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Mindfulness: Cuando la ciencia confirma lo que el silencio siempre supo

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
La semana pasada no hubo columna en estas páginas porque estaba caminando. Caminaba despacio alrededor de un lago en Valle de Bravo, observando cómo cada paso crujía sobre la tierra helada. El atardecer descendía con una luz dorada que parecía suspender el tiempo, y el reflejo del cielo en el agua volvía imprecisa la frontera entre el mundo y su espejo.
Sentí algo poco frecuente en nuestra vida acelerada: una paz absoluta. Una quietud viva, casi eléctrica, como si cuerpo y mente coincidieran por fin en el mismo punto. No había prisa ni lista de pendientes. Solo respiración, pasos, agua y luz.
Ese fin de semana me acompañó Ronald D. Siegel, profesor clínico de la Harvard Medical School, uno de los académicos que más ha trabajado en traducir la sabiduría contemplativa al lenguaje de la psicoterapia contemporánea.
Ron tiene una forma particular de enseñar: rigurosa y, al mismo tiempo, profundamente humana. Prescinde del misticismo innecesario y también de la arrogancia científica. Trabaja con claridad y con afecto.
Una práctica antigua con respaldo neurocientífico
La atención plena —también llamada mindfulness— tiene raíces milenarias en tradiciones contemplativas orientales. Hoy, además, cuenta con un sólido cuerpo de investigación empírica. No es únicamente una práctica espiritual: es una intervención con efectos medibles en el cerebro.
Cuando entrenamos la mente para regresar al momento presente se observan cambios consistentes:
- Disminuye la actividad de la llamada “red por defecto”, asociada con la rumiación y la narrativa autorreferencial.
- Mejora la comunicación entre la corteza prefrontal y el sistema límbico, lo que fortalece la regulación emocional.
- En meditadores experimentados se registran patrones eléctricos más coherentes.
- Existen cambios estructurales en regiones vinculadas con la conciencia corporal y la integración emocional.
En términos clínicos, esto significa que el cerebro aprende a no quedar atrapado en el pasado ni anticipando amenazas futuras de manera automática. Y esa diferencia cambia vidas.
En consulta escucho con frecuencia: “Me encantaría meditar, pero no tengo tiempo”. Pero la atención plena no implica añadir otra tarea a la agenda. Implica modificar la calidad de la atención con la que habitamos lo que ya hacemos: caminar registrando cada paso, comer percibiendo el sabor, escuchar sin preparar la respuesta, respirar antes de reaccionar.
En el lago confirmé algo que suelo repetir a mis pacientes: cuando la atención se estabiliza, el tiempo deja de vivirse como presión constante y empieza a experimentarse como presencia. La práctica no añade minutos al día. Recupera los que se pierden en la distracción.
Programas basados en mindfulness han mostrado efectos significativos en distintos contextos clínicos:
- Depresión recurrente, con reducción en tasas de recaída.
- Ansiedad, mediante la disminución de la hiperactivación fisiológica.
- Estrés crónico y desgaste profesional.
- Dolor persistente, al modificar la relación con la experiencia corporal.
Lo que durante años fue etiquetado como “alternativo” hoy forma parte de protocolos estudiados en universidades de alto nivel. Instituciones como la Harvard Medical School han incorporado estas prácticas en la formación médica y psicológica, no como doctrina espiritual, sino como intervención basada en evidencia.
Mindfulness y psicodélicos: una convergencia necesaria
Esta es una de las conversaciones más relevantes del momento en salud mental.
La terapia asistida con psicodélicos —particularmente con ketamina, psilocibina y MDMA— ha mostrado resultados prometedores en depresión resistente, ansiedad asociada a enfermedad médica grave y trastorno por estrés postraumático. Estas intervenciones pueden inducir estados de apertura emocional, mayor flexibilidad cognitiva y profunda introspección.
Sin embargo, una experiencia intensa no equivale a un cambio sostenido. Ahí es donde la atención plena adquiere relevancia clínica.
Investigadores y terapeutas —entre ellos Ronald D. Siegel, y otros académicos vinculados a Harvard— han explorado cómo el entrenamiento en mindfulness puede fortalecer tanto la preparación como la integración posterior en terapia psicodélica.
Entre los mecanismos compartidos que se estudian se encuentran:
- Disminución de la rigidez cognitiva.
- Modulación de la red por defecto.
- Aumento de conciencia interoceptiva.
- Mayor tolerancia a la experiencia emocional.
El mindfulness cultiva estos estados de forma gradual; los psicodélicos pueden evocarlos de manera aguda. Pero es la práctica consciente posterior la que consolida la neuroplasticidad y convierte la experiencia en transformación sostenida.
En Khungi Espacio, en Valle de Bravo, el fin de semana pasado coincidieron prácticas contemplativas, respiración holotrópica y marcos terapéuticos contemporáneos en un mismo encuadre. Con protocolos claros y supervisión clínica, varios participantes atravesaron procesos internos de alta intensidad emocional, sostenidos en un entorno deliberadamente cuidado.
Gratitud
Quiero cerrar esta columna con una nota personal.
Gracias, Ron.
Gracias como maestro, por tu claridad.
Gracias como amigo, por tu sencillez.
Gracias por sostener espacios donde la ciencia no compite con la tradición, sino que conversa con ella con rigor y respeto.
Fuiste testigo y facilitador de un diálogo entre disciplinas que se enriquecen. Y estoy convencida de que lo que allí se movió en muchos participantes seguirá desplegándose con el tiempo, lejos del entusiasmo del momento y más cerca de cambios reales.
El silencio también interviene. El lago no resolvió pendientes ni el atardecer corrigió los problemas del mundo. Pero por un instante, nada estaba fuera de lugar.
En una cultura obsesionada con producir, acumular y responder de inmediato, entrenar la capacidad de estar presentes puede ser una de las intervenciones de salud pública más sensatas —y más subestimadas— de nuestro tiempo.
La semana pasada no escribí una columna.
Estaba caminando. Estaba respirando. Estaba aquí.
A veces, el aquí y el ahora no es una metáfora poética. Es una práctica. Y bien entendida, es una forma sofisticada de cuidado.
Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.

