La Semana Mundial de la Lactancia Materna fue instaurada en un esfuerzo conjunto del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia con la Organización Mundial de la Salud para apoyar la práctica de la lactancia materna a nivel mundial, como una medida de salud pública, con repercusiones sobre el medio ambiente, el bienestar emocional, económico, entre otras ventajas.

Es pertinente reflexionar sobre algunos aspectos sociales de la práctica. Como muchas otras de nuestras prácticas alimenticias, la lactancia materna exclusiva está anclada en procesos sociohistóricos que la han colocado en diferentes puntos a través de la historia. Por ejemplo, en Europa en la era del absolutismo, la práctica de amamantar a un bebé era vista como algo tan común, que las madres de los nobles no lo hacían, sino que los encargaban a nodrizas, quienes amantaban a los bebés. A partir de esta práctica social, se establecieron en Europa muchas creencias sobre la lactancia materna que permearon hasta el siglo XX. Algunas de estas creencias radicaban en que la lactancia era una práctica de distinción social, en la que quien amamantaba lo hacía por no tener los medios o la estirpe de conseguir una nodriza. Muchos intentos fallidos de sustituir la leche materna se hicieron a través de la historia con resultados funestos hasta la introducción de las fórmulas infantiles. De esta manera, en algunos países desarrollados, el hecho de amamantar por algunas madres era considerado fuera de época, propio de los países conquistados y no de los países colonizadores.

Todo esto cambió hasta los años 60, cuando empezaron a hacerse investigaciones sobre los reales beneficios de por vida que da la leche materna en muchos niveles para el desarrollo y bienestar de los bebés y las madres. Recuerdo alguna vez platicando con una persona de la campiña francesa me preguntó por un bebé de mi amiga mexicana. Cuando le dije que le iba muy bien con la lactancia materna, me respondió sin empacho: “Ah sí, en su país todavía hacen eso de amamantar, ¿verdad?”, como si se tratara de una práctica de tribus alejadas de la civilización. De hecho, según diferentes estudios, revertir la tendencia negativa que en algunos países de Europa se tiene con respecto a la leche materna no ha sido fácil. Socialmente, por ejemplo, en Alemania y Francia se observa un fenómeno a la inversa: existe una correlación directa entre el nivel educativo y la decisión de amamantar a los bebés. A mayor nivel educativo, hay más madres que deciden amamantarlos.

En México, la lactancia materna no ha tenido, por lo menos en lo que se ha estudiado sociológicamente, impactos negativos que tengan que ver con algunos símbolos de estatus social. Ha sido mayormente afectada por la falta de apoyos y condiciones en el lugar de trabajo para poder proseguir con la práctica una vez que terminan la cuarentena. La objetivización sexual del género femenino también ha tenido su impacto en la forma en la que se percibe aún en ciertos contextos a una mujer amamantando, como si fuera algo inmoral, en tanto que lo inmoral está no en la práctica sino en la percepción de quien lo observa.

Sería interesante observar cómo las prácticas de amamantamiento se han modificado con la pandemia. Probablemente, las mamás con bebés nacidos durante el confinamiento que han permanecido en casa han podido tener condiciones para poder ejercer una lactancia materna exclusiva. Las prácticas de lactancia están, pues, determinadas por un contexto sociohistórico.

Twitter: @Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.