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Opinión

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Distractores de la memoria

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Mariano Espinosa Rafful | Siempre hay otros

Mariano Espinosa Rafful

Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario. Arthur Schopenhauer

Es innegable que nos distraemos en el tiempo, que no consideramos, para dar respuestas a interrogantes de juventud, en esa retrospectiva del análisis, desde una caída simple, literal, hasta una recomendación médica pasada por alto; eso somos.

Porque no siempre estamos para salir del confort en el día a día, donde en la mayoría de los casos no proponemos, nos imponen reglas, normas de urbanidad y hasta decisiones en la arbitrariedad de quienes se sienten superiores.

Pero seguimos en la inercia a favor del viento, donde frío cala, la lluvia intensa nos despierta de ese supuesto letargo llamado pausa y hasta tregua, el granizo y la calamidad también reaparecen en esa naturaleza de la calamidad que son parte del destino, injustificable, por cierto.

Alimentamos egoísmos por doquier, la queja como alternativa para salir al paso, en ese embrujo seductor de una democracia imperfecta, con presiones que nos arrinconan en el estrés, la ansiedad y donde hasta los pensamientos en fuga se alternan.

Somos lo que vemos en el espejo cada amanecer, ni más ni menos, pero nos estrellamos sin ver, en esos cristales en las sombras, como pájaros sin rumbo sin propósito, ante la realidad de esa magia de la política ficción y la notoriedad absurda.

Seguimos en la reflexión o continuamos en ella, las labores de la rutina sin vagancia, nos queda menos tiempo desde la angustia de sabernos vulnerables, cambiar el rumbo es tanto como aceptar que no somos los mismos de antes.

Y es que se nos gastó marzo y estamos igual o peor que en los escenarios de octubre después de un notable corte, donde un decreto no marca diferencia y si distancia, una fotografía en un balcón ene le ridículo de saber quien era la de las piernas largas, sin importarnos la guerra, los precios, inseguridad y futuro inmediato de un país en la fatalidad de los distractores de la memoria. 

Tenemos obligaciones de educar como nos educaron desde pequeños, pero la rebeldía no nos permite mandar como antaño, la obediencia no es por ser mayor, sino en la conveniencia de esas convivencias esquivas y hasta respetables.

La soledad no es mala consejera, nos impone hacer esfuerzos para buscar salidas a problemáticas expuestas, como un cuento corto, que se queda corto y esperábamos más, las metas son interrumpidas por los egoísmos y egocentrismos del vecino incómodo, que no acepta que para salir adelante se requiere cambiar de opinión. 

Lo mismo sucede en casa que en lo profesional, ponderar ponerse de acuerdo, sin privilegios ver capacidades y oportunidades, en ese simplismo de lo creíble, lo posible y lo alternativo.

La mediocridad ronda el mundo globalizado, no hay liderazgos a la vista ni en América ni en Africa, ni Luther King ni Mandela, menos en México, en esa comodidad de repetir lo increíble, lo innegable, para después aceptar que la información fue errónea, en la displicencia de perder el tiempo.

No hay emergencia que no tengan relación con la salud y la educación, la primera no existe sin la segunda y viceversa. Estamos a nada del cuarto mes del año, donde todo es posible, hasta la eutanasia en la juventud vulnerada. 

ENTRE LÍNEAS

Los números son fríos y no tersos, la carestía de la vida rutinaria es evidente, más allá de las ideas y las creencias, quedarse en casa es una buena razón cuando es insuficiente el ingreso contra el gasto.

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