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Opinión

Lectura 8:00 min

El cerebro infiel

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Muchos pacientes han entrado a mi consultorio llorando; esta, además, temblaba. 

Doctora, siento que me voy a morir. Como si me hubieran arrancado una parte de mí —dijo apenas se sentó.

La noche anterior había tomado el celular de su esposo y, por accidente al menos eso afirmaba, encontró unos mensajes. No fueron los de contenido sexual los que más le dolieron, sino los confesionales, los emocionales, los que revelaban una intimidad que ella creía exclusiva de su matrimonio.

—¿Cómo puede alguien decirme que me ama y luego hacerme esto? preguntó.

s que una crisis de pareja, lo que esta mujer experimentaba era un evento psicológico, neurobiológico y existencial.

La infidelidad no solo rompe un contrato. Desregula el cerebro. Desorganiza el apego.

El contrato invisible

La infidelidad no siempre es un cuerpo con otro cuerpo. A veces es una conversación sostenida en secreto. A veces es la energía emocional desplazada hacia alguien más. A veces es una fantasía alimentada de forma constante.

En el fondo, la infidelidad es la ruptura de un acuerdo. El problema es que, con frecuencia, ese acuerdo nunca se habló.

Nos casamos, firmamos papeles, celebramos rituales. Pero el contrato emocional se da por hecho. Se hereda culturalmente. Se idealiza. La monogamia se presenta como un fenómeno natural, cuando en realidad es una construcción social sostenida por normas, expectativas y pactos implícitos.

Además, vivimos una tensión inédita en la historia humana. Exigimos estabilidad, pero también anhelamos intensidad. Queremos hogar y aventura. Seguridad y deseo.

La psicoterapeuta Esther Perel ha descrito esta paradoja contemporánea con claridad: hoy le pedimos a una sola persona lo que antes distribuíamos en toda una comunidad. Que sea nuestro mejor amigo, nuestro amante apasionado, nuestro confidente, nuestro socio financiero y, por supuesto, nuestro compañero de vida.

El peso es excesivo para un solo vínculo.

¿Somos monógamos por naturaleza?

Desde la antropología evolutiva, sabemos que la monogamia estricta no ha sido la norma en la historia humana. Muchas culturas han permitido diversas formas de poliginia. Sin embargo, también es cierto que lo que ha predominado en las sociedades modernas es la monogamia social.

La antropóloga biológica Helen Fisher propone que el cerebro humano opera a través de tres sistemas parcialmente independientes:

  • El deseo sexual, impulsado en gran parte por testosterona.
  • El amor romántico, asociado a la dopamina.
  • El apego, vinculado a la oxitocina y la vasopresina.

Estos sistemas pueden activarse al mismo tiempo… o no. Y no necesariamente hacia la misma persona.

La dopamina, neurotransmisor central del sistema de recompensa, responde con especial intensidad a la novedad, al riesgo y a la incertidumbre. El cerebro humano está orientado a explorar lo nuevo; no fue diseñado para la repetición indefinida sin estímulo.

Eso no significa que estemos biológicamente condenados a la infidelidad. Significa que la fidelidad no es automática, es una conducta regulada.

En cuanto a las famosas feromonas, la evidencia en humanos es mucho más sutil que en otros mamíferos. Existen estudios sobre el complejo mayor de histocompatibilidad que sugieren que ciertos olores corporales pueden influir en la atracción. Pero en nuestra especie la narrativa personal, la experiencia y el contexto cultural pesan tanto —o másque la química invisible.

No somos hormonas caminando. Pero tampoco somos pura razón.

¿Cómo es un cerebro infiel?

En términos neurobiológicos, una relación paralela puede activar el circuito mesolímbico de recompensa el mismo que participa en las conductas adictivas. La anticipación del encuentro, el secreto y el riesgo elevan la liberación de dopamina, lo que se traduce en sensaciones de vitalidad, intensidad y euforia.

La testosterona puede favorecer la búsqueda de novedad sexual. Una disminución del apego emocional atenúa la influencia moduladora de la oxitocina. Y cuando la corteza prefrontal encargada de la inhibición, la toma de decisiones y el juicio moralse ve sobrecargada por estrés crónico, impulsividad o insatisfacción prolongada, la capacidad de autocontrol se debilita.

