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Opinión

Lectura 3:00 min

Servicio a clientes

No es más que el inicio de un largo y frustrante calvario: voces grabadas, opciones interminables, más grabaciones, pausas, mentiras, promesas...

Tengo que cambiar el celular, no sé por qué misteriosas razones. Acudo al centro de servicio más cercano.

Instalaciones limpias y modernas, también funcionales. En un santiamén me dan ficha que señala el número de ventanilla, se me convoca a la misma mediante un letrero luminoso, donde me recibe una chica joven, amable.

Escucha la demanda. Escribe en la computadora, coteja, saca copias, selecciona el aparato de mi preferencia, vuelve a su silla para teclear registros y, finalmente, después de casi una hora, me entrega una caja con el artefacto y sus accesorios, cargador, manos libres, CD, factura, garantía, etcétera.

Anuncia el desenlace: en una hora estará abierta la línea. Pasa la hora y nada. Pasan dos y llamamos a atención a clientes , inicio de un largo y frustrante calvario.

Ahí se escuchan voces grabadas, opción tal, marque uno, opción cual, marque dos, etcétera, son como siete, elegimos la pertinente, nueva grabación con nuevas opciones, nada, luego subopciones, desesperante, ¿hasta cuándo, Jesús mío? Interminable propaganda intercalada, esta llamada será grabada para fines de calidad, mentira, es para apantallar al usuario, al cabo resuenan, qué alivio, palabras expresadas por un ser humano de carne y hueso.

Soy Maricela, a sus órdenes, escucho.

Le damos toda la información, se hace un silencio, al que le sigue una prolongada espera, y luego otra voz: Soy Francisco.

¿Qué? Pero páseme a Maricela, quien es la persona que me estaba atendiendo, imposible, no hay manera, y a empezar de cero de nuevo.

Recurrimos entonces a un amigo conocedor de estos intríngulis digitales y cibernéticos.

Habla con uno de esos empleados anónimos de este negocio que, para todos los fines prácticos, es anónimo. La conclusión: esperen 24 horas.

Esperamos. Nada ocurre. Funcionamiento prometido para dentro de otras 24 horas. y luego, el colmo, nada. Han transcurrido cuatro días y todavía nada.

Un individuo que viviera de su celular ya estaría quebrado o al borde de la locura. Y si fuera nativo de un país en el que se observan estrictamente compromisos y responsabilidades podría interponer una demanda millonaria y ganarla.

Hasta en la esfera de los servicios de la empresa privada se extiende la impunidad.

Usé influencias, suerte de tenerlas. Funcionaron. País de impunidad y de influencias. Es lo que nos diferencia de los desarrollados.

parroyo@eleconomista.com.mx

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