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Opinión

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Keynes, Pigou y el impuesto por crisis financiera

Apesar de haber sido duros rivales durante gran parte de sus vidas, las ideas de los economistas de la Universidad de Cambrige, John M. Keynes y Arthur Pigou, son de nuevo relevantes a causa de la crisis financiera.

Apesar de haber sido duros rivales durante gran parte de sus vidas, las ideas de los economistas de la Universidad de Cambrige, John M. Keynes y Arthur Pigou, son de nuevo relevantes a causa de la crisis financiera. Aunque no fue por nock out, Keynes le ganó a Pigou el debate sobre la estabilidad de la economía. Pigou, igual que hoy postulan los economistas de la nueva-escuela-clásica, consideraba a la economía de mercado como fundamentalmente estable, capaz de corregir eficientemente cualquier desequilibrio; la última recesión, por ejemplo, sin ayuda del gobierno y/o del banco central. Esto no fue y no es verdad. Pero Pigou es relevante por otra razón: es el padre de la teoría de la economía pública.

En condiciones ideales, el valor (marginal) de un producto es igual a su costo privado y social. Sin embargo, no ocurre así cuando existen externalidades negativas (positivas). Por ejemplo, el costo social del transporte en automóvil en la ciudad de México es muy superior al precio privado del transporte que no incluye la contaminación, ni el embotellamiento de tráfico que produce. La situación mejora, al menos en teoría, si se aplica un impuesto de Pigou, que en nuestro ejemplo supone crear un impuesto por contaminación. La tasa óptima se fija para internalizar la externalidad, obligando a los conductores de automóviles a pagar todo el costo.

¿Qué tiene que ver esto con las crisis financieras? Mucho, pienso yo. La especulación desestabilizadora que se asocia a las burbujas genera contaminación. Ahora se sabe que el costo social de la producción de derivados de crédito y trading propietario en las instituciones financieras, era superior al costo marginal privado. El capital requerido, o pérdida esperada, era mucho más alto que el establecido por la regulación. Parte importante de las utilidades de estas instituciones no venía de su capacidad y voluntad para asumir y administrar riesgos, sino de un simple y costoso subsidio. Detrás de cada burbuja está siempre un excesivo apalancamiento. Mucho dinero se pagó en bonos por resultados ficticios. Un impuesto de Pigou sobre los pasivos de las instituciones financieras parece un imperativo categórico.

Hace unos días el presidente estadounidense Barack Obama propuso la llamada iniciativa de contribución por responsabilidad en la crisis financiera, un impuesto de Pigou. Esta iniciativa busca recuperar en los próximos 10 años 117,000 millones de dólares, cifra equivalente al costo estimado por el gobierno de su programa de apoyo al sistema financiero (TARP). Una contribución de 0.15% se aplicará a una base referenciada al apalancamiento neto de los intermediarios financieros con pasivos superiores a las 50,000 millones de dólares a partir del próximo 30 de junio. La base del impuesto será: total de pasivos, menos capital (Tier1), menos depósitos asegurados por el gobierno, menos reservas.

Habrá quien argumente en contra del impuesto diciendo que penaliza a las empresas eficientes que sobrevivieron la catástrofe financiera y que se esforzaron en liquidar anticipadamente y con intereses los recursos que recibieron del TARP. Pero es un argumento falaz, que no distingue entre el costo social y privado de la crisis. Estas empresas no estarían de nuevo ganando dinero si el gobierno hubiese dejado quebrar a AIG, que le servía de contraparte o basurero a muchas de ellas.

La propuesta de Obama va en la dirección correcta. Es popular, lo cual es muy raro en el caso de un impuesto, contribuye a interiorizar en el sector financiero privado el costo social de la especulación desestabilizadora y reduce el déficit público.

rfeliz@eleconomista.com.mx

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