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Las cuencas hidrográficas, la alternativa para el manejo del agua de lluvia
En la República Mexicana el promedio de lluvias al año es de aproximadamente 800 milímetros (mm); sin embargo, existen enormes diferencias según la zona del país de la que se trate; mientras que en el sureste pueden llegar a caer hasta 2000 mm anuales, en las zonas desérticas y semidesérticas pueden ser menos de 300 mm.

Opinión
En la República Mexicana el promedio de lluvias al año es de aproximadamente 800 milímetros (mm); sin embargo, existen enormes diferencias según la zona del país de la que se trate; mientras que en el sureste pueden llegar a caer hasta 2000 mm anuales, en las zonas desérticas y semidesérticas pueden ser menos de 300 mm.
Durante muchos años se ha considerado que la temporada “oficial” de lluvia en México es entre mayo y octubre, sin embargo, la mayor variabilidad climática que afecta al planeta está cambiando la manera en cómo debemos manejar las precipitaciones pluviales. Esto es muy importante, especialmente para la agricultura cuyo éxito depende muchísimo de contar de manera oportuna y eficiente con el preciado líquido.
En el presente año, las precipitaciones se presentaron más temprano y datos estadísticos de la UNAM indican que en lo que va del año las lluvias han sido 15% más intensas que el promedio de los últimos 30 años, pero su distribución geográfica ha sido errática en cuanto a su dispersión.
El 2024 y 2025 fueron años muy lluviosos, lo que permitió que las presas alcanzaran hasta un 72% de sus embalses y todo indica que en el país tendremos una precipitación pluvial similar. Sin embargo, se anticipa que a partir de julio las precipitaciones disminuirán significativamente debido al fenómeno climático conocido como “El Niño”, al tiempo que se incrementarán las temperaturas en la mayor parte del territorio nacional.
Hay que destacar la intensidad de la lluvia en la Zona Metropolitana del Valle de México y sus territorios agrícolas. A la fecha ha llovido 15% por arriba del promedio 1991-2020 lo que hace una diferencia con respecto al año 2023, que presentó niveles críticos en el sistema Cutzamala. Como se pronostica, durante 2026 y 2027 habrá agua disponible para las necesidades urbanas, agrícolas e industriales de la capital y las zonas conurbadas.
A pesar de los beneficios generales de una temporada de lluvias abundantes, el que las precipitaciones estén ocurriendo en forma intensa y en corto tiempo, ha traído consigo inundaciones, daños a la infraestructura urbana y problemas económicos y de salud a la población, particularmente a la más vulnerable. Lamentablemente, tal cantidad de agua precipitada en tan corto tiempo no puede ser aprovechada en las zonas urbanas debido a que no se cuenta con un mecanismo que permita su recuperación para la recarga de los mantos acuíferos.
Esa manera en que está lloviendo también tiene un impacto devastador en las poblaciones rurales. Además de que las lluvias torrenciales pueden ocasionar graves mermas en las cosechas, también provocan la erosión de los suelos y la pérdida de la capa arable por falta de cobertura vegetal. En el ámbito socioeconómico, se causan efectos negativos en la producción de alimentos, se originan problemas de salud, así como efectos irreversibles en el ambiente, y se afecta gravemente a la economía de los habitantes del campo.
Así que por un lado tenemos la necesidad de los beneficios para la agricultura que las precipitaciones pluviales traen consigo y, por el otro, los perjuicios que las lluvias torrenciales provocan en zonas urbanas.
Para aprovechar de manera óptima el agua de lluvia y al mismo tiempo superar los escenarios adversos, cada vez más frecuentes, se requiere de soluciones de largo plazo y que implican el manejo integral y coordinado de las Cuencas hidrográficas (los cuerpos de agua en donde confluyen diversos recursos hídricos, entre ellos el agua de lluvia).
La restauración y manejo de las cuencas permite orientar el caudal de los ríos, aumentar la recarga de los mantos acuíferos y las presas; evitar la erosión y garantizar la disponibilidad adecuada de agua tanto para la producción agropecuaria, acuícola y pesquera, como para el uso doméstico e industrial. Pero en forma igualmente relevante, un adecuado manejo de las cuencas en las pendientes permite evitar los impactos negativos que acontecen cuando el agua se convierte en una amenaza para las poblaciones y las actividades productivas.
El enfoque de manejo integral de cuencas nos da la posibilidad de sostener las actividades en las zonas rurales de una manera articulada entre las dinámicas climatológicas y las actividades socio-productivas de los habitantes de los territorios rurales.
Nuestro país tiene una larga historia en gestión territorial por cuenca, donde la protección de los bosques en las zonas altas ha permitido garantizar el abastecimiento de agua en las presas cuencas abajo. En los años noventa, los Consejos de Cuenca cobraron auge como estrategia para involucrar a los agricultores, ganaderos, usuarios y a la sociedad civil en la gestión del recurso hídrico en corresponsabilidad con el Estado.
Sin embargo, después de 30 años, el éxito de estos consejos se encuentra muy limitado y otras iniciativas no han dado los resultados esperados, por lo que es esencial una reformulación de los instrumentos orientados a la gestión del agua en el territorio nacional bajo el manejo integral de cuenca para capitalizar beneficios; entre otros, la recarga de mantos acuíferos y llenado de presas; restaurar y conservar los suelos; aumentar la resiliencia frente al cambio climático; proteger la biodiversidad y, por demás importante, evitar los desastres en las zonas urbanas que ocasionan las lluvias torrenciales y las crecientes de agua cuencas abajo.
Será muy importante que, ante un escenario de escasez actual y futura de agua, rescatemos la visión del General Lázaro Cárdenas del Río, quien al concluir sus responsabilidades como Presidente de la República, dirigió el programa de Manejo Integral de la Cuenca del Río Balsas, lo que trajo como consecuencia beneficios sociales, ambientales y de crecimiento económico a una vasta región.
En conclusión, el manejo de cuencas traerá un doble beneficio: garantizar el abasto sostenible y eficiente de los recursos hídricos para la agricultura y mejorar la gestión de riesgos asociados a la intensidad de las lluvias que puedan afectar desde las grandes ciudades hasta las pequeñas comunidades rurales.