Lectura 4:00 min
El cuerpo femenino no es un diagnóstico

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
El viernes pasado nos sentamos como tribu. Convocó una médica, pero no había consultorio, ni expediente clínico, ni diagnósticos. Había tambores, manos tibias, mujeres de distintas edades mirándose con una mezcla de curiosidad y alivio.
Lo llamamos Círculo de Fuego: El Despertar Femenino.
Y mientras hablábamos, algo se hizo evidente: muchas crecimos creyendo que nuestro cuerpo era un problema a corregir. Desde la adolescencia, cuando la menstruación se vive como una falla que hay que regular; en los treinta, cuando cualquier cambio emocional se traduce en la sospecha de estar “desajustada”; en los cuarenta, cuando aparece la frase “ya no soy la misma” como si la transformación fuera patología; en los cincuenta, cuando la menopausia se narra como antesala de la invisibilidad. Y después de los setenta, el silencio.
En el círculo hablamos de las etapas de la mujer como lo que son: transiciones, cambios biológicos profundamente inteligentes. Reorganizaciones hormonales y emocionales que forman parte de un diseño cíclico, no defectuoso.
Hablamos de nutrición funcional, de descanso, de sistema nervioso, de comunidad. De herramientas integrativas que ayudan a atravesar estos ciclos sin convertirlos en enfermedad.
Meditamos juntas, acompañadas de tambores, recordando que antes de los manuales diagnósticos hubo tribu; que antes de la vergüenza hubo ritual; que antes del silencio hubo comunidad femenina.
Fue un encuentro íntimo, pero también político. Porque cuando una mujer entiende su cuerpo, deja de tener miedo. Y cuando deja de tener miedo, ya no es manipulable.
Durante décadas, la investigación médica se hizo principalmente en hombres. El cuerpo masculino fue el estándar; el femenino, demasiado complejo. Demasiado hormonal. Demasiado variable.
Esto tuvo consecuencias clínicas serias. Investigadoras como Caroline Criado-Perez han documentado cómo el mundo, incluida la ciencia, se construyó ignorando los datos femeninos. Y médicas como Alyson McGregor han mostrado cómo ese sesgo impacta en los diagnósticos y los tratamientos.
No es casualidad que la endometriosis tarde años en diagnosticarse.
No es casualidad que el dolor menstrual se minimice.
No es casualidad que tantas mujeres hayan escuchado alguna vez: “Es normal, aguántate”.
Tampoco es casualidad que la industria del antienvejecimiento femenino sea multimillonaria.
En algún punto, la menstruación se convirtió en algo que había que ocultar; la perimenopausia, en algo que había que corregir; la menopausia, en algo que había que combatir. El envejecimiento, en algo que había que disimular.
Y así, poco a poco, procesos biológicos normales se transformaron en grandes oportunidades de mercado.
No se trata de rechazar la medicina. Sería absurdo. La terapia hormonal, cuando está bien indicada, cambia vidas. Los antidepresivos salvan vidas. La intervención médica oportuna es invaluable.
Pero hay una diferencia sustancial entre atender un dolor real y convertir cada transición femenina en una falla que necesita ser corregida.
Como psiquiatra lo veo todos los días: mujeres convencidas de que están rotas cuando en realidad están atravesando cambios. Mujeres que necesitan información, regulación, descanso y comunidad; no vergüenza.
A muchas nos enseñaron a tolerar. A “no exagerar”. A no hablar de nuestros ciclos. A seguir produciendo como si no sangráramos. A envejecer en silencio.
Y ese silencio también es político.
Nombrar lo que nos pasa es un acto de autonomía. Preguntar antes de aceptar un tratamiento es autonomía. Buscar una segunda opinión es autonomía. Sentarnos en círculo y decir “esto me está pasando” también lo es.
El 8 de marzo es una fecha más que simbólica. Es un recordatorio de que el cuerpo femenino no es un diagnóstico. No es un error evolutivo. No es un problema que deba corregirse en cada década de la vida.
El cuerpo femenino es cíclico, cambiante, potente.
Tal vez el verdadero despertar no consista en eliminar los síntomas a toda costa, sino en reconciliarnos con nuestros ritmos, exigir ciencia con perspectiva de género e integrar nutrición, salud mental, comunidad y evidencia. Y, sobre todo, dejar de pedir disculpas por habitar un cuerpo que sangra, que cambia y que envejece.
Ser mujer es una experiencia biológica y política que merece respeto, información y comunidad.
Y eso es revolución.
Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.


