Hay algo que me divierte mucho de la llamada República de las letras: sus pleitos ridículos. Se gritan de revista a revista: de Letras Libres a Nexos y de regreso. Sus chismes de vecindad, muy bien escritos, les importan sólo a ellos, pero qué más da, vamos a ponerlos en papel couché y a entregárselos al lector como algo de capital importancia.

La semana pasada apareció en el sitio República 32 una entrevista entre Juventino Montelongo y Heriberto Yépez sobre los “cárteles” de las letras mexicanas (pásenle).

Dice Yépez que todo el movimiento de la literatura mexicana se resuelve entre poquísimos escritores que viven de prebendas mientras escriben libros mediocres uno tras otro. Todos, dice Yépez, fueron a las mismas escuelas, son de la misma raza, son amigos y se alían con el poderoso de cada época.

Hasta el bonachón de Juan Villoro no escapa a Yépez. “No se puede decir que haya una gran novela de Villoro”, dice, y además lo señala como niño heredero del asiento de su padre en El Colegio Nacional. Es decir, no tiene Villoro méritos para estar entre los intelectuales de la institución. Bueno, hay que reconocerlo: Villoro es buen cronista y cuentista, ensayista mediano, y pésimo-pésimo novelista y dramaturgo. ¿Su obra es importante para la historia de nuestras letras? Mi opinión es que solo le sobrevivirán algunas cuantas crónicas.

El que sale más raspado en la entrevista es Enrique Krauze, quien heredó el puesto de cacique literario que le legara Octavio Paz. Codo a codo con el presidente en turno, Krauze ha ido ascendiendo en la escala de poder. Y el autor o autora que haga la genuflexión de rigor frente a Krauze asciende con él.

Es todo muy macabro y por eso es cuestionable lo de Yépez. Uno se pregunta qué premio no le quisieron dar o dónde no lo quisieron publicar para que de repente vomite todo esto que, escandaloso, sí, y sabroso como buen chisme, tampoco es tan novedoso. Las cuitas de la élite cultural mexicana la han narrado desde Luis Spota hasta Enrique Serna.

De Serna es ineludible leer El miedo a los animales, una novela fársica que en clave que no deja el proverbial títere con cabeza. Lo divertido vino después, cuando gracias al éxito de la novela Serna accedió a ese Hades de la cultura. No soy lectora de Letras Libres desde hace mucho tiempo, pero la última vez que vi Serna tenía una columna ahí.

Todo es así, chisme y porrazos que sólo les importa a ellos. Los lectores recibimos libros mediocres y nuestra literatura no crece. Pienso en otro cuento de Serna: Tesoro nacional, que sucede en un país donde nadie lee pero el gobierno los endiosa, protege y copta con trabajos. Nada peor que un escritor funcionario, como dice Yépez en la entrevista con Montelongo. Bueno, sí: el funcionario escritor.

Ahora, el asunto se agiganta cuando pensemos mal (y acertemos) y nos demos cuenta que esta gente supuestamente pensante, conciencia de la sociedad, se embolsa dinero público al por mayor nada más por compadrazgos y por dormirse en la cama del poder como cortesana de Luis XIV.

Ya ve entierros el león. Es decir, nuestros pensadores dejaron de pensar y acumulan grasa intelectual en sus regalos gubernamentales. Como león que ya no caza sino que ve cómo entierran a las gacelas que no se abocó a cazar.

Concepción Moreno

Columnista y Reportera

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