidos refuerza esta idea: si bien las exportaciones chinas a Estados Unidos han disminuido, este redireccionamiento de los flujos comerciales no estuvo acompañado de un renacimiento industrial estadounidense. La producción, por el contrario, se traslada a terceros países, mientras que el aumento de los costos de los insumos perjudica a las industrias de transformación.

Hoy en día, el desafío para Europa no es protegerse de las exportaciones chinas, sino seguir siendo competitiva a pesar de ellas. Para ello, debería aumentar la inversión en innovación, buscar una mayor integración del mercado único, trabajar para reducir los costos energéticos y aplicar políticas que fortalezcan su capacidad para competir a nivel global.

Cuando China plantea riesgos reales para la seguridad -como a través de su dominio en minerales críticos u otros productos de importancia estratégica-, medidas específicas como el almacenamiento, la diversificación de la cadena de suministro y la ampliación de las reservas estratégicas están justificadas. Pero se trata de excepciones. Para la mayor parte de la industria europea, el éxito no dependerá de impedir que entren los productos chinos, sino de garantizar que los productos europeos sigan teniendo demanda a nivel global.

El autor

Daniel Gros es director del Instituto de Política Europea de la Universidad Bocconi.

Copyright: Project Syndicate, 1995 - 2026

www.project-syndicate.org

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