El mundo energético está repleto de trechos: brechas entre lo que queremos y nos prometemos y lo que realmente tenemos. Sabemos que tenemos que reducir urgentemente las emisiones contaminantes y de gases de efecto invernadero. Pero siguen creciendo. Reconocemos el acceso a la energía prácticamente como un derecho inalienable. Pero hay más de 1,000 millones de personas que no tienen acceso a la electricidad. Entendemos que los mercados petroleros bien abastecidos generan calma. Pero muchas geografías, incluida la nuestra, viven la tensa calma del borde del desabasto. Queremos una transición energética rápida. Pero vamos lento.

A estos trechos globales, que forman el corazón de las conclusiones del World Energy Outlook 2019 de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), hay que sumarle los dichos y hechos mexicanos. Las últimas administraciones han generado mucho trecho entre lo que prometen y lo que cumplen. Pemex, por ejemplo, ha llegado a producir 30% menos de lo anticipado al inicio de un sexenio. Para no ir más lejos, durante la administración actual la producción de Pemex ya va casi 10% por debajo de lo que pronosticábamos hace apenas un año. Todas las administraciones han prometido números negros en Pemex y CFE. Y hoy están más rojos que nunca. Mucho trecho.

Tal es la disparidad, en tantas dimensiones, que el relajamiento de los parámetros se está convirtiendo en la norma. Independientemente de cuánta gasolina produzcamos en México, tener plena seguridad energética en materia de combustibles implica tener producto siempre disponible cerca de los mercados importantes. Pero ya estamos empezando a relajar la exigencia, bajando los requerimientos de almacenamiento mínimo. Nadie duda que cumplir con las metas y compromisos ambientales implica garantizar el íntegro funcionamiento que operacionaliza las metas de nueva generación de electricidad limpia. Pero, en lugar de apretar, estamos alterando las reglas y desvirtuando los Certificados de Energía Limpia (CEL).

Queremos producir más. Pero aún no es claro que lo estemos logrando de forma sostenida en el plano de los combustibles. Y, en materia de gas y petroquímicos básicos, lo que estamos logrando es importar más.

En general, ni en México ni en el mundo nos gusta reconocer que existe el trecho, mucho menos si es mucho. Pero hay organizaciones dedicadas a identificarlo, reconocerlo y mitigarlo. En cuanto adoptamos su lógica, las conclusiones son clarísimas. Como Fatih Birol, el director ejecutivo de la AIE explica, “necesitamos una gran coalición que abarque gobiernos, inversionistas, compañías y todos los demás que estén comprometidos”.

Acá, en cambio, nuestras autoridades están hablando otro idioma. A Pemex, después de haberlo empezado a acercar al mundo y a la competencia, ahora lo estamos dejando cada vez más solo. Hemos redoblado las apuestas por generarle una frágil burbuja con mayor gasto y expectativas a la baja. Y en la CFE ni se diga: después de los asuntos de los CEL y los gasoductos, pensar en la CFE como líder de una coalición que reconozca deficiencias y plantee soluciones es virtualmente imposible.

Como no podemos ver el trecho, insistimos en el dicho.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell