Si en algún sector del gobierno federal se han dejado de inventar políticas ocurrentes cada sexenio, es en el financiero.

No aprendimos con facilidad; fue producto de crisis recurrentes internas y externas que le permitieron a las autoridades responsables y al Congreso diseñar las herramientas para terminar, por ejemplo, con la maldición de la crisis sexenal.

Ahora, eso no significa que no se pueda presentar un problema financiero serio que no esté previsto y que nos haga tener consecuencias negativas y un nuevo aprendizaje. Pienso, por ejemplo, como advertencia en la gran cantidad de papeles gubernamentales en manos de extranjeros que pueden salir despavoridos ante cualquier hecho relevante en las finanzas mundiales.

Incluso en ese escenario, habría mecanismos para paliar los efectos, como las reservas internacionales o incluso la línea de crédito contingente del Fondo Monetario Internacional, porque el primer impacto llegaría en el tipo de cambio.

Lo cierto es que desde las épocas de Ernesto Zedillo se ha invertido en crear una base financiera sólida que permita aguantar de mejor manera un terremoto en los mercados.

La transparencia informativa, la autonomía del Banco de México, la acumulación de reservas, la liberación de la cotización cambiaria, la mejor regulación bancaria, la profesionalización de los funcionarios públicos..., en fin.

Uno de los mejores ejemplos de lo bien que funciona la política de mantener las finanzas sanas se dio durante la Gran Recesión mundial que tuvo su peor episodio durante el 2009.

Las medidas contra cíclicas del gobierno federal y del banco central fueron prudentes. Se permitió un endeudamiento mayor, pero hasta niveles que implicaran un riesgo mayor.

La economía cayó fuertemente, pero también fue sostenida la recuperación. Y si hoy el gobierno entrante piensa en herramientas económicas para el crecimiento es precisamente porque existe la base financiera sólida para construir.

Las reservas internacionales terminaron el sexenio en un nivel de máximo histórico. El tipo de cambio terminó con una depreciación nominal de 18% al cierre del sexenio, lo que implica un equilibrio casi perfecto de la moneda, tomando en cuenta los niveles inflacionarios de las economías de México y de Estados Unidos.

El peso tocó niveles mínimos en el sexenio por debajo de los 10 pesos y en algún otro momento llegó a los 15.50 pesos por unidad, pero ese es el diseño elegido para una moneda que sirve como amortiguador económico, como válvula de escape para la economía.

La discusión inflacionaria gira en torno de lograr un nivel de 3 y no de 4 por ciento. Aunque sigue siendo una inflación alta para una economía que aspira al desarrollo, no tiene nada que ver con las inflaciones de dos y hasta tres dígitos de épocas pasadas.

Las tasas de interés se han mantenido bajas y, aunque el crédito no ha tenido el despegue deseado, es un hecho que hay familias y empresas que todos los días salen bien libradas de los préstamos bancarios. Además, la expectativa favorable de tasas bajas anima muchos proyectos de inversión.

También hay carencias estructurales muy importantes en las finanzas nacionales. Una de las más fuertes está en el sistema tributario. México es una nación altamente dependiente del precio del petróleo.

La buena suerte de los precios altos del petróleo, junto con la estabilidad de la producción de crudo, hizo entrar a las dos administraciones panistas en una zona de confort terrible. El gasto público está erróneamente recargado en el producto no renovable y no en la contribución generalizada de los ciudadanos.

Es un hecho que existe la creencia -inducida por mucho tiempo desde el poder- de que papá gobierno nos debe mantener con lo que obtiene de nuestro petróleo y que, por lo tanto, no es tan obligatorio pagar impuestos.

Cambiar esa realidad, técnicamente, es menos complicado que hacer un cambio político y cultural entre la sociedad. El nuevo gobierno afirma que va a resolver ese pendiente histórico.

Una virtud de la casa presidencial el sexenio pasado fue dejar a los financieros hacer su trabajo. El respeto al Banco de México fue absoluto, aun en los tiempos en que las políticas eran contrarias a los intereses de la política fiscal.

Los funcionarios que estuvieron al frente de la Secretaría de Hacienda con Calderón tienen todos actualmente tareas importantes. Agustín Carstens, gobernador del banco central; Ernesto Cordero, presidente del Senado; José Antonio Meade, actual secretario de Relaciones Exteriores.

No hay que regatearle al gobierno pasado sus aciertos. Y la conducción financiera fue uno de ellos.

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