Las alergias alimentarias son hoy un tema de debate en las legislaciones públicas de diferentes países. En ocasiones anteriores hemos discutido en este mismo espacio las condicionantes socioculturales por las que las alergias alimentarias se viven de manera diferenciada según el contexto social. Estas condicionantes han alcanzado ya los usos y costumbres, además de las legislaciones al respecto en diferentes países. Por ejemplo, en Reino Unido, una de las primeras cuestiones después de la presentación del mesero es el hecho de preguntar si alguno de los comensales tiene alguna alergia alimentaria. Esto se ha vuelto un hecho regular, que llega a sorprender a algunos foráneos. Detrás de esta cuestión, existen hechos que han marcado la forma en la que se legisla y conduce la restauración pública. La ley de Natasha ha sido una de las polémicas generadas en el país inglés. Esta ley se formuló a raíz de la muerte de una adolescente que consumió un sándwich que contenía ajonjolí —algo a lo que era altamente alérgica— en una cadena de comida lista para comer. Aunque las alergias alimentarias pueden presentarse de manera más sutil, todo esto reavivó el debate y la presencia del riesgo percibido por comer un alimento que representa un riesgo particular para un alérgico.

Por parte de los consumidores, diferentes medios ingleses señalaban la necesidad de legislar sobre el contenido de los alimentos, pues cada vez más personas quieren saber “de dónde vienen y exactamente qué contienen”. Esta necesidad de saber qué es lo que se está comiendo y qué efectos potenciales tendría sobre el cuerpo no es un hecho nuevo. Podríamos incluso afirmar que esta es una condición antropológica de la relación del hombre con su comida que existe históricamente. Sin embargo, la manifestación a través del peligro de las alergias es un hecho más contemporáneo.

En Estados Unidos, por ejemplo, en los menús de restaurantes es común encontrar un listado de los alimentos potencialmente alérgenos y una pequeña advertencia sobre la responsabilidad del comensal de informar a su mesero sobre sus alergias alimentarias. Sin embargo, no está propagada la costumbre de que el mesero pregunte antes a las personas si son alérgicas a algún alimento. La cuestión del riesgo latente es vivida de manera diferenciada. Hay guías de viaje que recomiendan a turistas ingleses consumir solamente alimentos de McDonald’s en sus viajes al extranjero, puesto que el control de procesos de preparación hace casi imposible la contaminación cruzada con algún agente alérgeno. Esto nos hace cuestionarnos si en algún momento el tema de las alergias representará un factor de peso para generar una altísima exclusión social en la restauración pública.

En México, el tema de las alergias alimentarias es más una cuestión de responsabilidad del consumidor que de una legislación sobre la restauración pública. Las personas con alergias viven su condición consumiendo “bajo su propio riesgo”. Todas estas cuestiones acentúan la alta responsabilidad individual sobre la alimentación que caracteriza los mensajes de alimentación en la época contemporánea. ¿Será solamente responsabilidad de quienes tienen alergias cuidar de su alimentación?

Es un derecho de los consumidores tener información sobre los productos que consumen para poder tomar las medidas adecuadas en torno a ellos, sobre todo en el caso de una alergia. Por otro lado, las medidas y legislaciones alrededor del tema deberían ser cuidadosas sobre el factor de exclusión social.

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