Hace unas semanas leí esta frase: “El siglo XXI tendrá que ser el Siglo de la Ética, o no habrá siglo XXII”. La idea, atribuida (aunque no pude corroborarlo) al filósofo francés Gilles Lipovetsky, manifiesta preocupación por el proceso de destrucción que parece presentarse, por ejemplo, en los ámbitos de la salud, medio ambiente, seguridad y justicia. Este deterioro, que ya se notaba desde hace varios años, se exacerbó con la pandemia. En este contexto es pertinente cuestionarse: ¿cuál es la responsabilidad social de la empresa? ¿debe únicamente preocuparse por maximizar utilidades para sus inversionistas? ¿debe procurar que su operación ocasione el mínimo de afectaciones a terceros? ¿debe tomar un rol proactivo, y encabezar un esfuerzo de fortalecimiento social?

Para responder a estas preguntas, podemos auxiliarnos del pensamiento ético. La ética estudia la conducta humana, a partir de criterios establecidos en una sociedad determinada, y nos lleva al cuestionamiento sobre lo que es bueno o malo, lo que es correcto o incorrecto, el deber y la responsabilidad.

La ética se nutre de diversas disciplinas, como la historia, la economía o la sociología, entre otras. Nos auxilia en la toma de decisiones, al establecer parámetros o umbrales que definen lo que puede ser considerado adecuado. Sin embargo, no siempre nos permite obtener una solución clara a los problemas que enfrentamos. Existen los dilemas éticos, que son situaciones en que debemos optar entre diversas alternativas, de las cuales ninguna es claramente superior a las demás.

Desde la crisis financiera de 2008, y con el antecedente de los escándalos empresariales que dieron lugar al gobierno corporativo, se ha generado un consenso internacional alrededor de grandes temas que preocupan a la humanidad. Se trata de problemas derivados de la globalización, el desarrollo económico, el medio ambiente, la ciencia y la tecnología y las prácticas de negocios. Son problemas en los que subyace un profundo cuestionamiento ético.

La discusión sobre estos temas lleva a la conclusión de que la sociedad no tolera los excesos  y la falta de oportunidades. Tampoco tolera la desigualdad. ¿Cómo explicar que, mientras miles de millones de personas han vivido en el encierro y han sufrido los estragos de la pandemia, algunas personalidades gastan su dinero en escapar por algunos minutos al espacio, en sus propias naves? La explicación racional no basta. Los argumentos basados en el progreso tecnológico se diluyen. La sociedad demanda un comportamiento sensible y solidario.

Las empresas deben entender el cambio de valores que opera entre los consumidores. Los estudiosos del mercado indican la existencia de tendencias que marcarán el desarrollo del consumo durante los próximos años, incluso décadas. Los consumidores demandarán conectividad, una reinvención del proceso de compra y mayor posibilidad de experimentación. Pero también buscarán opciones de vida saludable y, sobre todo, pondrán atención en la vida ética y el respeto a los valores morales.

Los consumidores, cada vez más, tomarán decisiones de compra enmarcadas por el deseo de proteger el ambiente, de tomar decisiones que mejoren la sustentabilidad y que procuren el bienestar animal. También optarán por aquellas empresas que desarrollen prácticas productivas y laborales congruentes con el bienestar de los trabajadores y con la mejora de las comunidades.

Las empresas que implementen principios éticos en sus operaciones obtendrán ventajas. Podrán establecer una mejor identificación de los consumidores con los valores de la empresa, lo cual mejorará la imagen de la organización y acrecentará la confianza de los consumidores. También podrán mejorar la productividad, al contar con personal motivado, que contribuye a lograr un mundo mejor. Una empresa gestionada éticamente también es capaz de atraer inversionistas, quienes se sentirán protegidos. La organización gestionará mejor sus riesgos y evitará incurrir en violaciones a la normatividad que puedan ponerla en riesgo. En suma, el comportamiento ético, pese a sus dilemas, permitirá construir organizaciones duraderas.

*Consultor de Ockham Economic Consulting, especializado en competencia económica y regulación y profesor universitario.

@javiernunezmel

Javier Núñez Melgoza

Consultor

Competencia y Mercados

Consultor en Competencia Económica y Regulación, además es profesor universitario.

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