A pesar de las vergüenzas provocadas por pasados episodios del “teatrito” legislativo, pareciera que las lecciones siguen sin asimilarse y los asuntos de urgente resolución para el país pasan a un segundo plano ante tremendas puestas en escena. La semana pasada, la tragicomedia se trasladó al Salón de Plenos con un guión que hubiera despertado la envidia del mismísimo Shakespeare.

Todo comenzó con el llamado de la 4T al presidente de la Cámara para que, bajo el falso manto del mártir patriota, permaneciera al mando de la Mesa Directiva en representación de “la mayoría buena y sabia”. Lo anterior, a pesar de los acuerdos adquiridos con los demás grupos parlamentarios para que, en pro de los equilibrios, el segundo y tercer año de la legislatura, la Presidencia quedara en manos de las primeras minorías. Por su parte, el presidente Muñoz Ledo, siendo leal al movimiento, aceptó de nuevo la encomienda mientras los miembros de “las cortes” de la 4T manifestaban su incondicional apoyo.

Sólo había un problema, la Ley Orgánica del Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos impide semejante acción y todos lo sabíamos. Sin embargo, como para el partido de la mayoría no hay imposibles, presentó una iniciativa de reforma para producir una ley “a modo” en favor de sus intereses partidistas. Aclaro que con esto no sugiero que cosas parecidas jamás hayan sucedido en pasadas administraciones, pero sí destaco que este gobierno no se está comportando tan diferente a los demás en lo que a vicios y “teatritos” políticos se refiere.

Fue así como, durante la sesión del martes 3 de septiembre, fuimos testigos de desafortunadas escenas dramáticas que fueron pulverizando la candidatura de don Porfirio Muñoz Ledo y cobrándose varias víctimas de entre el reparto estelar. Las primeras fueron los diputados que luchaban por la presidencia, quienes demeritaron su legítima molestia lanzando gritos y vituperios en contra de un gran hombre de Estado, quien, si bien había tomado la cuestionable decisión de apoyar a su partido en tan turbias circunstancias, no merecía un trato tan denigrante. En seguida, las vergonzosas víctimas de la tragicomedia fueron algunos diputados de la mayoría, quienes se robaron los reflectores imitando un infame insulto de la vicepresidenta Dolores Padierna en contra del primer candidato del PAN a la presidencia describiéndolo como nazi. Una parte de la bancada morenista sacó pancartas con suásticas de color azul, haciendo gala de su ignorancia, de su burda insensibilidad histórica y de su incapacidad para argumentar civilizadamente su permanencia en la presidencia de la Mesa Directiva.

Otra inevitable víctima fue el propio presidente de la República quien, ante el evidente costo político del “teatrito”, se reconoció avergonzado por el proceder de sus legisladores... aunque se rumora que se avergüeza más de la incapacidad de sus correligionarios a imponerse sin “hacer tanto ruido” que del autoritarismo por el que se caracterizan. Con la entrada en escena de la secretaria de Gobierno en el papel de mensajera presidencial —comunicando que la ley Porfirio incomodaba en Palacio Nacional—, quienes defendieron a capa y espada la reelección de don Porfirio se vieron obligados a esconderse en la sombra del silencio. Habían sido humillados, “retratados” por sus propios fraternos como antidemócratas y malos legisladores. 

Finalmente, el protagonista, desde la cima de la tribuna de San Lázaro, fue empujado por las circunstancias a decretar él mismo su sentencia. Esa noche, ante el asombro de propios y extraños, Porfirio Muñoz Ledo anunciaba su renuncia, emitiendo una fórmula digna de las más gloriosas tragedias griegas y que con toda seguridad pasará a los libros de la vida parlamentaria de México: “Se puede tener el poder sin pasar a la historia, pero se puede pasar a la historia sin tener el poder”.

La principal víctima de esta tragicomedia fue también su héroe, quien debió permanecer estoico hasta turnar formalmente su investidura al siguiente presidente. Así, los dos días siguientes, en la soledad de la cima del Salón de Plenos y teniendo que contemplar impotente cómo el reino que representó se había nublado de ocurrencias e improvisaciones, pronunció una última frase célebre dirigida a sus correligionarios antes de que bajara el telón: “Chinguen a su madre, qué manera de legislar...”

 

Abril Alcalá

Diputada Federal

Columna invitada

Doctora en Políticas Públicas y Diputada Federal por el Distrito 8 de Jalisco.