Antes de los cronistas existía la multitud. Antes de los periódicos solamente gritos. Antes de El Pensador Mexicano, pura víscera. Mientras la revolución de Independencia crecía con la voracidad de un incendio  y las multitudes se desbordaban por campos, pueblos y ciudades como una inundación incontenible, aparecieron  folletos, sermones, bandos, edictos y proclamas. “Papelillos” les llamaban. Todavía ningún periódico serio. Con escritos tan apasionados, irónicos o venenosos como los que defendían la causa contraria. Los  insurgentes carecían de recursos para la propaganda literaria pero necesitaban del periodismo. Cierto es que se las arreglaron para componer publicaciones admirables: como El Despertador Americano, El Ilustrador Nacional y El Semanario Patriótico, todos a favor de la causa... pero con textos escritos en medio de la batalla, entre la agitación, el tumulto, la prohibición y la feroz amenaza del ejército enemigo. Redactados para torcer la mano del verdugo  y escapar de la Inquisición.

Todo comunicado fue secreto hasta que se publicó  el bando sobre la libertad de imprenta el 5 de octubre de1812. Y toda comunicación muy feliz cuando tres días después apareció el “papelillo” más célebre de la recién inaugurada prensa nacional: El Pensador Mexicano, de José Joaquín Fernández de Lizardi.

Foto EE: Especial

Con un tiraje impresionante (de 2600 ejemplares), un precio accesible para la mayoría de un público atraído por sus títulos llamativos, estilo satírico e irreverente y ferozmente crítico, hablaba de los derechos de las personas, la igualdad de todos ante la ley, la religión verdadera, la moral, las virtudes y las obligaciones respecto a la patria. Cierto es que la población de entonces era mayormente analfabeta, pero Lizardi,  cronista ilustre y crítico escritor,  tenía un propósito más alto como lo declaró en un artículo: “gusto es que me entiendan hasta los aguadores, y cuando escribo jamás uso voces exóticas o extrañas, no porque las ignore sino porque no trato de que me admiren cuatro cultos sino que me entiendan los más rudos. Escribir para todos es mejor y que traiga el escrito utilidad”.

La producción de Lizardi, sin embargo, no se limitó al periodismo, fue autor, tanto en verso como en prosa, de folletos (más de 300), periódicos (9), teatro (10 piezas) y novelas (4). Su producción entreveró la narración con diálogos de corte dramático, historias, noticias locales, leyes, resoluciones del Congreso, cartas, comunicados, crónicas citadinas, reseñas y hasta chismes de altos vuelos. El Periquillo Sarniento, su pieza más conocida, inauguró el género novelístico nacional. Retrato de la vida cotidiana y relato de la vida de un verdadero pícaro mexicano comienza así:

“Nací en México, capital de la América Septentrional, en la Nueva España. Ningunos elogios serían bastantes en mi boca para dedicarlos a mi cara patria; pero, por serlo, ningunos más sospechosos. Luego que nací, después de las lavadas y demás diligencias de aquella hora, mis tías, mis abuelas y otras viejas del antiguo cuño querían amarrarme las manos, y fajarme o liarme como un cohete, alegando que si me las dejaban sueltas, estaba yo propenso a espantarme, a ser muy manilargo. ¡Cuánta saliva no gastó mi padre para hacerles ver que era una quimera y un absurdo pernicioso el liar y atar las manos a las criaturas! ¡Y qué trabajo le costó persuadir a estas ancianas inocentes a que el azabache, el hueso, la piedra y otros amuletos no tienen virtud alguna contra el aire, rabia, mal de ojos, y semejantes faramallas. Pero me bautizaron, por fin, y pusiéronme por nombre Pedro.”

Con una historia que habla de las desventuras de conseguir trabajo y del  fracaso de dedicarse a ciencias, artes y cualquier oficio sin vocación ni preparación, El Periquillo Sarniento, termina delatando las indignidades de frailes, maestros, empleadores comerciantes, engañadores, viciosos y profesionistas. Muy claro  queda por qué Lizardi fue perseguido y encarcelado  al leer fragmentos como este:

“Si todos tuvieran miedo de lo que puede suceder, nadie tendría un peso, porque nadie se arriesgaría a buscarlo. Si me dices que solicitarlo de los modos que he pintado es justo, tanto como es perverso el que yo te propongo, te diré que robar no es otra cosa que quitarle a otro lo suyo sin su voluntad, y según esta verdad, el mundo está lleno de ladrones. Unos roban con apariencias de justicia, y otros sin ella. Unos pública, otros privadamente. Unos a la sombra de las leyes; y otros declarándose contra ellas. Unos exponiéndose a los balazos y a los verdugos, y otros paseando y muy seguros en sus casas. En fin hermano, unos roban a lo divino y otros a lo humano; pero todos roban.”

De la vigencia de sus textos y maravilla de crónicas mejor ni hablar, lector querido. Solamente guardar en la memoria que José Joaquín Fernández de Lizardi, representa el principio de la novela mexicana, cronista inigualable y el nacimiento de un periodismo crítico que no conocía el miedo. Fallecido justo un día como hoy,  el 21 junio, pero  de 1827, su epitafio dice así: “Aquí yace el Pensador Mexicano que hizo lo que pudo por su patria.”

Celebremos pues, lector querido.