En cuanto López Obrador empezó a frecuentar menos la idea de revertir la reforma energética, comenzó a usar recurrentemente el concepto de “revisar” los contratos petroleros. Puestos en este contexto, hubiera sido natural leer ambas ideas como sinónimos desde el principio.

Su equipo económico, sin embargo, se ha encargado de ofrecer una interpretación alternativa. Romo, Urzúa, Esquivel —la plana mayor de lo que entendemos sería su equipo económico— han explicado que revisar no rima con revertir. Que todo lo radical es solamente retórica de campaña.

Romo fue mucho más allá. Dijo que ya revisaron y no sólo no encontraron nada que reclamar, sino que reconocen resultados positivos. Nahle, la potencial secretaria de Energía, ha sido mucho más firme. Pero cuando Atzayaelh Torres le preguntó, también rechazó un golpe de timón.

La psicología también tiende a jugar chueco. Pablo Medina, de Welligence, me recordó hace un par de días que a todo esto hay que sumarle el fenómeno de la “justificación de sistema”: cuando en política se anticipa un ganador, sus ideas y políticas empiezan a parecer más atractivas y afines aún a sus adversarios naturales.  El carisma y “pragmatismo” de López Obrador crecen cada semana que permanece como puntero indiscutido en las encuestas.

En este caso, sin embargo, la percepción de transformación de López Obrador parecía estar justificada por su mesura. Hace unos días, el presidente Peña Nieto declaró que, de alguna forma, la reforma energética estaría en la boleta. López Obrador le reclamó, pero no entró en honduras sobre sus planes. Prometió rescatar a la industria petrolera y a la industria eléctrica “en el marco de la legalidad”, sin “ninguna arbitrariedad”. Prometió acabar con los gasolinazos y garantizar que los recursos de los mexicanos se aprovechen en beneficio de los mexicanos. También prometió no caer en tentaciones. Con un poco de imaginación, eso se podría llegar a leer como una promesa de no regresar al radicalismo del pasado.

Hasta que su base política le exigió. Paco Ignacio Taibo, también muy cercano a López Obrador (aunque no precisamente parte de su equipo económico), apareció en un controversial video que para el 18 de marzo ya era viral. En él, desconoce coloridamente los dichos de Romo y recuerda que Morena se había comprometido a revertir la reforma. “Esa demanda es nuestra”.

Al día siguiente, López Obrador se comprometió a revisar los contratos. Por alguna razón, el énfasis, esta vez, parecía más en el “uno por uno” que en “sin ninguna arbitrariedad”. Quizás sea porque además añadió: “Voy también a pedirle que ya no se entreguen campos petroleros ni en tierra ni aguas someras y que ya se detenga la entrega, la privatización del petróleo y la industria eléctrica”. Eso suena más a Taibo que a Romo.

Ya en este contexto, revisar suena muy afín a cancelar. Al grado que están empezando a salir teorías de cuál va a ser el criterio para hacerlo. Hasta ahora, la presencia o ausencia de bono en efectivo parece ir ganando.

La semántica y el método, por supuesto, son lo de menos en el caso. El mero concepto es absolutamente radical. Detener rondas cancela posibilidades futuras. Pero cancelar contratos, si no es por razones técnicas justificadas que la CNH tendría que determinar con absoluta independencia del plano político, violenta derechos adquiridos y hace inoperable el nuevo modelo energético mexicano como lo conocemos. No hay nada más “golpe de timón”.

En balance, es completamente cierto que revisar no rima con revertir, como los economistas de López Obrador han explicado. Pero los que están más cerca del movimiento social han revirado que sólo se requiere una ligera transformación lingüística: revisión, con cierta flexibilidad, rima con reversión. López Obrador sólo nos recordó que, en cualquier momento, él podría elegir escuchar más a Taibo que a Romo.

Ambos se podrán disputar la razón. Lo presidencial sería ofrecer certeza y claridad.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell