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Desnudo mexicano antiguo, pastor joven con guaje. Daniel Lezama

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
Este óleo sobre lino de Daniel Lezama, realizado en 2025, me remite inmediatamente a la figura del Buen Pastor, una de las representaciones más antiguas de Cristo. En la tradición cristiana, Jesús es quien guía, protege y cuida a su rebaño, una metáfora de la humanidad. Aquí no vemos una representación convencional ni devocional, pero los elementos están presentes: las ovejas, el cayado, la mirada frontal y una presencia que parece cargada de simbolismo.
Desde hace décadas, Lezama ha construido una de las iconografías más reconocibles de la pintura mexicana contemporánea. Sus personajes habitan un territorio donde conviven historia, mito, religión, identidad y memoria colectiva. Más que ilustrar relatos, sus pinturas parecen reescribirlos desde una perspectiva profundamente mexicana.
La luz que emerge detrás de la cabeza del personaje funciona casi como un halo. Incluso el sombrero de palma prolonga ese efecto, creando una suerte de aureola terrenal. No parece una iluminación cualquiera; sugiere una conexión entre lo humano y lo divino, entre la experiencia cotidiana y algo que la trasciende.
La roca sobre la que está sentado activa también ciertas resonancias religiosas. En la tradición cristiana, la piedra suele asociarse con la firmeza, el fundamento y la permanencia. Del mismo modo, la figura aparece asentada en el paisaje con una estabilidad casi monumental, como si formara parte de él.
La desnudez tampoco parece gratuita. Aunque el cuerpo está completamente expuesto, no se percibe como provocación ni como espectáculo. Hay vulnerabilidad, pero también dignidad. El cuerpo aparece como una verdad humana antes que como un recurso narrativo. En ese sentido, la pintura continúa una preocupación constante en la obra de Lezama: convertir el cuerpo en un territorio donde se cruzan historia, identidad y simbolismo.

Foto:
El guaje que cuelga de su pecho añade otra capa de significado.
Tradicionalmente utilizado para transportar agua o pulque, puede evocar también el vino de la tradición cristiana. No como una cita explícita, sino como una resonancia visual que amplía las posibles lecturas de la obra.
Algo similar ocurre con el bastón bifurcado en forma de Y. Puede ser simplemente un cayado de pastor, pero también sugiere la imagen de caminos que se separan, de decisiones y destinos posibles. Como sucede con muchos de los elementos en la pintura de Lezama, su potencia radica precisamente en no agotarse en una sola interpretación.
Lo que más me interesa es cómo el artista parece apropiarse de un lenguaje visual asociado durante siglos a lo sagrado para ponerlo al servicio de una realidad profundamente mexicana. No se trata de trasladar símbolos cristianos a otro contexto, sino de utilizar su fuerza simbólica para conferir una dimensión trascendente a personajes que pertenecen al mundo cotidiano.
El protagonista de esta obra no parece un santo idealizado ni una figura celestial. Parece alguien real, tangible, incluso común. Sin embargo, es representado con una monumentalidad y una dignidad que recuerdan a las grandes figuras de la tradición religiosa.
En Lezama, lo sagrado no desciende del cielo: emerge del cuerpo, de la tierra, de la memoria y de la identidad mexicana.
Más que representar a Jesús, la obra dialoga con él. Toma elementos asociados al Buen Pastor para construir una figura situada entre lo terrenal y lo trascendente. Y ahí reside su fuerza: en recordarnos que lo sagrado puede encontrarse no sólo en los relatos religiosos, sino también en la experiencia humana más cotidiana.
Veo, pienso, adivino… o igual y sé… cualquier cosa ya le preguntaré a Daniel…
"Desnudo mexicano antiguo, pastor joven con guaje" forma parte de la exposición Profundo México, presentada en Galería Hilario Galguera, que reúne obras de Daniel Lezama y Gilberto Aceves Navarro. A través de más de treinta pinturas, acuarelas y esculturas, la muestra propone una reflexión sobre la identidad mexicana desde el mito, la memoria y el territorio, estableciendo un diálogo entre dos de las voces más singulares del arte mexicano contemporáneo. Permanecerá abierta hasta el 31 de julio.