En ese contexto, el sistema de recompensa gana protagonismo y la regulación pierde fuerza. Por eso muchas infidelidades aparecen en etapas de desconexión emocional, desgaste relacional o crisis personal.

El cerebro traicionado

Cuando mi paciente decía que sentía que iba a morir, no estaba exagerando. La traición activa regiones cerebrales asociadas al dolor físico, entre ellas la corteza cingulada anterior. El rechazo y el abandono se registran como experiencias corporales reales.

El cerebro interpreta la pérdida del vínculo como una amenaza. Desde una perspectiva evolutiva, perder a la pareja podía significar perder protección, recursos y pertenencia al grupo.

Por eso emergen síntomas que recuerdan a una respuesta traumática: rumiación persistente, imágenes intrusivas, hipervigilancia, insomnio, pérdida de apetito. Y algo aún más desestabilizador: la fractura de la identidad.

Si esto no era real, ¿qué fue real? me preguntó mi paciente.

Hablaba de una narrativa personal del amor que acababa de derrumbarse.

Pero quien traiciona también se fragmenta. En consulta, el infiel rara vez es un villano plano. Suele ser alguien dividido.

Amo a mi pareja, pero necesitaba volver a sentirme vivo.

Es una frase que encierra una disonancia profunda. Culpa, vergüenza, racionalización. Puede llegar a ser una conducta repetida compulsivamente, una búsqueda constante de esa descarga dopaminérgica asociada a la novedad.

s que reemplazar a la pareja, muchas infidelidades intentan recuperar una parte perdida del yo: un regreso simbólico a la juventud, una sensación de poder, una identidad que no se sentía vista.

Nuevas arquitecturas del vínculo

En los últimos años han emergido modelos alternativos de relación afectiva, como el poliamor o las relaciones abiertas. No constituyen infidelidad cuando se sostienen en acuerdos explícitos y consentimiento informado. La diferencia fundamental es la transparencia.

Aun así, incluso en estructuras no monógamas, el cerebro humano sigue necesitando seguridad emocional. La libertad sin regulación puede activar ansiedad, celos o sensación de amenaza. El apego no desaparece por decreto ideológico.

  Vivimos más años que cualquier generación anterior y estamos expuestos a una cantidad inédita de estímulos. Nunca antes el cerebro había tenido acceso permanente a tal nivel de novedad y recompensa inmediata, literalmente en el bolsillo. Debemos preguntarnos en qué formas se reorganizará la pareja.

En paralelo, la investigación en psicoterapia asistida con psicodélicos ha abierto una conversación relevante también en el ámbito relacional. En particular, la MDMA ha sido estudiada en contextos clínicos para el tratamiento del trauma.

Organizaciones como la Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies (MAPS) han liderado ensayos clínicos en este campo. La MDMA no es un alucinógeno clásico; se clasifica como empatógeno o entactógeno. Aumenta la liberación de serotonina y oxitocina, reduce la reactividad de la amígdala y puede facilitar la apertura emocional en entornos terapéuticos controlados. O sea que disminuye la defensividad.

En entornos cuidadosamente estructurados y bajo supervisión profesional, la MDMA se ha explorado como herramienta complementaria en casos donde el trauma incluida la traición relacionalbloquea la empatía y rigidiza las posiciones de la pareja.

No se trata de una píldora mágica. No sustituye el compromiso, la responsabilidad ni el trabajo cotidiano que toda relación exige. Lo que la investigación sugiere es que el cerebro conserva plasticidad suficiente para reaprender formas de conexión cuando se interviene con cuidado.

Tal vez el futuro de la pareja no dependa de reinstalar la fidelidad como un ideal moral incuestionable, sino de desarrollar mayor capacidad para regular el sistema nervioso en presencia del otro. Muchas infidelidades emergen menos del impulso sexual que de la dificultad para sostener conversaciones vulnerables.

Cuando mi paciente salió del consultorio seguía dolida, pero comprendía mejor lo que le ocurría. Ese entendimiento le devolvió una sensación de agencia.

En este Día de San Valentín conviene recordar que la fidelidad no es un reflejo automático, sino una práctica deliberada. Requiere novedad compartida, comunicación explícita y autoconocimiento. A veces también exige apoyo terapéutico. El cerebro puede buscar intensidad, pero el amor si ha de durarrequiere presencia. Y esa, a diferencia de la dopamina, no se dispara sola.

Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.

Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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