Veletas

Se dice que la historia la escriben los vencedores, pero también la escriben los que creían que iban a ganar. Después de la victoria de México sobre Corea del Sur, más de un periodista deportivo (y más de un programa de análisis) dedicó tiempo a especular si México era un candidato serio para ganar la Copa del Mundo. Del tamaño de la ilusión fue el desencanto con los dos últimos partidos. Los mismos que ya acariciaban la Jules Rimet, ahora pidiendo la cabeza del técnico nacional.

Metas

Si una selección se plantea como objetivo jugar un quinto partido y está pensando en ese quinto desde el primer día. El peso de ese encuentro no jugado estará por encima de cada pase errado, de cada gol fallado. No se puede jugar el quinto sin jugar los otros cuatro y la única manera de librar esas instancias está en enfocarse en el partido en turno. Pensar en la final, soñar con “cosas chingonas” (Chicharito dixit) no tiene nada de malo, pero la esperanza no gana los partidos.

El ocaso de las estrellas

Si algo dejó claro el Mundial de Rusia es que las grandes estrellas del futbol. Esos que los cronistas mencionan con ojos brillantes mientras recuentan los millones de Euros que vale su contrato. Esos que la cámara sigue de cerca, y a los que los reporteros novatos cuantifican cuántas veces patearon el balón, cuántos tiros a gol, cuántas faltas les hicieron, cuántos kilómetros corrieron, cuántos pases correctos dieron. Esos que posan para las portadas de los videojuegos y suponen las estampas más codiciadas en los álbumes de Panini. Esos: ya no hacen la diferencia en sus selecciones.

Ni Messi, ni Ronaldo, ni Neymar, ni Muller, ni James Rodríguez, ni otros.

Este fue el mundial de los equipos, de aquellas selecciones que entendieron que el futbol ya no es alimentar a alguien de balones para que se luzca, sino el juego en conjunto. Los equipos brillaron como tales. No sólo los cuatro mejores, sino también aquellos que dieron la sorpresa en las primeras fases (pensemos en Irán, Senegal, Japón, Suecia y Suiza).

Identidad

Muchos se quejaron del futbol sueco y la manera en que juegan los suecos. Mirando con igual admiración y desprecio a su entrenador mientras éste se veía obligado a repetir que ellos jugaban de cierta manera y así lo harían sin importar el rival. En México nos gusta decir “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Mientras los suecos, que se suponían inferiores (no sé de dónde) repetían “jugamos como siempre porque así somos y estamos orgullosos de ser así…lleguemos a dónde lleguemos”.

Migrantes

Paradojas: Mientras Trump quiere construir un muro, el Reino Unido deja la Unión Europea y otros países rechazan botes de refugiados desesperados. Mientras medio occidente se repliega cerrando puertas para mantener al otro, al extraño, al peligroso, al migrante, lo más lejos posible de sus calles; el codiciado mundial lo gana una selección de 23 jugadores, donde 19 son inmigrantes o hijos de inmigrantes.

En la misma Francia donde el último censo contó 6 millones de inmigrantes (9.1% de la población) y donde los planteamientos de cerrazón y odio han sumado partidarios en años recientes, el equipo nacional ha dado una lección de multiculturalismo y tolerancia en nombre de las minorías.

Francia es una de las primeras naciones en el mundo con un sistema de búsqueda de talentos donde no juegan ni la raza, el color o las creencias de los jugadores. Dos ejemplos: Mbappé, de 19 años, surge de un barrio de inmigrantes en los suburbios parisinos, su madre llegó a Francia desde Argelia y su padre de Camerún. El goleador Griezmann es hijo de un alemán y una descendiente de portugueses.

Inolvidable

El mundial ruso puede ser recordado porque la FIFA decidió salir de sus cavernas y descubrir la tecnología. El V.A.R. y el peso dramático que tuvo en algunos partidos seguramente encabezará las recapitulaciones del evento. Es también el mundial donde un equipo calificó por fair play. Donde bota, guantes y balones de oro y plata quedaron entre los cuatro primeros equipos.

Sin embargo, recordaré el mundial ruso por la manera en que desplegó las banderas circulares en las canchas, por sus bellos estadios y un ambiente en las gradas que no existió en los últimos mundiales. Por esa cuenta regresiva al pitazo inicial coreada por el público. Por la consolidación del Seven Nation Army de los White Stripes como el canto global para apoyar la entrada de los equipos.

Es el primer mundial en contar con tantos presidentes en el palco de honor. No recuerdo haber visto antes al presidente de FIFA sentado junto a dos mandatarios que se dicen “ni modo” sonrientes y se dan la mano después de cada gol en contra.

Entre ellos, sin embargo, será el mundial de Kolinda Grabar-Kitarović, la presidenta croata que pidió licencia (sin derecho a sueldo) para ver los juegos de su selección, que viajó en un vuelo comercial y abrazó a sus jugadores y a los campeones, en medio de la lluvia.

Es poético que la primera vez que tres presidentes pasaron al podio a entregar las medallas, el cielo se viniera abajo en un aguacero épico. La seguridad de Putin, consciente de sus prioridades, corrió por un paraguas antes que nadie. Emmanuel Macron, la presidenta croata y los demás funcionarios se empaparon, sonrientes, junto a los jugadores.

Twitter @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).