Este fin de semana, una cascada de denuncias de acoso y violencia sexual inundó las redes sociales. Con su nombre o de manera anónima, miles de mujeres denunciaron desde “besos robados” hasta violaciones, intentos de estrangulamiento, amenazas y condicionamiento de trabajo a “favores sexuales”. Lo narrado no es nuevo, se sabía en medios literarios, académicos, artísticos y periodísticos, pero ha sido tolerado o reprimido hasta el punto de la normalización.

A las denuncias iniciadas con el hashtag #MeTooEscritoresMexicanos, siguieron otras muchas bajo #MeTooAcadémicos, #MeTooCineMx, #MeTooPeriodistasMexicanos, entre otros. De cada gremio se cuentan historias similares en cuanto a abuso de poder, miedo a denunciar, sentimientos de vergüenza, culpa o coraje en las agredidas, y rabia.  Rabia contra el agresor, hacia los cómplices y testigos mudos, y el sistema mismo: el gremialismo machista, el sistema de justicia cómplice y la sociedad reproductora de desigualdad desde la infancia.

A diferencia de la campaña #Mi PrimerAcoso del 2016 o del #MeToo y #TimesUp en Estados Unidos o de denuncias posteriores, las de estos días incluyen voces anónimas. Esto da más margen a quienes no se atreven a denunciar por temor a represalias pero también crea suspicacias en cuanto los acusados no tienen a quién responder y no siempre se indica cuándo sucedieron los hechos. Dada la gravedad de los actos denunciados, esto puede minimizarse pero ha de tomarse en cuenta, no para descalificar lo dicho sino para preguntar: ¿por qué no hay vías seguras para denunciar?,¿cómo exigirlas?, ¿cómo lograr alguna reparación?  y ¿cómo pasar de la denuncia en redes al cambio social?

Estas últimas preguntas las irán respondiendo las denunciantes, aunque hay algunos indicios de una intención de crear comunidad para pasar de la ruptura del silencio como liberación a una acción organizada que demande reparación y garantía de no repetición. Para ello, será necesario organizarse más allá de las fronteras gremiales y exigir condiciones laborales seguras para las mujeres y vías de denuncia efectivas.

Esta exigencia, sin embargo, no le corresponde sólo a las víctimas. Las denuncias subrayan la tolerancia en espacios dominados por hombres hacia distintos tipos de prácticas violentas. Si bien la violación no es lo mismo que el acoso y debe perseguirse como delito, si bien hay formas de acoso que las mujeres pueden detener, y si bien deben distinguirse los grados de violencia, tolerar el acoso favorece la toxicidad que degrada las relaciones personales y sociales.

¿Qué implica la tolerancia a estas violencias en medios “ilustrados” y en la sociedad? Muchas denuncias y algunas respuestas airadas demuestran la ceguera o cinismo de muchos hombres ante sus actos violentos, y cierta sensación de inmunidad. Se evidencia de nuevo la socialización machista que promueve masculinidades dominantes y violentas. El club de Toby, las fraternidades, el cuatismo instauran relaciones horizontales de competencia y complicidad entre hombres que promueven, justifican o toleran conductas que en el trabajo deberían prohibirse y que afuera tampoco deben tolerarse.

Algunos hombres han respondido aludiendo a sus propias experiencias de violencia, intento de justificación que no es válido aunque pueda explicar conductas agresivas: no todo agredido se convierte en agresor. Justificar la violencia sólo favorece reproducirla, sobre todo cuando el entorno la trivializa.

Tantas denuncias en tantos ámbitos deben obligar a todas las instituciones y a quienes las dirigen y conforman a reconocer la urgencia de cambiar las estructuras y la socialización que reproduce violencia y desigualdad. Las universidades sin protocolos efectivos y sin curricula para la igualdad incumplen su tarea trans-formativa; los gremios sin códigos de ética contribuyen a reproducir la violencia; el sistema penal que revictimiza a las denunciantes fomenta la impunidad. Las violencias cotidianas no sólo afectan a profesionistas y artistas, obreras y jornaleras, nos degradan a todos.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).