Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar. 

Winston Churchill

La palabra deja huella, tiene poder e influye positiva o negativamente. La medida del poder del lenguaje está en la capacidad de influir sobre uno mismo o sobre los demás. 

En cada palabra tenemos el poder de la paz. El poder de la paz es el poder de la cultura de la paz.

Es muy frecuente hablar sin decir y oír sin escuchar, defecto que obstaculiza la comunicación para entablar un diálogo.

La polarización existente se observa en lo que dicen el Presidente, sus correligionarios, quienes se sienten agredidos y quienes se identifican con uno u otro “bando”, ello está a la vista en las redes sociales y en los medios de comunicación.

Los ciudadanos, en todas sus expresiones, utilizan la palabra para exponer legítimos reclamos, protestas y propuestas sin que el gobierno les escuche. La palabra de los opositores del Mandatario no han merecido su atención. 

Como hemos propuesto, el dialogo es la vía de la distensión, por ello insistimos en la urgencia de que el Presidente haga caso a todos los sectores de la población, que escuche razones, propuestas y reclamos. Esa es la democracia participativa que interesa a la ciudadanía.

Para ello será muy conveniente que se aplique la escucha activa, que consiste en una forma de comunicación que demuestra al hablante que el oyente le ha entendido. 

El primer Mandatario lo es de todos los mexicanos y por ello es necesario que escuche a todos los sectores de la población. 

Es urgente que deje de utilizar la palabra como arma para distanciar, descalificar, polarizar, ofender y amenazar. Conviene tener en cuenta que en política el silencio es elocuente y menos peligroso que la palabra. 

Además de agredir cotidianamente al Poder Judicial y al INE, desde hace varios meses, a partir de los resultados electorales, el Presidente ha enfilado sus baterías contra las clases medias, sin considerar los daños que la crisis económica, iniciada en 2019, ocasiona a miles de familias que fueron parte de la clase media y que hoy, al haber perdido sus empleos o sus negocios, forman parte de los nuevos 4 millones de pobres del país. Nuestra clase media están disminuyendo. 

Si efectivamente prosperara el proceso de someter a votación la revocación de mandato, que tanto preocupa al inquilino de Palacio Nacional, aplicando la pregunta adecuada en la boleta correspondiente, probablemente tendría que dejar el cargo. Sin embargo, hay un punto clave que no han considerado ni él, sus colaboradores ni sus correligionarios y es que el artículo 14 constitucional establece que “a ninguna ley se dará efecto retroactivo en perjuicio de persona alguna”. Esto significa que la reforma de revocación de mandato que impulsó no le podría ser aplicada y, en su caso, afectaría también a los 30 millones de votantes que le dieron el triunfo y que votaron por él para un período de cinco años diez meses, sin que su mandato pudiera ser revocado. 

La revocación de mandato -modalidad de la democracia participativa- implicaría delegar la decisión de quién gobernará los siguientes dos años y medio. Situación contraria y alejada de la democracia directa, en donde el votante decide quién lo ha de gobernar. Además, en términos reales no parece significar un avance democrático el permitir que se aplique como medio de culto a la personalidad, pues la pregunta que se ha dado a conocer y que se pretende aplicar se refiere a una ratificación de mandato, lo contario a la revocación a que se refiere la Constitución. Los diputados y senadores del partido del Presidente no hicieron su tarea oportunamente, pues van más de 430 días de retraso en la aprobación de la legislación correspondiente. 

En la historia universal y de México, aparecen gobernantes que destacaron como constructores de instituciones. Así mismo, también aparecen quienes se empeñaron en demoler las instituciones de la nación. A nadie conviene lo último. 

La actitud, discurso y acciones del primer Mandatario propician mayores tensiones políticas cuyos efectos pueden ser, entre otros, inestabilidad financiera, descenso en la producción y decrecimiento del empleo. Nadie quiere eso.

No debemos aceptar más división, todos deseamos un mayor y general bienestar. Por ello insistimos en que el Presidente utilice el diálogo para tender puentes con los diversos sectores de la sociedad, es urgente emprender acciones que mitiguen las tensiones y superen los conflictos que afectan el tejido social.  

Con una comunicación eficiente a través del diálogo, el consenso y la tolerancia; así como con la firmeza, el apego al derecho y por tanto la indeclinable voluntad de cumplir la Constitución y las leyes derivadas de la misma, podrá restaurarse el tejido social y recuperarse la armonía. Sólo así se podrá construir el frente nacional para lograr un bienestar general. 

Una opción real para superar ese ambiente de tensión y conflicto es la mediación. Para ello habrá de tenerse confianza en los mecanismos pacíficos de solución de controversias, en su apego a los rituales apropiados y en el mediador. Todo ello en el marco de la cultura de la paz, que se caracterice por ser empática e incluyente. 

En la mediación, que es una negociación asistida, el mediador facilita la comunicación entre las partes y es la palabra un supremo recurso para ello, es el nexo entre la idea y la acción. 

En la mediación no se trata de juzgar lo ocurrido, sino de adoptar una visión hacia el futuro, y consiste en que las partes puedan respetar lo que se diga de un lado y del otro con el propósito de que efectivamente se conozca bien cuál es el interés y la posición de la otra parte y con ello por propiciar la construcción de posibles alternativas de solución.

La política no tiene por qué ser un constante desencuentro, un método de descalificaciones y mentiras que dilapida la estabilidad y la unidad. 

*El autor es abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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