En esta época navideña vivimos en la paradoja, por un lado, de sentir que las obligaciones en el trabajo van disminuyendo hasta el año entrante, por el otro, aumenta el frenesí de las compras de regalos o de comida para fiestas, y nuestra comida cotidiana se transforma en comida festiva. ¿Qué implicaciones sociales tiene esto?

Hay algo curioso con las fiestas navideñas: son de las pocas festividades compartidas en muchas latitudes del mundo occidental, que han trascendido incluso credos, agnosticismos o ateísmos. Ya sea por su difusión, por sus significados y por sus implicaciones, a nadie dejan sin una opinión: por un lado están quienes la aborrecen, que encuentran en Ebenezer Scrooge o en el Grinch símbolos arquetípicos. Por otro lado, están aquellos fanáticos de la Navidad. En el punto medio, están personas que al final constituyen y reviven cada año la tradición, la transforman y la adoptan a las circunstancias que el mundo nos va presentando.

Haciendo una revisión de literatura nos encontramos, por el lado académico, que la Navidad ha sido interés antropológico en Alemania y Francia. Es curioso saber que desde el siglo XIX algunos se quejaban de lo comercial de la Navidad. Acerca de la Navidad mexicana, encontramos recuentos históricos y fol-kloristas, pero nos dejan un vacío sustancial en las formas de celebración contemporáneas. Por otro lado, es curioso observar los encabezados de prensa internacional al tratar el tema de las fiestas navideñas: Estas navidades, subiremos entre 3 y 5 kilos . Sólo 24% asistirá a cenas de trabajo en estas navidades , y nos damos una idea del corazón del asunto: la comida, la celebración, el rompimiento de la cotidianidad y de las normas en relación a lo que debería ser un buen comer, como si comer sólo fuera subir, bajar o mantener los kilos.

Es fácil darse cuenta de que la masificación del famoso maratón Lupe-Reyes (que además es de relativamente reciente aparición en el léxico de los mexicanos) es uno de los temas de la vida social, siempre tratado con la irreverencia relacionada con el exceso: de comida, de alcohol y de fiesta. Además del significado espiritual que cada quien le quiera conferir o no a las fiestas navideñas, es claro que poseen gran importancia en la vida social, más allá de las calorías. En primera instancia, los seres humanos y la naturaleza misma nos regimos por ciclos. No es coincidencia que el nacimiento de Cristo se festeje muy cercano al final de un gran ciclo en el calendario gregoriano. Y nuestra condición humana nos hace necesitar símbolos para marcar esas pautas. ¿Qué otra cosa más simbólica que la comida para marcar ciclos? Nuestras comidas están marcadas por la ocasión, no es lo mismo comer en casa que en la oficina, ni un fin de semana cualquiera que en una posada. ¿Por qué habríamos de comer la comida del diario en una ocasión especial? Recordemos que uno de los simbolismos de la Navidad es regresar a los pensamientos utópicos en los que la unión más allá de las diferencias puede ser posible, por lo menos durante la cena, que funciona como tregua. La cohesión social está representada en las comidas festivas, y es que, lo creamos o no, fomenta la solidaridad en las personas. ¿A poco usted no se siente comprometido a llevar un platillo cuando hay fiesta, regresar el molde que le prestaron con comida o por lo menos regresar la invitación a alguien que lo ha invitado a cenar? Esta reciprocidad es el mecanismo social que opera para que nos podamos sentir en comunidad.

En este maratón Lupe-Reyes, además del exceso al que se asocia, existen otras dimensiones sociales del banquete que ejercemos sin querer, aunque no exentas de los conflictos que suscita la congregación para compartir la comida. Aprovechemos el simbolismo del inicio y fin de un ciclo para renovarnos y de las grandes comidas para regocijarnos.

Felices fiestas.

@Lillie_ML