Stanford. Las primarias presidenciales de Estados Unidos están en marcha y todos se preguntan si el presidente Donald Trump será reelecto en noviembre. Las encuestas de opinión muestran que la capacidad de derrotar a Trump figura alto entre las máximas prioridades de los votantes de las primarias demócratas. Luego de la absolución de Trump en el Senado de los cargos de juicio político y un discurso del Estado de la Unión en el que pudo pregonar las fortalezas de Estados Unidos —primero y principal, la economía—, la tasa de aprobación del presidente, 49%, es la más alta desde que asumió el poder.

Sin embargo, Trump tiene motivos para preocuparse. La absolución puede representar un empuje sólo transitorio, y su tasa de aprobación debería ser mucho mayor de lo que es, teniendo en cuenta el estado de la economía.

Consideremos el precedente del presidente George H. W. Bush, cuya tasa de aprobación subió a 91% luego de la primera Guerra del Golfo, que había recibido aprobación parlamentaria, que había logrado expulsar a las fuerzas iraquíes de Sadam Husein de Kuwait y que era en parte solventada por los aliados de Estados Unidos (entre ellos Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Alemania y Japón). En una reunión en la Oficina Oval en aquel momento, intenté persuadir al equipo político del presidente de que, a pesar de sus recientes logros, necesitaba una mejor estrategia para hacer frente a una leve recesión que había comenzado en la última parte de 1990. Les recordé que hasta la victoria de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial no le había evitado a Winston Churchill ser derrotado en una elección realizada menos de tres meses después.

En aquel momento, Bush, que intuía que las enormes mayorías demócratas en ambas cámaras del Congreso bloquearían cualquier legislación que propusiera, decidió posponer una agenda económica más audaz hasta después de la elección. Esperaba que una recuperación republicana mejoraría sus chances en el Congreso. Sin embargo, debido a una recuperación lenta y a la candidatura de Ross Perot por un tercer partido, Bush fue derrotado por Bill Clinton.

Por su parte, Trump ha eludido gran parte de la culpa por los grandes déficits presupuestarios de su gobierno. Pero eso se debe a que las propuestas de los demócratas harían subir el déficit aún más. Al mismo tiempo, Trump puede hacer alarde de una tasa de desempleo históricamente baja, inclusive entre las minorías, así como de alzas salariales sólidas, que han sido las más fuertes en los niveles de menores ingresos.

Trump también puede mencionar acuerdos comerciales como el acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá, que compensará parte del daño de sus aranceles. Se ha garantizado financiación para reconstruir el ejército, y ha nombrado a dos jueces conservadores de la Corte Suprema y muchos más jueces de distrito federales y de cortes de apelaciones. Y ha firmado un paquete de reforma impositiva, a la vez que eliminó alguna de las regulaciones excesivas de la era Obama.

Los modelos de predicción política, basados en gran medida en las condiciones económicas, sugieren que Trump debería ganar fácilmente en noviembre. Lo mismo indican los mercados de apuestas, que le dan una chance de 60% —un incremento desde el periodo previo al juicio político—. El problema de Trump, por supuesto, es que consistentemente pisotea sus propias buenas noticias con sus ataques diarios por Twitter, que han alejado a algunos de los votantes que necesita.

Mientras tanto, los principales contendientes demócratas que han surgido son el senador norteamericano Bernie Sanders de Vermont y el exalcalde de la ciudad de Nueva York Michael Bloomberg. Las encuestas nacionales sugieren que cualquiera de los candidatos demócratas que hoy se están presentando vencerían a Trump. Pero esas predicciones podrían ser engañosas, porque no tienen en cuenta los resultados extraordinarios de Trump entre los votantes reales en los estados que necesita para ganar el Colegio Electoral.

La mayor amenaza para Trump, por ende, es una crisis económica que revierta las recientes mejoras laborales y salariales y provoque una liquidación de valores en el mercado bursátil; pero los pronosticadores le ven a este escenario pocas probabilidades. Otra cuestión será el estado de ánimo de los votantes en 8-10 estados pendulares. Trump sigue siendo una figura sumamente polarizadora, y una apuesta a la reelección es un referendo sobre quien está en el poder.

Algunos de los estados que votaron por Trump en el 2016 se volcaron por los demócratas en las elecciones parlamentarias de mitad de periodo en el 2018. Trump ganó por un estrecho margen en Pensilvania, Michigan, Wisconsin y Arizona en el 2016, pero también perdió por poco en Minnesota y New Hampshire. Florida y Ohio, por lo general los estados pendulares más importantes hoy están inclinándose hacia su lado, y otros pocos estados que él antes ganó o perdió por 3-5 puntos posiblemente entren en juego.

Mientras tanto, Bloomberg ya ha invertido cientos de millones de dólares en publicidad —más que todos los otros candidatos juntos— y está dispuesto a gastar 1,000 millones de dólares para derrotar a Trump, aun si no se garantiza la candidatura demócrata. Si los demócratas están unidos y fomentan una fuerte participación, especialmente entre las minorías y los votantes más jóvenes, podrían ganar.

Después de las quejas de la campaña de Sanders de que las reglas partidarias favorecieron injustamente a Hillary Clinton en la contienda primaria del 2016, los delegados de la convención demócrata ahora serán asignados proporcionalmente a todos los candidatos que reciban al menos 15% de los votos en un determinado estado. Irónicamente, esto implica que Sanders puede llegar a la convención de verano en Milwaukee, Wisconsin, con una pluralidad, pero no la mayoría necesaria para su nominación.

En ese caso, las autoridades del partido, elegidas sin considerar los resultados de las primarias, votarán en una segunda votación. En general, son más los demócratas que se sienten asociados a la centroizquierda que a la extrema izquierda. Pero si se juntan para nombrar a un candidato más moderado, corren el riesgo de alienar a la base de Sanders, que si no llegara a presentarse en noviembre haría que la balanza se inclinara hacia Trump. Los republicanos, mientras tanto, siguen unidos detrás de Trump después de su juicio político, lo que enfureció a su base y es algo que los más moderados consideraron una extralimitación innecesaria.

Por ahora, Bloomberg no ha sido sometido a prueba, las posibilidades de Sanders son más bajas de lo que serían en caso de un malestar económico generalizado y Trump sigue siendo su mejor defensor y su peor enemigo. El resultado podría reducirse a si 10-15% de los votantes persuasibles en los estados pendulares —que en su mayoría están satisfechos con la condición del país, la economía y sus finanzas personales— deciden que pueden tolerar otros cuatro años de tormentas de tuits de Trump. O tal vez no “voten con el bolsillo”. Ellos pueden decidir que ya es suficiente y acepten un giro político hacia la izquierda a cambio de un líder que deje pasar los ataques en Twitter.

El autor

Michael J. Boskin, profesor de economía en la Universidad de Stanford y miembro senior del Instituto Hoover. Fue presidente del Consejo de Asesores Económicos de George H. W. Bush de 1989 a 1993, y encabezó la también llamada Comisión Boskin, un cuerpo de consejeros del Congreso que señalaba los errores en las estimaciones oficiales de inflación de Estados Unidos.