Con frecuencia nos encontramos pensando que somos aún jóvenes para preocuparnos por nuestra jubilación, que nos quedan muchos años de vida laboral por delante y que siempre existirá un mejor momento para empezar a prever nuestro retiro. En realidad, la respuesta a la pregunta sobre cuándo debemos empezar a ahorrar es: ¡YA!

En las recientemente desarrolladas teorías de Economía del Comportamiento, se ha descubierto que existe una gran cantidad de sesgos, completamente naturales al ser humano, que nos hacen pensar que la fecha ideal para empezar a ahorrar está en el futuro. A continuación, explicaremos un poco más sobre ellos.

Sesgo al presente: Todos, dentro de nuestra mente racional, sabemos que es bueno ahorrar y que convendría hacerlo. Sin embargo, los beneficios que se obtienen de destinar recursos al ahorro no son tangibles en el momento actual. Por ello, la parte impulsiva de nuestra conducta tiende a destinar los recursos a algo que nos brinde una satisfacción más inmediata: comprar unos zapatos, salir de fiesta con los amigos, o incluso ahorrar con una meta de corto plazo, como un viaje.

Sesgo de desidia o procrastinación: Seguramente alguna vez has sentido que tienes una gran tarea que realizar, pero no encuentras la energía o el interés para iniciarla. Esto pasa con mayor frecuencia cuando realizar esta tarea resulta complejo o burocrático. Es más sencillo ocuparse en alguna otra cosa más interesante o placentera y poco a poco vas posponiendo la tarea. En particular, en el caso del ahorro, casi siempre implica hacer un análisis de la inversión, firmar contratos y hacer cuentas y cálculos que preferimos dejar “para la siguiente quincena” o para cuando tengamos un rato libre. Sin embargo, cada día que posponemos este trabajo, perdemos grandes posibilidades de hacer crecer nuestro patrimonio.

Sesgo de optimismo: Muchas veces, en la juventud, pensamos que nuestro desempeño en lo laboral o los negocios será el más exitoso. Si nuestra meta es ser productor de cine, pensamos que pronto llegará ese proyecto que nos volverá millonarios y entonces no tendremos que preocuparnos por el futuro. Lo mismo sucede con los emprendedores, pronto nuestra empresa será lo suficientemente próspera como para vivir de nuestras rentas. Sin embargo, debemos estar conscientes de que, aunque sería deseable que así fuera, más vale tener un plan B que nos cubra en caso de que nuestros proyectos no terminen siendo tan rentables.

Sesgo de mejor que el promedio: Cuando queremos saber si vamos bien, con frecuencia recurrimos a las comparaciones: si mis amigos o conocidos no están ahorrando para su retiro, entonces no soy el único, no estoy tan mal. Sin embargo, es muy posible que todos estemos mal. Es como cuando nuestras mamás nos decían: “Si tu amigo se tira por la ventana, ¿te tiras tú también?”.

Sesgo de comportamiento social: Socialmente, está mejor visto gastar más que gastar menos. Entre los amigos y grupos sociales tiende a verse mal aquél que gasta menos que los demás. Esto genera un sesgo que nos inclina a despilfarrar y destinar menos recursos al futuro; sin embargo, es una conducta que nos aleja del óptimo racional de ahorro.

Hasta el inversionista más disciplinado se identifica en algún momento con cualquiera de estos sesgos. Por ello, es importante identificarlos y encontrar mecanismos que nos permitan mantener un nivel de ahorro adecuado en el plano racional. Las instituciones financieras y autoridades de todo el mundo están ya trabajando en mejorar el diseño de los sistemas de inversión de largo plazo y contribuir así a contrarrestar estos sesgos.

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